El debate sobre el aborto en Argentina (1)

Desde hace unos días en Argentina se debate (nuevamente) sobre la necesidad de legalizar el aborto. Demás está decir que el aborto es una cuestión sumamente delicada y que fácilmente enciende la polémica.

     Por lo que se ve hasta el momento, no puede afirmarse sin más que el oficialismo está en contra del aborto, mientras que la oposición a favor. La cuestión corta transversalmente las agrupaciones políticas; de uno y otro bando hay voces contrarias y favorables a una reforma legal.

     Como no pertenezco a ningún partido político, las opiniones que voy a ir vertiendo en estas entradas reflejan solamente mi posición. Mi deseo es contribuir al debate en calidad de filósofo profesional. ¿Y cómo puede contribuir la filosofía en una discusión como la que nos atañe? La respuesta para mí es esta: la filosofía no puede dar una respuesta definitiva a ninguna cuestión que implique valores últimos; sin embargo, gracias al análisis y la reflexión, es capaz de ayudar a aclarar los aspectos centrales del debate. Si tan sólo tuviéramos en claro “de qué estamos hablando” y qué implica adherir a tal o cual posición, gran parte del debate se allanaría. En este sentido, uno de mis lemas es lo que decía Richard M. Hare, que fue uno de los principales éticos del siglo pasado: “Para el verdadero filósofo tal vez la única tarea realmente reconfortante sea la de aclarar una cuestión que antes era confusa”.

     Así que, si de ir aclarando las cosas se trata, diré primeramente que se escuchan muchos argumentos, a favor y en contra de la legalización del aborto. A primera vista, parecen tantos los argumentos de un sector y de otro, que el interlocutor puede sentirse apabullado. Sin embargo, cuando discutimos del aborto (y de cualquier otro tema de bioética) los argumentos que pueden presentarse son básicamente de dos tipos: o bien deontológicos, o bien consecuencialistas. Para decirlo sin ningún tecnicismo: o bien estamos en contra de la legalización porque sostenemos que el aborto es un acto en sí mismo moralmente malo, que contraviene un deber moral (por ejemplo, el deber de proteger toda vida humana); o bien nos declaramos en contra de abortar por las consecuencias que puede llegar a tener la legalización de esa práctica médica. Un consecuencialista razona de esta manera: un caso aislado de aborto puede no ser en sí mismo malo, pero si permitimos la práctica de la interrupción voluntaria del embarazo, entonces las consecuencias sociales serán nefastas.

     Raramente hay opositores o defensores del aborto “puros”, esto es, que basen su argumentación en solo un tipo de razonamiento. Por lo general, lo que escuchamos es una serie de argumentos deontológicos y consecuencialistas, a veces entremezclados. Sin embargo, en el punto más álgido del debate, las posiciones terminan decantándose por un tipo de argumento. Por ejemplo, un sacerdote católico puede mantener férreamente la posición contra el aborto, basándose sobre todo en la doctrina del Vaticano según la cual la persona humana comienza en el mismo momento de la concepción; mientras tanto, una médica que trabaja en un hospital público puede concentrarse tan sólo en los casos de mortalidad materna derivados de la práctica clandestina del aborto, sin importarle la cuestión de cuándo exactamente puede atribuirse la personalidad al embrión o al feto.

     En mi opinión, hay fundamentalmente cuatro argumentos que se esgrimen contra la legalización del aborto, dos de tipo deontológico, y dos de tipo consecuencialista. Antes de mencionarlos, quisiera aclarar una cosa. Personalmente, estoy a favor de la legalización del aborto, aunque por razones distintas a las de muchos defensores. De todos modos, el que sea favorable a la legalización no implica que aconseje indiscriminadamente la práctica del aborto, sino todo lo contrario. Creo que en muchos casos, el aborto debe ser visto como el “último recurso”, cuando se han sopesado antes todas la alternativas posibles. Me parece reprobable que en un país como Argentina siga prohibido el aborto, pero soy plenamente consciente de que el aborto no es una “varita mágica” que soluciona de golpe muchos de los problemas sanitarios y demográficos de nuestro país.

(a) El primer argumento deontológico contra el aborto se basa en la siguiente consideración: la persona humana comienza desde el momento mismo de la concepción y por ello el aborto constituye un crimen: en vez de proteger a la persona, se la mata. (Para mí, el problema aquí no está en el deber que se formula, el de proteger a toda persona, sino en el supuesto de que la persona humana comienza desde el mismo momento en que se une un óvulo con un espermatozoide.)

