Impresiones de Rodas

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Aldaba

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Inicio y fin de la persona humana

Desde el punto de vista filosófico, uno es plenamente persona cuando puede hablar y actuar de manera autónoma, racional y responsable. Cuando no se poseen en absoluto tales competencias, entonces no se es persona. Así, un embrión no es persona, un paciente en estado vegetativo permanente no es persona, etc. Ahora bien, ¿qué sucede entre medio, esto es, podemos ya considerar persona a ese individuo de nuestra especie que, tras el nacimiento, está desarrollándose y que, muy probablemente, llegará a ser persona?; igualmente, ¿podemos aún considerar persona a ese individuo que está deteriorándose a causa de la edad y de trastornos severos e irrecuperables y que, con gran probabilidad, pronto dejará totalmente de ser persona?

     Siguiendo la definición propuesta el comienzo, podríamos concluir que la persona humana no empieza con la concepción; tampoco comienza ocho semanas más tarde, con la formación del feto; tampoco cuando el feto nace y tenemos ya al niño; tampoco cuando el niño profiere por primera vez “mamá”. Persona sería el niño de cuatro años que ya puede empezar a hablar y actuar autónoma y responsablemente, aún cuando esa autonomía y responsabilidad sean limitadas.

     El problema de esta conclusión, para mí, es que se basa en un supuesto erróneo: el supuesto para el cual en el mundo humano las cosas puede ser tan claras y precisas como en los restantes ámbitos. Si tengo una disputa con mi vecino acerca de los límites de mi propiedad, puedo recurrir a los planos o a las autoridades con el fin de establecer que “de esta línea para acá, es mío”. Pero, mal que nos pese reconocerlo, esa precisión no es posible en la evolución de la persona. Hay un antes y un después de ese estadio que definí como “plenamente persona” que forma parte del concepto global de persona.

     Para poner un ejemplo banal: si Jorge invita a Juan a cenar a su casa “a las nueve”, Juan podrá caer puntualmente, o cinco, diez y hasta quince minutos más tarde, sin que exista ningún inconveniente. Se supone, además, que ni bien llegado, Juan no se sentará a cenar, sino que empezará ese proceso amplio que englobamos con el término cenar. Primero Jorge y Juan se pondrán a conversar, luego comenzarán con algún aperitivo y bastante tiempo después cenarán, en el sentido estricto de la palabra. Si alguien al día siguiente le pregunta a Juan qué estaba haciendo a las nueve y media de la noche, podrá responder que estaba “cenando en lo de Jorge”, por más que a esa hora estaban recién en la picada.

     Reitero: hay un antes y un después del “ser plenamente persona” (en el sentido restringido de persona) que son partes constitutivas del concepto global de persona.

     Sin embargo, el que haya “fases de transición” (el antes y el después) que debamos considerar e incluir en nuestros conceptos (en el concepto de cena como en el de persona), no implica que esas fases no hayan de tener un límite. Para seguir con el ejemplo: Si Juan se adelanta y cae a las nueve menos cuarto, Jorge podrá decirle: “No te preocupes, de todos modos ya estaba listo”. Ahora, si Juan llega a las seis, o sea, tres hora antes, Jorge, sorprendido, bien podría reprocharle: “Habíamos dicho a las nueve… de hecho, aún ni fui al supermercado a hacer las compras para esta noche.”

     La conclusión que se deriva de lo anterior es que podemos reflexionar sobre qué es ser persona en el sentido pleno de la palabra, sin temer adoptar un criterio demasiado estrecho o excluyente. Es mejor contar con un concepto sustancioso de persona, sobre todo recordando que, como en tantos otros conceptos del mundo social, a ese “núcleo duro” habrá que agregarle zonas de transición más o menos blandas. Por mi parte, creo que podemos situar el inicio de la persona humana cuando el feto a cumplido los seis meses y en él se han formado ya los tejidos y órganos principales. Igualmente, es posible extender la personalidad hasta incluir, por ejemplo, las etapas iniciales y medias de la demencia en un ser humano entrado en años.

