Bioy Casares y “Diario de la guerra del cerdo”

¿Leyeron Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares? Yo lo leí ayer, y de un tirón. Y después me quedé pensando en varias cosas. Acá les pongo algunas.

     El tema, creo, es bastante conocido: Vidal, el protagonista, es uno de esos jubilados, como tantos otros en Argentina y en el mundo, que tienen que luchar cada día contra las penurias económicas (¡qué difícil es vivir con la jubilación mínima!) y los achaques de la vejez. Como en toda lucha, hay derrotas (que hay que aprender a aceptar para seguir viviendo) y pequeñas victorias (de las cuales uno puede y debe alegrarse).

     Lo bueno de Vidal es que ha sabido conservar un grupo de amigos con el cual pasa sus mejores horas, conversando por las tarden en la plaza Las Heras y jugando a las cartas por las noches en algún bar porteño o en la casa de alguno de “los muchachos”, como ellos se llaman a sí mismos.

     Un buen día esa rutina se ve interrumpida por un acontecimiento brutal: al diariero del barrio una banda de jóvenes lo mata a patadas y palazos ante la indiferencia de los restantes transeúntes. Es allí cuando Vidal y el resto de los “muchachos” se dan cuenta de golpe de algo que hasta entonces sólo sabían vagamente por los diarios: de que en el país había una guerra de los jóvenes contra los viejos, considerados estos últimos “cerdos” o, para usar el término rioplatense, “chanchos”. Los jóvenes argentinos se organizan, se arman y atacan sorpresivamente a los viejos movidos por el odio, por el deseo de exterminar a esos seres egoístas, materialistas, sucios, glotones, apestosos –cerdos, en una palabra– que son, según la ideología reinante, los viejos.

     La “guerra del cerdo” no sólo es desproporcionada (los jóvenes, fuertes, indoctrinados y aguerridos, atacan brutalmente a los viejos, que se encuentran desprotegidos, desorganizados y debilitados), sino que es una contienda absolutamente irracional, ya que está claro que también esos jóvenes, antes o después, se volverán viejos… con lo cual están promoviendo una causa que va contra el propio interés, vistas las cosas a largo plazo. Pero, como bien sabe Bioy, ¿qué guerra no es, en el fondo, inútil e irracional?

     Para mí, acá están los elementos centrales de la novela. Por un lado, la observación atenta de Vidal (el alter ego de Bioy) de lo que implica volverse viejo. La novela, de la primera a la última página, está llena de observaciones sagaces sobre el envejecimiento. Por otro lado, el que haya una guerra civil velada, encubierta, que cuenta con la complicidad de todos los jóvenes, incluso del hijo de Vidal, da lugar a una trama genial. ¡Cómo cualquier cosa, religión, política, economía, puede dar lugar a la organización de la sociedad en bandos opuestos y ser motivo de un odio visceral que lleva a que unos busquen eliminar completamente a otros! Este mecanismo antropológico es el que resalta Bioy mediante una parodia, ya que ahora es la edad lo que dispara la dinámica belicosa.

     (Hago una aclaración entre paréntesis. Por supuesto que se podría hacer aquí una “lectura política” de la novela, concebida en 1966 y publicada tres años después. En cierta medida, es la reelaboración que hace el autor –Bioy– del conflicto entre peronistas y antiperonistas que marcó la historia argentina desde 1946 hasta… ¡hasta hoy, 2017! Sin embargo, creo que esa sería una lectura algo limitada. Bioy crea una metáfora de aplicación universal: no hay guerra que no comparta algún viso de la “guerra del cerdo”.)

     Antes de pasar a decir lo que no me gustó de la novela quiero reiterar los dos elementos que la hacen una obra digna de ser leída con atención: el acceso a psicología de Vidal en su diario debatirse con la vejez y la reflexión sobre la dinámica que motiva el conflicto entre jóvenes y viejos. Claro que también está acá, en esta obra, todo lo bueno de Bioy Casares: el estilo pulido, la prosa clara, el buen ritmo de la narración, el humor, la fotografía del Buenos Aires de los sesenta, la oralidad que aparece en los frecuentes diálogos… y la lista podría seguir.

