Por un futuro democrático en Venezuela

Estoy de acuerdo con quienes afirman que el pasado domingo, 30 de julio de 2017, el gobierno de Venezuela, al realizar las elecciones de la Asamblea Constituyente, “cruzó definitivamente la línea roja”, desembocando así en la peligrosa pendiente antidemocrática. De aquí en adelante las consecuencias políticas y sociales pueden ser abominables.

     No tengo dudas al calificar al sistema político venezolano de antidemocrático. Para mí, un país es democrático si allí se cumplen dos condiciones esenciales:

     (a) el reemplazo periódico de las autoridades mediante elecciones libres;

     (b) la independencia de los tres poderes estatales (ejecutivo, legislativo y judicial).

     Sigo de cerca la situación venezolana y puedo concluir que allí no se dan ninguno de esos dos requisitos.

     Por cierto, tienen razón quienes critican severamente a la clase dirigente que gobernó Venezuela desde 1958 hasta 1999, año en que asumió la presidencia Hugo Chávez. Si en esas cuatro décadas las autoridades no hubiesen sido tan corruptas, ineficientes y mezquinas, no se habría dado la irrupción populista liderada por Chávez y sus secuaces. Pero a la clase política venezolana (y, en general, latinoamericana) le cuesta aprender que “las reformas sociales que no introduces gradualmente hoy (por cobardía o por mezquindad), serán implementadas mañana de sopetón por algún caudillo prepotente”. Pero, como sea, los abusos de ayer no justifican los abusos de hoy.

     Nunca está de más recordar la frase de lord Acton (1834-1902): “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (“Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”). Si sumamos los años que Chávez pasó en el poder más el tiempo que lleva el sucesor que él mismo preparó (Maduro había sido vicepresidente solo de 2012 a 2013), contabilizamos casi dos décadas. Si a esto le agregamos la concentración cada vez mayor de facultades y competencias en la figura del presidente, el resultado es alarmante: se avecina al poder absoluto que señalaba el historiador inglés.

     Si se me apareciese el genio de la lámpara y me preguntase: “¿Dónde preferirías vivir toda tu vida, en una nación regida por un rey absoluto, aunque sabio y honrado, o en un país gobernado por personas ni tan sabias ni tan honradas pero en el que cuentas con la certeza de que sus instituciones democráticas son respetadas escrupulosamente?”, mi respuesta, sin titubeos, sería: “En este último”. Y no vacilaría porque la esencia de un buen gobierno no está tanto en sus gobernantes, como en sus instituciones. No importa si las autoridades de turno son mediocres, pero sí importa –¡es decisivo!– que el sistema institucional funcione con la precisión de un reloj suizo.

     Si Nicolás Maduro quiere ser recordado en la historia, entonces tiene que realizar un acto valiente, sabio y generoso: concertar con la oposición elecciones presidenciales anticipadas. Aferrándose al poder como hasta ahora, no hace sino agudizar más la situación. Cada día que pasa es peor para él y, sobre todo, peor para Venezuela.

     Decir, como he escuchado de algunos partidarios del populismo (argentinos y griegos), que la oposición venezolana está pagada por los Estados Unidos que quiere apropiarse del petróleo, es una afirmación no solamente peregrina e infundada, sino irresponsable. Muchos opositores han pagado o están pagando con cárcel, tortura y destierro su legítimo rechazo al gobierno de Chávez y Maduro. Además, es necesario no confundir los tantos: llamar a elecciones y comenzar a respetar resueltamente la separación de poderes nada tiene que ver con la política económica que luego vaya a adoptarse. Nadie habla de regalar el oro negro caribeño a las multinacionales (aunque también es cierto que la extracción desenfrenada de crudo llevada a cabo por Maduro no representa ninguna política económica respetable).

     Aquí no me interesa analizar los aciertos (que seguramente los hubo) ni los desaciertos de los veinte años del dúo Chávez-Maduro. Lo que sí me importa es manifestar, como latinoamericano, mi pesar por la deriva antidemocrática que ha tomado Venezuela. Hay solo una salida: restablecer la separación de poderes del Estado y convocar a elecciones presidenciales de manera que, de aquí en adelante, las autoridades se renueven periódicamente.