     Conviene notar que decir que tal o cual ser no es persona no equivale de por sí a decretarlo fuera de nuestro ámbito de consideración moral. El gato de Jorge no es una persona ni podrá volverse nunca una persona, pero sí es un ser vivo al cual el dueño le debe atención moral. Aunque pueda sonar demasiado técnico, me parece importante equiparar persona con sujeto moral. Un gato no es un sujeto moral, pero sí un objeto moral, esto es, un objeto que merece nuestra consideración moral. Hay dos grandes grupos de objetos morales, los seres sensitivos (dentro del que están los gatos y buena parte de los animales) y los seres o entidades de todo tipo que revistan un interés especial para los sujetos morales. Por ejemplo, un edificio histórico es un objeto moral en la medida en que constituye un símbolo para una comunidad.

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Por las calles de Atenas…

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Escultura ubicada provisoriamente en la Plaza Koraí, Atenas

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La gestación subrogada ha de ser un trabajo como cualquier otro

Sabemos que la gestación subrogada es ya una realidad en muchos países, pero ¿en qué consiste concretamente esa práctica médica? Pongo un ejemplo: María y Carlos son una pareja que desea tener un hijo pero, como no pueden ser padres de manera natural, recurren primero a la fecundación in vitro; una vez fecundado el óvulo, el equipo médico lo implanta en el útero de una tercera persona, digamos Romina, la hermana de María, que sí puede ser madre, con el fin de que ésta lo geste hasta el momento del nacimiento. Una vez nacida la criatura, será hija de María y Carlos, los padres biológicos. Romina siempre seguirá siendo la tía, por más que sin sus nueve meses de asistencia ese nuevo ser no habría podido venir al mundo. Ella no tiene derecho a reclamar la maternidad del bebé, porque solo lo gestó.

     Obviamente, el ejemplo puede complicarse. Supongamos que los espermatozoides de Carlos no están en condiciones de fecundar el óvulo de María y por ello la pareja debe recurrir a la donación de esperma. Una vez fecundado el óvulo con los espermatozoides de un donante anónimo, se procede a implantarlo en el útero de Romina. (Tampoco esta tendrá aquí el derecho a reclamar luego la maternidad, aun cuando el padre biológico no sea, estrictamente hablando, Carlos.)

     No deseo seguir complicando el caso (si, por ejemplo, la pareja se viera forzada a recurrir tanto a espermatozoides como a óvulos donados), sino simplemente unirme a las voces de todos aquellos que reclaman la legalización de esta práctica, es es, la correcta regulación legal de la gestación subrogada en nuestros países.

     Asimismo me interesa detenerme un momento en lo que algunos llaman “alquiler de vientes”. Comparto la opinión de aquellos que sostienen que esta expresión es ofensiva. Y estoy de acuerdo con ellos porque uno puede alquilar una cosa, no una persona. Uno puede alquilar un auto, pero si quiere un auto con chofer, contratará adicionalmente el servicio de un conductor y no “alquilará sus manos”. Gestación subrogada es una locución inusual, pero, al fin y al cabo, neutra, una locución que con el tiempo puede imponerse sin problemas (como hoy se escucha a diario “tengo que hacerme una tomografía computarizada”.)

     Una vez aclarado este punto, paso al siguiente: no veo ninguna dificultad en que la persona que ofrece gestar al nuevo ser lo haga movida también por interés económico. En el caso que ponía, Romina era la hermana de María y se supone que su motivación era totalmente altruista: ayudar a que a su hermana y su marido se les cumpla el deseo de tener un hijo. Pero yo no creo que la legislación deba especificar que la gestante haya de ofrecer su colaboración sin ningún tipo de beneficio monetario, si es que así lo desea. La razón es, para mí, muy clara: gestar durante nueve meses a un nuevo ser es un trabajo como cualquier otro, como el trabajo que tendrá luego la niñera y, más tarde, la maestra que lo educará. ¿A quién se le ocurriría decir que los maestros deben enseñar gratuitamente a los niños, solo movidos por valores morales? Claro que todos esperamos que un maestro no se dedique a la docencia solo por el dinero, sino porque entienda que esa es su vocación; pero es justo que el maestro viva de su profesión. (Los alumnos de una escuela privada no “alquilan” el cerebro de los maestros y profesores que les enseñan.)