     ¿Qué no me terminó de convencer de la novela? A ver. Tengo la sensación de que, más o menos a la mitad, la novela “se le escapó de las manos al escritor”. Por de pronto (y discúlpenme, soy medio “cuadradito”), yo creo que una buena novela en sus últimas cien páginas tiene que empezar a atar todos los cabos que soltó en sus primeras cien. Después de la mitad no hay que abrir nuevas puertas (esto es, introducir nuevas historias, nuevos personajes, nuevas intrigas), sino ir cerrando las ya abiertas.

     Doy un ejemplo. Hacia la mitad de la obra toma protagonismo Nélida, una de las jóvenes que viven en la pensión, o sea, una vecina de Vidal, y entre los dos surge una (increíble) historia de amor (puse increíble entre paréntesis porque parece cosa de “la Bella y la Bestia”). Esa historia, para mí, está fuera de lugar, porque en los últimos capítulos de la novela el escritor está más entusiasmado en hablar de la relación entre los dos que en el grupo de los viejos amigos y de la “guerra del cerdo”. O sea: Bioy abrió una puerta – un portón –, en vez de ir cerrando las puertas y ventanas que ya había abierto (que no eran pocas). Y además el foco deja de ser la vejez y el odio entre los bandos (jóvenes y viejos). De golpe, la guerra se termina cuando el gobierno se siente presionado para tomar cartas en el asunto porque la cosa se le está yendo de las manos y eso tiene toda la apariencia de ser un deux ex máchina.

     Otro ejemplo: hasta la mitad Vidal aparece como un viejo, un “viejito”, que lucha día a día para seguir tirando, para seguir activo y sano, a pesar de la vejez y la pobreza. Tiene que hacerse sacar todos los dientes para que le pongan finalmente una dentadura postiza y eso lo martiriza. Lo vemos dormitar a cada rato porque está avejentado y se cansa fácilmente… Pero después, cuando aparece Nélida, ¡se olvida de todo! Es cierto que el amor puede rejuvenecer, pero entonces ese tema es el que habría tenido que tematizar Bioy. Para colmo, de golpe nos enteramos que Vidal aún no ha cumplido los 60 (¿y cómo es que estaba jubilado?), que puede caminar horas y horas por la ciudad en busca de Nélida con el estómago vacío, etc., que como vorazmente sin que le moleste la nueva dentadura…

     Otro ejemplo: en un momento uno de los “muchachos”, Jimi, desaparece. A todas luces, lo han secuestrado los jóvenes. Luego lo sueltan pero en el mismo momento le dan una golpiza a otro de los “muchachos”, a Arévalo (la paliza, por suerte, no lo mata, pero sí lo deja malherido) y uno de los amigos cree que lo delató Jimi para que lo dejaran libre a él (porque Arévalo estaba haciendo la “chanchada” de salir con una joven). ¡Vaya sospecha que puede arruinar una amistad de años! Pero, mágicamente, en la última escena aparecen todos los viejos juntos. ¿Y qué fue entonces de la sospecha de que Jimi lo entregó a Arévalo?

     Insisto, hay muchos cabos sueltos o, por lo menos, muchos cabos que a mí, en la primera lectura, me quedaron sueltos.

     Otro punto que quería marcar es que no aparece la figura del abuelo. Acá son todos viejos, la mayoría con hijos, pero ninguno tiene nietos. Y creo que querer hablar de la vejez sin reflexionar sobre el significado de ser abuelo es algo que queda incompleto. Al menos uno de los del grupo podría haber tenido un nieto, para darle ocasión a Vidal de observarlo.

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Impresiones de Atenas

El presente del futuro…

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José Luis Pardo, estudioso del malestar

Acabo de leer el libro de José Luis Pardo, Estudios del malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas (2016), y quisiera hacer simplemente un par de comentarios al respecto.