     No seamos ingenuos. Los problemas de Venezuela (económicos, sociales y políticos) son profundos y la oposición, de ganar las próximas elecciones, no podrá hacer milagros. Gane quien gane, a Venezuela le queda un arduo y largo camino. Pero al menos una cosa no debe perderse, la cosa más importante: la democracia.

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Impresiones de Rodas

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Entrada lateral al Museo Arqueológico Nacional

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Nota sobre los cuentos infantiles

Anoche no tenía nada nuevo que leerles a mis hijas. Bah, en realidad, sí; tenía un libro que había sacado del Cervantes, una antología del cuento infantil colombiano, pero esos relatos no son para sus edades. Me cuesta dar con un libro bueno y bien escrito de relatos para niños de entre cuatro y seis años. Es cierto que mis hijas no tienen el mismo nivel de español que tendrán niños de esa edad criados en España o Argentina por padres hispanoparlantes. Eso lo reconozco, pero no creo que sea el problema principal. Enumero, entonces, un par de críticas que le hago a la literatura infantil.

     En primer lugar, y ya que mencioné el tema de la “competencia lingüística”, veo un gran déficit en el modo como están redactados los cuentos. A veces los autores escriben usando un vocabulario y una sintaxis que no son infantiles sino, en el mejor de los casos, juveniles. Claro que los niños tienen que aprender con la lectura, pero: que haya solo una o dos nuevas palabras por párrafo, que las oraciones complejas vengan precedidas por muchas oraciones simples, etc. Si el niño a cada frase interrumpe la lectura para preguntar: ¿Qué es eso?, ¿Qué significa aquello otro?, entonces ni aprenden ni disfrutan.

     Además, un tema que me saca de las casillas: ¡por qué diablos escribir “Y esa mañana Pedrito agració a Luisita con un presente”! ¿Por qué no poner simplemente: “Y esa mañana Pedrito le dio un regalo a Luisita, cosa que la puso muy contenta”? Usar “presente” por “regalo” es un arcaísmo que dificulta la lectura sin agregarle nada al niño; además, “agraciar” es un verbo que solo un joven empieza a entender sin problemas.

     En segundo lugar, está la cuestión de la longitud del relato. Ningún chico se duerme ni queda satisfecho con un cuentito de media página. Por otro lado, está el problema inverso: hay cuentos demasiado largos que un chico de seis años no puede seguir. Acepto el que haya cuentos más largos y más cortos, pero una narración para niños debería tener un par de páginas (5 o 6, dependiendo del formato, tamaño de letra, etc.).

     En tercer lugar, aparece el tema de los personajes y las situaciones. Una vez las chicas me dijeron que baste, que ya no querían más historias de monstruos y gigantes. ¿Por qué insistir con brujas, ogros y castillos? Claro que el mundo de los niños es un mundo fantástico y no hay cosa que les resulte más natural y entretenida que un perro hablando, una mariposa trazando un plan y una silla volando por sus propios medios. Confieso algo que me costó creer: uno de los libros que más les gustó a mis hijas el semestre pasado no fue de una escritora sino de una psicóloga. Todos los personajes eran animales antropomorfizados, pero las historias se desenvolvían en un bosque “común y corriente”, sin palacios ni princesas ni cíclopes, y los conflictos que aparecían eran de naturaleza moral: un insecto volador, por ejemplo, por curioso desobedeció a sus padres y se fue a una parte del bosque que no conocía, por lo cual luego no sabía cómo volver a casa ni cómo reaccionarían los padres a su desobediencia. De algún modo, esas historias tocaban una fibra muy íntima de las chicas, tal vez planteaban algún conflicto que ellas mismas estaban experimentando, y por eso les gustó el libro.

     Una última observación: leerle una historia a un niño es algo sumamente encomiable, pero mucho mejor es contársela. Las famosas “historias de la abuela” no eran tan notorias por lo que se contaba, sino porque eran dichas, improvisadas, recreadas cada noche. ¡Eso era palabra viva, vocabulario y sintaxis adecuados a la edad del “público”, longitud cónsona con la capacidad de atención de los pequeños oyentes, además del agregado natural de énfasis y gesticulación! Es una pena el que hayamos ampliado nuestras bibliotecas con libros infantiles pero nos hayamos quedado sin un repertorio de historias en nuestra cabeza.