     Esto lo señalo porque algunas personas comparan la retribución económica de la gestación subrogada con la venta de órganos, lo que es erróneo. Si, digamos, Lucrecia se encuentra sin trabajo y reúne una serie de condiciones (no fuma, está dispuesta a gestar durante nueve meses un ser que no será su hijo, es una persona responsable y psicológicamente estable, etc.), bien puede ofrecer su servicio a parejas como María y Carlos. ¿Por qué no? Es algo perfectamente legítimo. Ahora bien, esto es totalmente distinto del caso de una persona que, debido a su situación económica, se ve llevada a vender un riñón. Todos podemos donar nuestros órganos, pero debe continuar prohibida la venta de órganos. Es intolerable que en pleno siglo XXI algunas personas se encuentren en un estado de desesperación y miseria tal que consientan en someterse a algunas mafias que les compran sus órganos para salvar las vidas de algunos ricos. Por ejemplo, la red que desbarataron hace un par de semanas en Egipto hacía justamente eso: aprovechándose de la situación de tantos miserables en ese país, les compraba los órganos para venderlos a los adinerados (egipcios y de otros países). Es elogiable que una persona, movida por el altruismo, done un riñón para que otro se cure; pero es bochornoso que alguien deba vender su riñón para poder seguir comiendo.

     Concluyo: la gestación puede ser vista como una tarea más, como educar. Al fin y al cabo, todos trabajamos y nos ganamos el pan con nuestro cuerpo: el cantor con su garganta, el pianista con sus manos, el atleta con sus piernas. Por tanto, no está mal que alguien ofrezca su servicio (gestación subrogada), como tampoco está mal el que, más tarde, una tata y un docente lo hagan (hablaría aquí de “educación subrogada”, ya que casi ningún niño hoy se educa en casa). El “desgaste” que puede tener un cuerpo adulto tras la gestación en nada se diferencia del desgaste que implica todo trabajo a tiempo completo. Por último, es erróneo hablar de “alquiler de vientres” (decir, en todo caso: “contratar el servicio de gestación”) y, sobre todo, es incorrecto asociar ese “alquiler” con la venta de órganos.

Adenda: Publiqué esta nota hace cinco meses atrás. Hoy la he vuelto a leer y la he retocado levemente. Lo que me impacta es que algunos posmodernos, muchos de ellos  intelectuales adinerados, se opongan a la gestación subrogada, sobre todo si esta está sujeta a retribución económica, alegando algo así como que “con el cuerpo, que es sagrado (si fuesen católicos dirían: que es templo de Espíritu Santo), no se comercia”.

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Las directivas anticipadas de tratamiento: ¿qué podemos elegir?

Nota: la siguiente entrada apareció hoy, viernes 14 de julio de 2017, en el periódico Diagonales. Este es el enlace:

http://www.diagonales.com/5176-Las-directivas-anticipadas-de-tratamiento-que-podemos-elegir.note.aspx

Las directivas anticipadas son declaraciones con fuerza legal mediante las cuales un ciudadano en pleno uso de sus facultades mentales establece qué tratamientos quiere o no quiere que se le realicen en caso de que, debido al estado de salud futuro, ya no pueda decidir. El establecimiento de las directivas anticipadas es un derecho del paciente reconocido en todas las legislaciones modernas (en nuestro país, en la ley 26742 del año 2012).

     Muchos enfermos, preocupados por la perspectiva de ser objeto del encarnizamiento terapéutico, establecen, por lo general en un documento escrito, su voluntad: por ejemplo, el deseo de no ser mantenidos artificialmente en vida de complicarse aún más su cuadro, ya sin perspectivas de recuperación; otros pueden expresar la voluntad de que no le les practique la resucitación cardiopulmonar en la eventualidad de haber sufrido un paro cardíaco con claras secuelas neurológicas, etc.

     Los pacientes también pueden decidir anticipadamente cómo ha de procederse con sus cuerpos en caso de terminar (a) en estado de coma irreversible, (b) en estado vegetativo permanente y (c) en estado irreversible de conciencia mínima. Así, por ejemplo, un enfermo (o incluso un ciudadano en perfecto estado de salud) puede establecer de antemano que se le desactiven todos los soportes vitales (ventilación pulmonar, alimentación e hidratación artificiales, etc.) si finaliza en cualquiera de esos tres estados.