     Para decirlo en dos palabras, el objetivo del autor es reflexionar sobre la historia de las ideas del último siglo para así poder entender por qué las fuerzas “anti-sistema” o “antihegemónicas” están ganando cada vez más terreno. Pardo sostiene que vivimos ahora en un estado de malestar caracterizado no solamente por el desmantelamiento progresivo de su opuesto, esto es, del estado de bienestar a partir de finales de la década de 1970, sino también por la difusión paralela de un clima de insatisfacción que se expresa concretamente en una oposición política –ciega e irracional– a todas las instituciones de la modernidad en nombre de una pretendida “autenticidad”. En vez de intentar individualizar las causas reales de las transformaciones sociales de las últimas décadas, la frustración reinante se canaliza en un rechazo generalizado al poder político establecido, una suerte de “que se vayan todo” o de deseo de tirar todo por la borda, no importa sin con el agua del baño se arroja también al bebé. Esta oposición vehemente al “sistema” o a las “instituciones de la modernidad” muchas veces está motivada por el rechazo a cualquier forma de poder por considerar que el poder es intrínsecamente malo, rechazo que se acompaña de la fantasía según la cual la victoria permitirá instaurar una sociedad sin coerciones y, por ello, auténtica.

     Lo preocupante es que ese rechazo incondicional al poder que en sus inicios puede tener la forma de un movimiento más o menos espontáneo, pronto termina organizándose y adquiere el temible rostro del populismo. ¡Vaya ironía! , el malestar, que en un principio se manifiesta en un rechazo contra el sistema (contra todo poder), luego decanta en un partido político más que compite por el poder. El populismo es incapaz de atacar la verdadera causa del desmantelamiento del estado de bienestar y es igualmente incapaz de perfeccionar la democracia parlamentaria que tenemos: su rechazo posmoderno a todo poder luego de concretiza en una organización política premoderna, con su importante cuota de fascismo. Y lo curios es que este proceso involutivo puede darse, bien por la derecha, bien por la izquierda. El rechazo antihegemónico decantado más tarde en populismo es lo que une a un Trump con un Maduro, a Syriza con Anel, a Alternativa para Alemania con Podemos. La izquierda y la derecha radicales dejaron de ser incompatibles entre sí, ya no son el aceite y el vinagre de antaño. Ahora los amalgama el mismo malestar, el mismo rechazo, la misma ansia de autenticidad.

     En este sentido, el libro de Pardo es una contribución para entender uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, el populismo.

     Pardo escribió este libro cuando todavía nos mirábamos consternados y nos preguntábamos una y mil veces: “¿Cómo pudo un Trump llegar al poder de los Estados Unidos?” Yo leí el ensayo de Pardo la semana pasada, presa de una incógnita del mismo tipo: “¿Cómo pudo en Puigdemont llegar a declarar la independencia de Cataluña?”

     Y a este punto se revela uno de los rasgos más aborrecibles del populismo (de derecha, de izquierda, nacionalista…): la necesidad de contar con enemigos. El populismo es una fuerza que reagrupa virulentamente a la sociedad en bandos opuestos por aquí los leales amigos, por allá los execrables enemigos. “Todos los problemas de los Estados Unidos se deben a los mexicanos, a los chinos, a los musulmanes”, vocifera Trump; “Todos los problemas de Cataluña se deben a los españoles”, despotrican los separatistas catalanes.

     El populismo, como movimiento retrógrado que es, lleva a la tribalización de la sociedad, a pensar que somos una tribu compacta con un líder que nos guía y nos defiende de las hordas.

     ¿Cuál es el remedio contra el populismo? Este es un tema que Pardo no aborda. Su objetivo es, como ya dije, entender por lo pronto qué nos pasa y cómo esta situación es resultado de una historia intelectual que él sitúa sobre todo en el origen de las vanguardias artísticas. El malestar, como todos sabemos, no es nuevo. Ya Freud en 1930 había publicado un importante ensayo titulado justamente El malestar de la cultura (que Pardo, curiosamente, no cita ni una sola vez). Tampoco la decantación de ese malestar en rechazo absoluto del poder (léase: de las instituciones de la modernidad) es algo novedoso. Por último, la mutación de ese rechazo en populismo es asimismo de sobra conocido: allí está el origen de la Primera y, sobre todo, de la Segunda Guerra Mundial.