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Feministas contra la gestación subrogada

No puedo entender el argumento de las feministas según el cual permitir o, peor aún, legalizar la gestación subrogada equivaldría a mercantilizar el cuerpo de la mujer. De ser así, todos los trabajos que impliquen el uso del cuerpo, sea femenino o masculino, serían expresiones de tal mercantilización, lo que es lisa y llanamente extremo. La señora que limpia la facultad de Filosofía (donde enseñan muchas feministas) también estaría, si se sigue con ese criterio, “vendiendo su cuerpo”.

     Quiero aclarar que, para mí, eso no quita el que debamos seguir luchando por la justicia social. Debemos procurar que todos los trabajos sean lo menos pesados, alienantes, embrutecedores, riesgosos y mal remunerados posible. Pero prohibir el ejercicio de la gestación subrogada como lo que debería ser: un trabajo más, dotado de una remuneración justa, eso me parece un disparate.

     Reitero: estoy de acuerdo en que se proteja a la mujer, concretamente que la mujer que opte por ofrecer el servicio de gestación reciba no sólo una paga acorde a su esfuerzo y su desgaste, sino una serie de beneficios como el control médico regular y de calidad, el seguimiento psicológico, etc. Legalizar una práctica como la que nos ocupa no significa permitir que se haga lo que a cada uno le cante, dejando así desprotegidos a los sectores más vulnerables. Se trata, por el contrario, de permitir una serie de actos dentro de un marco legal claro.

     Ya dije en otra entrada que no puede compararse la gestación subrogada paga con la prostitución ni, mucho menos, con la venta de órganos.

     Todo ese ir y venir de argumentos entre feministas y libertarios me hizo acordar de Erminia, una viejita octogenaria que vivía cerca de la casa de mis padres. (Escribo su nombre sin hache, porque era italiana.) Erminia, de joven o, me corrijo: de adulta, amamantaba a los recién nacidos de su comunidad, aparte de dar la leche a sus hijos. Hoy nos parece algo increíble, porque la leche artificial para bebés se encuentra en cualquier supermercado, es de excelente calidad y el precio no es exorbitante. Pero entonces, en la Córdoba de los inmigrantes italianos y españoles de entreguerras, no existía esa opción, y la señora que tenía leche, bien podía ayudar a una madre amiga de pechos secos.

     El punto es que el acto de amamantar (¿hoy lo llamaríamos “lactancia subrogada”?) creaba un vínculo especial y duradero entre el niño amamantado y la nodriza o, simplemente, “amamantadora”, como si de algún modo ésta se volviese su madrina. (Me acuerdo, de hecho, que Erminia a veces hablaba de tal o cual persona que la visitaba, entonces todos adultos, porque ella les había dado la teta, décadas atrás.)

     Es cierto que Erminia no recibía plata por esa ayuda que daba, pero es también verdadero que las comunidades de inmigrantes eran lo que algún sociólogo llamaría “redes precapitalistas de solidaridad”: todos se ayudaban entre sí y el dinero no era el incentivo para participar y ser solidario, bien por el contrario.

     Sin embargo, nos pese o no, ese mundo ya no existe más. Hoy actuamos por el dinero y con el dinero compramos bienes y servicios. Si no existiese la leche artificial en las góndolas de los supermercados, las Erminias del siglo XXI bien podrían ofrecer su leche materna por una paga adecuada. Tal vez en el futuro existan “gestadoras”, o sea, máquinas como las incubadoras en las cuales puedan desarrollarse los embriones y posteriormente los fetos hasta el momento de nacer, sin que sea necesario recurrir a vientes de mujeres de carne y hueso. En tal caso, en ese futuro de ciencia ficción, otras serán las cuestiones éticas que se plantearán, no la de la licitud (o no) del mal llamado “alquiler de vientes”.

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Impresiones de Rodas

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Inicio y fin de la persona humana

Desde el punto de vista filosófico, uno es plenamente persona cuando puede hablar y actuar de manera autónoma, racional y responsable. Cuando no se poseen en absoluto tales competencias, entonces no se es persona. Así, un embrión no es persona, un paciente en estado vegetativo permanente no es persona, etc. Ahora bien, ¿qué sucede entre medio, esto es, podemos ya considerar persona a ese individuo de nuestra especie que, tras el nacimiento, está desarrollándose y que, muy probablemente, llegará a ser persona?; igualmente, ¿podemos aún considerar persona a ese individuo que está deteriorándose a causa de la edad y de trastornos severos e irrecuperables y que, con gran probabilidad, pronto dejará totalmente de ser persona?

