De libros y ciudades

Yo no creo que “todo pasado fue mejor”. Sin embargo, no puedo sustraerme a la idea de que, en algunos ámbitos, las cosas eran antes más simples. Por ejemplo, la cantidad de libros que se publica cada año en un país como Argentina es tal, que creo que sería necesaria toda una vida para leerlos. ¡Y pensar que hablamos solamente de un país –y de uno que no se encuentra entre los diez primeros del mundo en producción libresca–! Ah, y por cierto: me estoy refiriendo a los libros que se editan en la rama de la cultura en que yo humildemente me muevo, las humanidades; no cuento los libros técnicos, las revistas especializadas de Medicina, los recetarios de cocina criolla, etc.

Ya Hipócrates cuatro siglos antes de Cristo sentenciaba: “Ars longa, vita brevis”. Pero ¿qué hubiese dicho el sabio griego en nuestros días? A veces me causa vértigo el abismo que se abre entre lo poco que sé y lo mucho que hay para aprender.

Por esta razón he dejado de sentir vergüenza cada vez que alguien me pregunta: “¿Leíste el último libro de Fulano? Está bueno, ¿no?”, o: “Lo conocés a Mengano, ¿verdad?”. Antes me ponía colorado en esos casos, carraspeaba para darme tiempo a ver si se me ocurría algo que responder y me escudaba en el conocido, “Bueno, no, no lo leí todavía, pero sí, lo sentí nombrar”. Hoy en cambio digo abiertamente, “no, no lo conozco, no tengo idea de quién es. Lo que sí, ¿vale la pena leerlo?, mirá que tempo fugit”.

Creo que nadie debe sentirse avergonzado en casos como esos, porque la cuestión es, lisa y llanamente, matemática: el día tiene veinticuatro horas, y las horas que un profesor, un escritor, un investigador tienen para leer son más que las del resto de los profesionales, pero siempre se trata de un número reducido; además, no todos los días se puede leer. Y, mientras tanto, minuto a minuto siguen saliendo a la luz más volúmenes en todo el mundo.

He oído decir que Gottfried Leibniz (1646-1716) fue el último intelectual universal, o sea, el último estudioso que pudo llegar a dominar todas las ramas del saber, desde las matemáticas hasta la teología. A partir de allí, cada ámbito se ha expandido tanto, que una persona solo puede abarcar una o dos disciplinas, a lo sumo. (Incluso, para ser aún más incisivo, diría que hoy en día pocos logran englobar toda su disciplina, teniéndose que conformar con el manejo de una o dos áreas de la subespecialización que han elegido.)

No puedo decir si es correcto fijar en Leibniz el fin de una época y el comienzo de otra. Tal vez los límites, como en otros terrenos, sean también aquí borrosos, de modo que los cambios se vuelven graduales. Lo que sí se me ocurre es pensar que el conocimiento humano de antes, por ejemplo, en la Antigüedad clásica, era como una ciudad de, digamos, doscientos mil habitantes. Nadie puede conocer a todos sus vecinos en una ciudad como esa, pero si es lo suficientemente sociable y andariego, al final de su vida podrá tener una idea bastante amplia de sus conciudadanos. Hoy, en cambio, el saber es como una metrópoli de varios millones de habitantes, por ejemplo, como Buenos Aires o, más aún, como San Pablo o Ciudad de México. ¡Qué habitante de esas urbes conoce siguiera a todos los vecinos de su barrio! Ninguno, y ninguno ha de sentirse turbado por esa ignorancia.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Antropología, Filosofía de la cultura, Historia, literatura, Uncategorized y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a De libros y ciudades

  1. Madelyn Ruiz dijo:

    Querido Marcos, es que el saber hace mucho tiempo dejó de ser esencial para ser comercial…
    Saludos

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