     En mi opinión, la parte menos convincente del libro de Pardo son los primeros capítulos, en los que se propone rastrear las ideas que habrían articulado y, como efecto de esa articulación, que habrían exacerbado el malestar. Hay demasiadas lagunas en su genealogía, hay demasiados saltos bruscos de una corriente de pensamiento a otro, y el recorrido intelectual que va delineando es bastante caprichoso. (Para colmo el texto, que por lo general corre a buena velocidad, por momentos se estanca en párrafos interminables, en frases pantanosas, en reiteraciones innecesarias.)

     Querer entender el malestar de nuestro tiempo sin una historia de las ideas que lo vocalicen es un disparate, y es justamente ahí donde está la riqueza de algunas intuiciones de Pardo (por ejemplo, en el capítulo quinto, “El virus Schmitt”, en que analiza el revival que ha tenido el pensamiento de Carl Schmitt). Pero pretender comprender el malestar de nuestro tiempo solo en referencia a una historia de las ideas es desacertado. (Esto no lo digo contra el libro de Pardo –en sus casi 300 páginas no se pueden abordar también las transformaciones socioeconómicas que sería necesario analizar–; lo digo pensando en la necesidad de una síntesis con otros enfoques complementarios.)

     Una cosa que sí me gustó del libro es que Pardo no quiso hacer solo una “fría” historia de las ideas como si fuesen entidades claramente definidas, productos terminados y empaquetados con moño. El autor nos invita a recorrer en varias ocasiones las aulas y los pasillos de las facultades de filosofía, allí donde se “cuecen” las ideas al calor de la multitud de profesores y estudiantes que festejan a tal autor o polemizan con tal otro. Lo suyo es, además de inspeccionar el plato con la comida que nos presenta el mozo, echar un vistazo a la cocina.

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Hablar de política y religión

A veces se dice: “Fulano de Tal es un correligionario”, para indicar que es del mismo partido, aunque literalmente signifique de la misma religión. Y es que pertenecer a un partido político es, en cierta manera, pertenecer a una misma confesión. No se equivocan tanto quienes ven en la política una forma secular de religión.

     Así como uno cree en los dogmas de una religión, del mismo modo cree en los principios de su partido. Poner en duda un artículo de fe es un pecado mortal, tanto en una iglesia como en un partido. Además, los adeptos a una religión, como asimismo los seguidores de un partido, tienen mitos y símbolos que comparten con fervor: hay fechas fundacionales, personajes heroicos, figuras divinas; tampoco faltan milagros en uno y otro bando. Unos y otros evitan el análisis racional como si se tratase de evitar una ocasión de pecado. Y el adversario religioso o político llega a encarnar el mismísimo demonio.

     Claro que alguien puede venir y decirme: “El ser humano, el hombre común y corriente, es alguien que necesita crearse una identidad sólida, tener lealtades, ser algo/alguien… y de allí aparece la necesidad de pertenencia –de pertenencia incondicional, incluso– a un movimiento colectivo, llámese iglesia o partido político, lo mismo da. Ustedes, los filósofos analíticos, son una excepción a la regla; el rigor intelectual los ha hecho –no sé– dioses o bestias, como decía Aristóteles a propósito del efecto de la soledad.”

     ¡Mucho me temo que esta objeción en nada ayude a aclarar los tantos! Polarizar, decir: “O blanco o negro; o positivo o negativo; o todo o nada”, es inconducente. No es que la gente sea crédula y fanática, mientras el lógico es incrédulo e imparcial. La riqueza está en todas las graduaciones y todos los matices que se dan entre los dos polos encontrados. Todos tenemos nuestras creencias y albergamos alguna esperanza, por modesta que sea… incluso los lógicos más severos. Pero crearse una identidad, tener lealtades, compartir mitos no ha de ser sinónimo de cegarse ante la evidencia, hacer oídos sordos a cualquier argumento, ni tanto menos fanatizarse. La clave está, para volver a Aristóteles, en saber adoptar el mesótēs, el justo medio, esto es, en tener una fe (religiosa o política) sin caer en los excesos. In medio virtus, repetían los escolásticos medievales. Las emociones, las pasiones, los sentimientos, las fantasías inclusive, son esenciales a nuestra vida, pero también es primordial el ejercicio de la racionalidad, la disposición al diálogo, la capacidad de crítica y autocrítica.