     Siguiendo la definición propuesta el comienzo, podríamos concluir que la persona humana no empieza con la concepción; tampoco comienza ocho semanas más tarde, con la formación del feto; tampoco cuando el feto nace y tenemos ya al niño; tampoco cuando el niño profiere por primera vez “mamá”. Persona sería el niño de cuatro años que ya puede empezar a hablar y actuar autónoma y responsablemente, aún cuando esa autonomía y responsabilidad sean limitadas.

     El problema de esta conclusión, para mí, es que se basa en un supuesto erróneo: el supuesto para el cual en el mundo humano las cosas puede ser tan claras y precisas como en los restantes ámbitos. Si tengo una disputa con mi vecino acerca de los límites de mi propiedad, puedo recurrir a los planos o a las autoridades con el fin de establecer que “de esta línea para acá, es mío”. Pero, mal que nos pese reconocerlo, esa precisión no es posible en la evolución de la persona. Hay un antes y un después de ese estadio que definí como “plenamente persona” que forma parte del concepto global de persona.

     Para poner un ejemplo banal: si Jorge invita a Juan a cenar a su casa “a las nueve”, Juan podrá caer puntualmente, o cinco, diez y hasta quince minutos más tarde, sin que exista ningún inconveniente. Se supone, además, que ni bien llegado, Juan no se sentará a cenar, sino que empezará ese proceso amplio que englobamos con el término cenar. Primero Jorge y Juan se pondrán a conversar, luego comenzarán con algún aperitivo y bastante tiempo después cenarán, en el sentido estricto de la palabra. Si alguien al día siguiente le pregunta a Juan qué estaba haciendo a las nueve y media de la noche, podrá responder que estaba “cenando en lo de Jorge”, por más que a esa hora estaban recién en la picada.

     Reitero: hay un antes y un después del “ser plenamente persona” (en el sentido restringido de persona) que son partes constitutivas del concepto global de persona.

     Sin embargo, el que haya “fases de transición” (el antes y el después) que debamos considerar e incluir en nuestros conceptos (en el concepto de cena como en el de persona), no implica que esas fases no hayan de tener un límite. Para seguir con el ejemplo: Si Juan se adelanta y cae a las nueve menos cuarto, Jorge podrá decirle: “No te preocupes, de todos modos ya estaba listo”. Ahora, si Juan llega a las seis, o sea, tres hora antes, Jorge, sorprendido, bien podría reprocharle: “Habíamos dicho a las nueve… de hecho, aún ni fui al supermercado a hacer las compras para esta noche.”

     La conclusión que se deriva de lo anterior es que podemos reflexionar sobre qué es ser persona en el sentido pleno de la palabra, sin temer adoptar un criterio demasiado estrecho o excluyente. Es mejor contar con un concepto sustancioso de persona, sobre todo recordando que, como en tantos otros conceptos del mundo social, a ese “núcleo duro” habrá que agregarle zonas de transición más o menos blandas. Por mi parte, creo que podemos situar el inicio de la persona humana cuando el feto a cumplido los seis meses y en él se han formado ya los tejidos y órganos principales. Igualmente, es posible extender la personalidad hasta incluir, por ejemplo, las etapas iniciales y medias de la demencia en un ser humano entrado en años.

     Conviene notar que decir que tal o cual ser no es persona no equivale de por sí a decretarlo fuera de nuestro ámbito de consideración moral. El gato de Jorge no es una persona ni podrá volverse nunca una persona, pero sí es un ser vivo al cual el dueño le debe atención moral. Aunque pueda sonar demasiado técnico, me parece importante equiparar persona con sujeto moral. Un gato no es un sujeto moral, pero sí un objeto moral, esto es, un objeto que merece nuestra consideración moral. Hay dos grandes grupos de objetos morales, los seres sensitivos (dentro del que están los gatos y buena parte de los animales) y los seres o entidades de todo tipo que revistan un interés especial para los sujetos morales. Por ejemplo, un edificio histórico es un objeto moral en la medida en que constituye un símbolo para una comunidad.

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Por las calles de Atenas…

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