(b) El segundo argumento, también de corte deontológico, atañe al médico y, en general, a todos los profesionales de la salud. Aquí se afirma que el deber de la medicina es el de hacer el bien (bonum facere) y, sobre todo, evitar dañar (primum nil nocere). El aborto, al destruir el embrión humano o, dado el caso, al matar al feto, representaría una clara violación del deber primordial del médico. (Aquí el tema para mí es qué vamos a entender por “hacer el bien” y “no dañar”; en una sociedad tradicional puede ser evidente que significan una y otra expresión, pero en una sociedad moderna y abierta, “bien” y “mal” son conceptos que no pueden ser especificados por la medicina sin atender a la concepción de vida que tenga el paciente. En otras palabras, lo que voy a argumentar en futuras entradas de este blog no es el que la medicina no deba regirse por un código deontológico estricto, sino por cómo vamos a entender los términos claves de esos principios morales.)

(c) El tercer argumento es ya de tipo consecuencialista. Aquí se sostiene que el aborto es esencialmente una práctica innecesaria o, mejor, de la que podríamos prescindir. Más que abogar por la legalización del aborto, tenemos que mejorar urgentemente las condiciones sociales de las mujeres y de las familias, se nos dice. Si por ejemplo contáramos con una excelente educación sexual en las escuelas, si los métodos anticonceptivos estuviesen al alcance de cualquier mujer (y hombre) y si la adopción de niños funcionase óptimamente, entre otras cosas, entonces nadie recurriría al aborto. Ésta se volvería una práctica tan infrecuente, que nadie se molestaría por su legalización. (Mi posición aquí es la siguiente: estoy totalmente a favor del tipo de políticas brevemente esbozado: mejorar el tipo de educación sexual que se les imparte a los adolescentes, etc.; sin embargo, creo que todas estas mejoras no resuelven el tema del aborto. A mí punto de vista, ambas cosas son perfectamente compatibles: debemos esforzarnos por mejorar las condiciones educativas, sanitarias, sociales, familiares, etc., al tiempo que pujamos por la legalización del aborto. Ya dije que el aborto ha de ser la ultima ratio, el último recurso que se debería contemplar en una decisión personal, pero esa posibilidad debe estar presente porque ni siquiera en los países más desarrollados del mundo las mejoras a las que se aludía eliminan la cuestión de la interrupción voluntaria del embarazo.)

(d) El cuarto y último argumento, también de corte consecuencialista, es conocido como el razonamiento de la “pendiente resbaladiza” (o, como se dice en inglés, el slippery-slope argument.) Aquí lo que se afirma es que, independientemente de si el aborto en un caso particular es una acto moralmente lícito o no, el problema está en que la despenalización de esta práctica médica traerá aparejadas temibles consecuencias sociales. Quien rompe un tabú moral es como quien se acerca demasiado a un precipicio: a partir de un punto, la pendiente comienza a ser tan escarpada que el riesgo de caer en el vacío es enorme. Si no queremos erosionar nuestra sensibilidad moral, si no queremos que los médicos pierdan su respeto a la vida, si no queremos que nuestra sociedad comience a tolerar la matanza de inocentes, entonces lo mejor que podemos hacer es tener las riendas con firmeza y seguir prohibiendo tajantemente el aborto. (Mi posición al respecto es que este argumento es, en el fondo, falaz y que muchas veces no constituye sino una “máscara” para esconder los propios temores frente al cambio social. De hecho, las sociedades que han legalizado el aborto no son más inmorales que las naciones en las que el aborto sigue estando prohibido. No hay ningún indicio que muestre que una sociedad que ha legalizado el aborto haya caído luego en actitudes o prácticas inhumanas, mientras que los países conservadores se destaquen por su humanismo.)

     Ya anticipé que en las próximas entradas me voy a detener en cada uno de estos argumentos, tratando de mostrar cuáles son las fortalezas, pero también las debilidades de cada una de ellos. Quisiera ahora concluir con una reflexión que en cierta manera sintetiza mi posición: si alguien cree “ciegamente” en que la persona humana comienza desde el mismo segundo de la concepción, si lo afirma como un dogma de fe, entonces me temo que ningún argumento filosófico vaya a hacerle cambiar de opinión. Sin embargo, ese individuo debe considerar que hoy vivimos en sociedades modernas, democráticas y pluralistas, y que por ello no está facultado a imponer su modo de ver el mundo a los restantes grupos. Podrá vivir y morir pensando que él y sólo él está en lo cierto, pero lo que no puede hacer es querer usar el poder coactivo del Estado para que toda la sociedad piense y actúe como él. Yo, personalmente, por más buena voluntad que ponga no logro ver que la persona empiece en el momento de la concepción. Creo que recién podemos empezar a hablar de persona al menos ocho semanas más tarde –si no aún más tarde– cuando comienza lentamente a formarse el sistema nervioso del nuevo ser. Y diré con argumentos por qué. Por lo pronto, quiero subrayar el hecho de que no solo yo, sino muchos individuos más entendemos que la persona humana comienza en un momento mucho más tardío que el que señala nuestro primer interlocutor. Así, lo que para uno es evidente, no lo es para otros. Y cuando no hay unanimidad en cuestiones éticas o existenciales, como es en el tema del aborto, lo mejor que puede hacer una sociedad es fijar un marco legal lo más neutro posible respecto a concepciones determinadas del mundo.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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