     Concluyo: no tenemos que perder de vista el hecho de que pertenecer a un partido político, o simplemente simpatizar con él (no hace falta pensar solo en los militantes) es equiparable a una adhesión religiosa. La política y la religión les dan a los fieles un profundo sentido de pertenencia, les otorgan la certeza de ser partes de un proceso histórico, les marcan una frontera entre nosotros y ellos y, por ende –y aquí viene los que yo estimo peligroso–, entre los buenos (los de este lado) y los malos (los de aquel lado). Sinceramente, pienso que el gran desafío está en aceptar el hecho de que necesitamos crearnos una identidad colectiva, manteniendo a la vez una cierta distancia con nuestras propias emociones. Ser de tal o cual partido político, como formar parte de tal o cual iglesia, no debe impedir el diálogo con los demás –y menos aún el diálogo franco consigo mismo–. Aquí también es oportuno el consejo del oráculo de Delfos: “Nada en demasía”. ¡Qué triste, qué frustrante es no poder dialogar con alguien que por adherir a una causa se ha encerrado en sí mismo como una ostra, se ha vuelto inmune a cualquier argumento!

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Impresiones de Atenas

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Parte del decorado de un café de Atenas.

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A propósito de “Nocturno de Chile”

No tengo la intención de escribir una recensión académica de Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño. Lo que sigue son simplemente impresiones e ideas que me han surgido durante y después de la lectura.

     Empiezo notando que, de ser posible, hay que leer esta novela de 150 páginas de un solo tirón. Y no solamente porque se trate íntegramente del monólogo autobiográfico de Sebastián Urrutia Lacroix, monólogo por momentos lúcido, por momentos delirante, sino porque la obra como tal no está dividida en capítulos, ni en secciones… y ni siquiera en párrafos. De hecho, el monólogo de Urrutia comprende un larguísimo párrafo que empieza con la mayúscula de la primera página y termina con el punto aparte de la última página. (Solo queda “suelta” la sentencia final: “Y después se desata la tormenta de mierda.”)

     El afiebrado Urrutia, que imagina (equivocadamente) que se va a morir, necesita contar su vida, desde la adolescencia hasta momento actual, y lo hace sin pausa, sin respiro casi, espoleado por el remordimiento de conciencia (por las recriminaciones que le hace su fantasma, el “joven envejecido”) y, por ende, por la necesidad de justificarse o tan solo de comprenderse a sí mismo.

     Así, nosotros, los lectores, participamos del minucioso y ágil recorrido por la biografía del protagonista y por la historia de Chile.

     Para ser preciso tengo que aclarar que la novela es poliédrica: aparte de ser la historia de una larga vida individual y de una igualmente larga época chilena, en Nocturno… se agregan dos dimensiones más, la de la crítica literaria y la de la política. La unidad de todas estas facetas está en el protagonista, un sacerdote del Opus Dei chileno, poeta, profesor y crítico de literatura. O sea, Urrutia es alguien que va siguiendo la evolución de las letras y de la política chilena, desde los años previos a la llegada de Allende al poder, pasando por la dictadura de Pinochet, hasta la vuelta de la democracia.

     Escribí que Urrutia es “alguien que va siguiendo la evolución” en esos ámbitos, porque él se mantiene mayormente al margen de los acontecimientos. Por ejemplo, él es poeta, pero no llega nunca a ser un poeta influyente. Algunos de sus libros, que publica bajo un pseudónimo (“el cura Ibacache”), logran cierta fama, pero nada más. Si algo le apasiona a Urrutia, y en ello se destaca, es su desempeño como profesor y crítico literario. Admito que un crítico, mediante los juicios y las apreciaciones que expresa en sus reseñas, puede influir en el curso de la literatura de un país, pero Urrutia no logra nunca tanto prestigio ni tanto poder simbólico como su mentor, Farewell. Urrutia va siguiendo de cerca, comentando y evaluando la marcha de las letras chilenas apoyado en su vasta erudición y en su buen gusto, pero las nuevas generaciones ya no lo escuchan.

