Emociones y arte (séptima parte)

Con el término arte englobamos en un conjunto todos aquellos objetos que tienen valor estético. Ahora bien, para producir un objeto de este tipo es necesario dominar una determinada técnica. No es casual, entonces, que en griego technē aludiese a ambos aspectos, a un saber hacer gracias al cual se producen cosas con valor, sea utilidad para la vida práctica o valor religioso o, lo que aquí nos interesa, valor estético. Esta acepción de arte como ‘técnica’ aún sobrevive en español, ya que hablamos de, por ejemplo, el arte de la conversación o el arte de la guerra. Con la expresión ‘el arte de la conversación’ no nos referimos al valor estético que pueda tener una charla entre conocidos, sino a que, para lograr entablar una conversación amena y fructífera, es necesario dominar ciertas reglas. El buen conversador es un maestro en su rubro, el de la conversación, como un buen panadero es un maestro de la panificación y un buen escultor, de la escultura. (La maestría era una característica de los artistas ya formados, quienes tenían luego el deber de formar a los nuevos aprendices.)

     Estas observaciones nos permiten ahora hacer un juego de palabras e inquirir qué puede implicar el hablar de un “arte de las emociones”, tras haber discutido en las entradas pasadas los posibles significados del giro “las emociones del arte”. La respuesta parece evidente: el arte de las emociones alude a un saber hacer, a una habilidad que se ejercita sobre las emociones. Nada se logra sin un cierto grado de maestría, ni siquiera una vida emocionalmente rica y balanceada.

     Hoy se ha impuesto la denominación inteligencia emocional para hablar de la conducción inteligente de nuestras emociones con el objetivo de lograr vivir una vida más satisfactoria.

     Permítanme trazar dos caricaturas antitéticas. En primer lugar, la del sabio estoico que, tras años de estudio y ejercicios morales es capaz de tener pleno control de sus emociones. Este sabio aspira a una vida racional, una vida entregada completamente a la razón, y las emociones le parecen un obstáculo en su camino. Por supuesto, el sabio no puede extirpar de raíz sus emociones, como si se tratase de cizaña en un campo de trigo, pero sí puede tenerlas a raya, esto es, tener tal grado de control sobre su psique que ya sus emociones no afecten su conducta ni su estado de ánimo en general. Así, todavía la batalla le podrá seguir produciendo miedo, pero eso no afectará su comportamiento (combatirá con arrojo) y ni siquiera sus estado anímico (seguirá, como siempre, imperturbable). En síntesis, el sabio estoico es capaz de llevar una existencia desapasionada, emocionalmente pobre.

     En segundo lugar, tenemos al artista romántico que, tras haber rechazado el racionalismo en sus distintas manifestaciones, abraza el ideal de una vida entregada a las emociones, no importa cuán intensas sean ni dónde lo conduzcan. Es más, cuanto más violentas sean sus emociones, tanto más rica será su existencia, no importa si esa forma de vida termina poniéndolo en peligro. Todo intento de controlar sus emociones es visto por el artista como algo pernicioso, como el sometimiento a formas de control que degradan la existencia. El artista romántico, así, vive para sus emociones y vive de sus emociones, porque el arte es solo la expresión u objetivación de sus estados emocionales.

     Insisto: son dos caricaturas, porque en realidad nadie podría vivir un día sin al menos estar guiado por ciertas emociones (aunque sea por emociones consideradas “de baja intensidad” y “positivas”, como la serenidad), ni nadie tampoco podría pasar 24 horas sin un cierto tipo de control (un comportamiento absolutamente impulsivo conduciría pronto a la muerte). Claro que entre estos dos extremos, el del sabio estoico sin emociones y el del artista romántico sin juicio, hay una variedad de tonalidades que son, al fin y al cabo, las más interesantes de analizar. Es casi una verdad de Perogrullo sostener que tanto la racionalidad como la emotividad son dimensiones necesarias para nuestra existencia. El punto está en definir qué control queremos sobre qué emociones y por qué medio ha de darse tal dominio. Por ejemplo, reprimir brutalmente un emoción negativa no parece ser una estrategia inteligente. Es posible desarrollar ciertas maneras menos brutales –y, al fin y al cabo, más efectivas– de controlar nuestros afectos. E incluso cuando el control de nuestras emociones sea inteligente, efectivo y soft, ¿qué emociones debemos controlar? ¿Cómo definir cuáles sí y cuáles no?

     No perdamos de vista que toda clasificación de las emociones como “positivas” o “negativas” descansa en una determinada visión del mundo. Por ejemplo, si consideramos que lo más importante de todo es llevar una vida sana y ser exitosos en el trabajo, entonces la tristeza aparecerá como una emoción claramente negativa. ¿Pero es aceptable, desde un punto de vista humanístico, no sentir nunca tristeza, ni siquiera tras la muerte de un ser querido, en razón de los efectos perniciosos de esta emoción para nuestra salud y para nuestra carrera? Ya aventuré en la entrada pasada la hipótesis según la cual lo que distingue al ser humano de los animales (y probablemente también de los robots que vayan a venir) no es tanto su racionalidad como su rica vida emocional. La civilización no se traduce solamente en el control de nuestras emociones, sino en el refinamiento de estas, en la aparición de otras, en su modelado posterior, etc. Si se me permite una comparación, diré que la civilización es como la jardinería y cada uno está llamado a ser el jardinero de sus emociones. El buen jardinero no es el que pasa la aplanadora y alisa todo su jardín, ni tampoco el que deja que las plantas crezcan desordenadamente. Por el contrario, el buen jardinero es el que permite un crecimiento controlado de las plantas, el que asegura la diversidad y la armonía entre las flores, los árboles y la gramilla, el que mediante el cultivo da lugar a nuevas variedades vegetales, hasta ahora inusitadas…

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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