     Pero ¿son solamente estos los ámbitos en los cuales podemos decidir ahora, mientras somos conscientes, cómo queremos ser tratados en caso de haber perdido la facultad de elegir autónomamente? En los Estados Unidos, la posición del jurisconsulto Norman L. Cantor ha generado un intenso debate en algunos sectores dedicados a la bioética. En efecto, Cantor ha propuesto incluir en la lista de directivas anticipadas un nuevo ámbito de decisión: que los ciudadanos puedan elegir libremente no ser tratados médica ni farmacológicamente cuando se encuentren en un estado avanzado de alzhéimer o de otras formas de demencia.

     A muchos individuos la perspectiva de terminar siendo presas de la demencia les ocasiona constantemente angustia, porque esa imagen futura no condice con la imagen que tienen de sí mismos ni con la imagen que quieren legar sus seres queridos (por ejemplo, la imagen de una persona activa, independiente, lúcida, etc.).

     Cantor mismo ha establecido en su Declaración que, en el caso de que se le desarrollen enfermedades neurodegenerativas, se le proporcione solamente cuidados que redunden en su bienestar básico (ser aseado, ser tratado contra el dolor, etc.) pero que no se le lleve a cabo ningún tipo de práctica quirúrgica, terapéutica ni diagnóstica, que lo mantendrían en vida contra su voluntad actual.

(Aclaración: escribí este artículo pensando en el caso argentino. No obstante, pueden encontrarse muchas similitudes con la situación que se vive en los restantes países iberoamericanos.)

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¿Qué significa escribir?

¿Cuál es la diferencia entre ver un acontecimiento determinado y leer algo sobre él? Pongo un ejemplo:

Ayer Juan vio un accidente. Pedro, que venía caminando a su lado, también presenció el accidente y además, por la noche, le escribió a María una carta contándole con detalles lo acontecido. Mañana, cuando reciba la carta, María sabrá qué pasó, si bien no habrá tenido una experiencia sensorial del infortunio.

Así, tenemos:

  • Juan: experiencia “bruta”, esto es, no mediada por el lenguaje (vio y calló);
  • Pedro: experiencia “neta”, es decir, tamizada, filtrada, organizada por el lenguaje (vio y verbalizó);
  • María: experiencia “provocada”, “revivida”, “reconstruida” por el lenguaje (no vio pero leyó).

La experiencia sensorial (ver, oír, etc.) sin la organización del lenguaje es como una masa no ordenada por ninguna forma; es materia informe.

La experiencia bruta es como ciertos alimentos que, cuando están crudos, son indigestos o poco nutritivos. El lenguaje “cocina” la experiencia; solo así podemos asimilar el mundo con mayor provecho.

Hablar y escribir es filtrar la experiencia, in-formarla, organizarla por medio de nuestras categorías mentales. Ser bardo, rapsoda o escritor no solo es tener un tipo de ocupación, sino principalmente asumir una manera de vivir, de relacionarse con el mundo -y, dentro de él, con uno mismo-: una Lebensform (Wittgenstein).

El “verbalizador compulsivo” (quien no puede dejar de leer, de hablar, de escribir) padece una suerte de horror vacui, de horror ante el vacío de la experiencia bruta, esto es, de la experiencia no mediada/cocinada por el lenguaje.

Sócrates no escribía y, probablemente, tampoco leía mucho, pero dialogaba; sabía escuchar y conversar. (Por eso, el título de esta entrada también podría haber sido: “¿Qué significa hablar?”)

Hay otros medios para filtrar, depurar, organizar la experiencia, aparte del lenguaje verbal: los lenguajes de la música, de la pintura, de la escultura, etc. La música, por ejemplo, no es una manera de “traducir” la experiencia del artista, sino directamente su manera de organizarla, de cocinarla. (Una traducción, en todo caso, es lo que hace por ejemplo un escritor que, tras oír la pieza, la “comenta” en un poema, en un ensayo, etc.)

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