     Urrutia, cura del Opus Dei, es conservador; pero es un conservador que no deja nunca de observar la realidad chilena de manera lúcida, evitando los lugares comunes de la derecha y destripando los lugares comunes de la izquierda. Si por él fuera, no se metería en política, pero dos veces llegan unos personajes del servicio secreto a pedirle que participe como intelectual: la primera vez, confeccionando un estudio sobre la manera que se usa en Europa para limpiar la sociedad de las “molestas palomas” que ensucian los edificios y, la segunda vez, dándole clases de marxismo al general Pinochet y al resto de la junta, ya que para vencer al enemigo primero es necesario conocerlo.

     Me gustaría resaltar que uno de los méritos de esta obra es presentarnos la historia de Chile evitando, sea los consabidos elogios a tal o cual gobierno trasandino, sea las repetidas condenas al del color opuesto.

     Claro que hay cosas que no se deben callar, y de hecho hacia el final del monólogo Urrutia recuerda el tema de los detenidos, torturados, asesinados y desaparecidos. Y él parece tener más memoria que muchos de los nuevos escritores de izquierda que por conveniencia ya no se acuerdan muy bien lo que pasó. Ese hecho, que a él lo trastorna, es el origen del estado febril en que se encuentra. ¿Hizo bien en callarse en aquellos años, cuando debería haber hablado? ¿Hizo bien ahora en hablar, cuando le convendría haberse callado?

     Me imagino que muchos se habrán indignado con esta novela, una novela que, reitero, evita las denuncias, los reproches y los juicios “fáciles” de la izquierda, pero yo creo que ahí justamente está la riqueza de estas páginas: tratar de pasar revista a la historia desde otro punto de vista, cuestionar los lugares comunes –que siempre son demasiado cómodos–, etc.

     Lo que tal vez más pueda impacientar al lector es la pasividad de Urrutia ante ciertos acontecimientos tanto históricos como personales: él es un intelectual brillante pero demasiado tímido, y prefiere ver todo desde fuera, como si fuese otro el que vive su vida, el que mueve su cuerpo. ¿Se puede ser tan cerebral, tan descarnado? ¿Se puede obedecer siempre, sin nunca dar órdenes o sin tan siquiera rebelarse a una orden?

     Y es en este punto donde yo veo algo que no me convence de la novela. Lo pongo en estos términos: si uno elige como protagonista a un cura, difícilmente puede obviar el tratamiento de aspectos centrales, como la religiosidad, la sexualidad, la disciplina. Hay jóvenes que entran al seminario por conveniencia o por cualquier otro tipo de interés, pero no parece haber sido el caso de Urrutia. Y por eso se extraña el que no haya ni una página en el que se reflexione sobre la vocación, sobre el sacerdocio, sobre lo divino, etc. (Si Bolaño quería un protagonista conservador y católico para su novela, bien hubiese podido hacer de Urrutia un profesor de literatura, solterón y ascético como tantos que hay, con lo cual no hubiese quedado en deuda.)

     Una nota final. Ahora, mientas le sigo dando vueltas a la novela, me ha pasado algo extraño, porque los aspectos biográficos del protagonista y sus juicios estéticos se me han desplazado a un segundo plano. El eje central de la novela me parece ser ahora claramente uno: el compromiso político de Urrutia, el reproche que se hace por haber hecho entonces la vista gorda a las violaciones de los derechos humanos en la época de Pinochet y la urgencia por romper ahora, finalmente, el silencio. El final, en cierto sentido, tiene algo de esperanzador; la fiebre parece haberse ido: “Y entonces me pregunto: ¿dónde está el joven envejecido?, ¿por qué se ha ido?, y poco a poco la verdad empieza a ascender como un cadáver.” (p. 149)

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Media jornada de un interventor

La jornada de un interventor electoral (en el original, La giornata d’uno scrutatore) es una novela corta de Italo Calvino, publicada en 1963.

