El arte es la “cocina” de nuestra interioridad

Hay una concepción acerca del tipo de relación que se establece entre las emociones y el arte según la cual esta última expresaría o comunicaría los estados emocionales del artista. Por ejemplo, el pintor daría expresión a sus emociones en el cuadro que está pintando, ayudado por todos los recursos que le ofrece su ocupación: colores, formas, etc.

     Me parece que esta concepción se haya bastante difundida. Sin embargo, quiero aclarar aquí por qué he afirmado en otro lugar que se trata de una posición parcialmente errónea. Para decirlo en dos palabras, mi crítica consiste en que se basa en un supuesto equivocado. Conforme a este supuesto, el artista tendría ya, antes de tomar el pincel y la paleta, una idea clara no solo de lo que quiere hacer sino también de cuáles son las emociones que quiere reflejar. El arte, así, se vuelve instrumental: es un instrumento o un medio para expresar ello que se encuentra ya íntegro pero “encapsulado” en la interioridad del creador. Para decirlo con una imagen: el arte se convierte de esta manera en un puente que une dos orillas, esto es, entre dos interlocutores (el artista y el espectador).

     Téngase presente que no afirmo que esta concepción sea siempre falsa. A veces un artista puede tener muy en claro qué quiere decir y crea entonces de manera efectiva la pintura (o la sinfonía o el soneto, etc.) que transmite su interioridad a su público.

     El punto, para mí, es que esta no puede ser una concepción general del arte. En mi opinión, el arte no solo expresa emociones e ideas, sino que fundamentalmente las crea (o al menos las modela). Más que puente entre dos orillas, el arte es la cocina de nuestra interioridad: allí se cuecen nuestros afectos, nuestras fantasías, nuestras ideas.

     Soy consciente de que la concepción por la que abogo es bastante radical: el artista no preexiste al arte, el artista se crea con el arte mismo; en otras palabras, es un tipo de semidios que no existe antes del acto creador, sino que se transforma en demiurgo al realizar sus creaciones.

     Antes de ponerse a crear, antes de tomar decididamente el pincel y la paleta, las emociones y las fantasías del pintor se encuentran en el mismo estado en que están los ingredientes del cocinero cuando recién los saca de la heladera: crudos. Es en el mismo acto de pintar el lienzo que el artista cuece sus emociones, las refina, las diversifica, las intensifica o bien las morigera, les quita las partes inservibles…

     De esta suerte, la relación entre el artista y su arte no es instrumental, como muchos suponen, sino dialéctica. Entre el sujeto creador y el objeto creado se instaura un tipo especial de relación de ida y vuelta: el sujeto crea el objeto, al mismo tiempo que el objeto crea al sujeto. No hay objeto sin sujeto, pero tampoco hay sujeto sin objeto. Las cosas son porque las hacemos, pero somos porque hacemos cosas. Ambos extremos se contraponen pero, a su vez, dependen mutuamente.

     Guernica solo comenzó a existir en la cabeza de Pablo Picasso a partir del momento en que le dio el último retoque al gigantesco lienzo y anunció: “ya está listo”.

     El ser humano posee una característica muy particular: solo se vuelve sujeto cuando objetiva (en la obra de arte) su subjetividad. Insisto: la subjetividad no es algo preexistente al proceso de objetivación, sino su resultado. Curiosamente, solo enriquecemos nuestro interior al exteriorizarlo. Nuestras emociones, nuestras fantasías, nuestras ideas serían toscas y amorfas, si nunca hubiésemos intentado plasmarlas artísticamente. (Esto me recuerda en parte a la aseveración del evangelio de Juan: “Si el gano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto.”)

     Cuando un artista joven me dice que tiene una imagen impresionante en su cabeza, que se le ocurrió algo descomunal, no lo tomo por mentiroso, pero le aconsejo que vaya a su atelier y saque de una vez eso que tiene adentro. Es cierto que a veces no encontramos las palabras justas para expresar lo que queremos decir (y quedamos en ridículo), pero mucho más frecuente es el caso opuesto: cuando ponemos en palabras (o en colores) lo que queríamos decir –eso que nos parecía tan impresionante y descomunal–, constatamos con tristeza que no era tan fantástico…

     En síntesis: sé que la teoría que propongo no es muy popular. La mayoría de nosotros piensa que la obra de arte es como el cartero que lleva el mensaje en sobre cerrado del remitente al destinatario. Yo creo, en cambio, que el trabajo artístico es el verdadero creador de nuestra rica interioridad, solo que por una especie de espejismo pensamos que precede a la creación. En realidad, esto que estoy afirmando no es nuevo. Ludwig Wittgentein (1889-1951) ya insistía que no hay diferencia entre pensar y escribir ese pensamiento. Es más, solo sabemos lo que queremos decir cuando lo hemos puesto por escrito (o lo hemos comunicado por oral). El significado está en el uso; nuestra vida interior, en la obra de arte.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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