     Esta nouvelle está dividida en 15 capítulos, que abarcan casi la entera jornada de un miembro del Partido Comunista Italiano al que un lluvioso domingo de 1953 le toca hacer de interventor en una mesa a raíz de las elecciones nacionales.

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     El interventor se llama Amerigo Ormea y es el único personaje importante del relato que aparece con nombre y apellido. Todos los demás personajes quedan en el anonimato, o a lo sumo los llegamos a conocer por el nombre de pila, como a Lia, la novia de turno de Amerigo. Este aspecto se relaciona estrechamente con el punto de vista del narrador, que a la vez que nos va contando cómo se desenvuelven las votaciones en el instituto donde le tocó a Amerigo, tiene acceso al cúmulo de sensaciones, emociones y reflexiones que la jornada le genera al protagonista; mientras, los demás personajes nos resultan distantes y, sobre todo, privados de individualidad: encarnan “el típico ejemplo de…” (el típico ejemplo de una monja, el típico ejemplo de un interventor democristiano, el típico ejemplo de un diputado…).

     Incluso, es muy sugestivo el hecho de que, al comienzo, mientras Amerigo se dirige al instituto –al Cottolengo, para ser exactos–, pase caminando por calles turineses que le son desconocidas. Trata entonces de leer los nombres sin dejar de protegerse de la lluvia y se da cuenta de que no conoce a ninguno de ellos; supone que habrán sido benefactores, ya olvidados.

     Ya dije que el protagonista tiene una individualidad muy marcada: él sí que no es el “ejemplo típico del miembro del partido comunista italiano de la posguerra”. Y no lo es porque, por un lado, lleva una vida plenamente burguesa (tiene una casa con tocadiscos y teléfono; todos los días viene una señora a limpiarle el departamento y prepararle la comida, incluso los domingos, etc.). Por otro lado, no es el típico comunista porque ni actúa ni piensa como tal. Ni es todo lo militante que se espera de un comunista, ni tampoco profesa ciegamente la fe del Partido. Amerigo es por momentos demasiado cómodo, por momentos demasiado temperamental. A él, más que cambiar el mundo le interesa entenderlo, porque el mundo –sospecha– es demasiado complejo para ser explicado por una sola teoría, por más refinada que fuese:

Ahora buscaba otra cosa en los libros: la sabiduría de las épocas pasadas o simplemente algo que le permitiese entender algo.”

     Una cosa es la democracia o, mejor aún: la Democracia, escrita con mayúscula, tal como la imaginan los filósofos y luego la exponen, con todos los detalles y firuletes del caso, en los gruesos libros de filosofía política. Pero otra es la democracia en minúscula, esa práctica social que, una vez desnudadas de sus ornamentos, malamente traduce los lirismos de los pensadores. Y eso es lo que se nos narra en esta novela –ese es, también, el objeto concreto, palpable, sobre el que reflexiona Amerigo–: el desenvolvimiento de las votaciones visto desde una simple mesa electoral, mesa ubicada, para colmo, en el Cottolengo de Turín. ¡Cuán pedestre resulta la democracia, vista desde allí! Y, fundamentalmente, ¡cuán ruin!, porque a lo que tiene que hacer frente Amerigo es a la farsa montada: se hace votar a los internados, muchos de ellos mentalmente incapaces, con la complicidad de las autoridades eclesiásticas y de los “punteros” de la Democracia Cristiana.

     ¡Cuántos intereses en juego allá arriba, entre los grandes que manejan los asuntos nacionales e internacionales!

     ¡Cuánta necedad y pusilanimidad en casi todos los seres con los cuales Amerigo debe compartir ese domingo, desde el presidente de mesa hasta los tutores del Cottolengo, encargados de “acompañar” a los votantes en principio solo “impedidos físicamente”!

     El colmo de esta farsa electoral está descrita en el capítulo X, cuando un diputado (l’onorevole) llega con toda su comitiva al Cottolengo a supervisar cómo marchan las cosas –concretamente, a asegurarse de que se termine de traer a todos los electores que aún no han votado: ¡todo voto cuenta!–.

     En este sentido, La jornada de un interventor electoral es una obra de denuncia y desenmascaramiento, un librito que habrá molestado a los sectores biempensantes de Italia (y no solo de allí). Ese es su principal mérito. (Lamentablemente para el mundo, hay que agregar que la obra no ha perdido actualidad, más de medio siglo de haber sido escrita.)

     Sin embargo, a partir del capítulo XI la novela da un par de vuelcos que, personalmente, no me terminaron de convencer, es más, que le restan fuerza a lo que se había ido decantando y consolidando hasta entonces y que finalmente rompen la unidad que tenía la narración. Concretamente, a esa altura Amerigo se va a almorzar y prefiere hacerlo en su casa. Ya allí, se da una serie de telefoneadas caóticas entre él y Lia que nos revelan la complejidad de la relación entre los novios. Y como si esto fuera poco, entre bocado y bocado el protagonista se entera de que la noviecita, caracterizada inmisericordemente como una burguesita caprichosa, superficial e histérica, ¡está embarazada! La noticia le cae como un baldazo de agua fría a Amerigo.

     El problema para mí es este: introducir en los últimos capítulos de la novela el tópico de la tormentosa relación entre Amerigo y Lia, especialmente ahora que ha quedado encinta, implica un quiebre en lo que atañe tanto a lo que venía siendo el tema central de la obra (capítulos I-X) como a la dinámica que traía el relato. Así Calvino, desacertadamente, hace volver a Amerigo a la mesa electoral como si nada hubiese pasado: sigue desenvolviéndose la jornada de votaciones con toda su farsa, sigue el protagonista reflexionando sobre la democracia real, y del embarazo, nada o casi nada. (¿Valía la pena entonces introducir el capítulo XI, el del almuerzo en casa?)

     El otro giro que da el relato y que, insisto, termina por descarriarlo es cuando el presidente de mesa y los interventores suben a las otras salas del Cottolengo para que voten los enfermos que no pueden levantarse de la cama. Por un lado, la farsa llega al paroxismo: es este crescendo de hipocresía vemos cómo se pretende hacer votar a personas que no solo están inmovilizadas en sus camas, sino que se encuentran en un estado penoso de incapacidad mental. Amerigo, a este punto, no puede soportar más el “circo” y se opone firmemente (aunque sin heroísmo) a que voten esos enfermos, poniendo así fin a la manipulación descarada.

     Por otro lado, no obstante, si la novela debía ser política –una decidida obra de denuncia–, estos capítulos últimos están de más: ya estaba claro lo que se quería mostrar. Por eso, sospecho que Calvino necesitaba cambiar el hilo que venía trayendo, y ahora ya no reflexiona tanto sobre la democracia real, sino sobre un tema más vasto aún: sobre qué es ser humano, esto es, sobre cuál es el límite que divide lo humano de lo inhumano –o infrahumano– ante el espectáculo angustiante de los enfermos terminales, los deformes de nacimiento, los retardados mentales, casi todos ellos seres que han pasado su existencia encerrados en el Cottolengo… Su conclusión:

Lo humano llega hasta donde llega el amor; no tiene otro límite más que el que le damos.”

     No niego que este último sea un tema relevante ni dudo de la destreza de la Calvino para abordarlo, pero me pregunto cómo congenia con el resto de la novela.

     Una última observación: ya no estamos en el Neoclasisismo y por eso una obra no tiene forzosamente que terminar con un final que sea simétrico al comienzo. La armonía y el equilibrio ya no son criterios absolutos. Sin embargo, me hubiese gustado que Calvino concluyese su narración con una escena similar a la del primer capítulo. Esperaba ver a Amerigo caminando ya al anochecer, desandando las mismas calles que había descubierto por la mañana temprano, mientras reflexionaba sobre la jornada y hacía un balance, contrastando las expectativas y las sospechas matutinas con las impresiones y los hallazgos posteriores.

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