Emociones y arte (sexta parte)

Antes de seguir adentrándonos en el vasto campo de las relaciones entre las emociones y el arte, conviene hacer una aclaración. Hablar “en general” o “abstractamente” de las relaciones entre ambos términos es posible… pero poco fructífero. Y es poco fructífero porque en cada sociedad, en cada época, predominan pautas y representaciones específicas a la hora de “administrar” las propias emociones, como así también existen modos particulares de crear y apreciar las obras artísticas. De esta suerte, más provechoso que preguntarse generaliter cuáles han sido los lazos entre las emociones y el arte a lo largo de toda la historia humana, es interrogarse específicamente cuáles han sido esos vínculos en el Renacimiento italiano, en el Barroco español, en la Nueva York de la segunda mitad del siglo XX, etc. En otras palabras, la reflexión del filósofo, si bien es valiosa, ha de ser complementada con el estudio histórico y, por tanto, empírico del sociólogo del arte, del historiador, del crítico.

     El enfoque histórico es aún más necesario cuando lo que se busca es explorar las relaciones entre una determinada emoción, digamos el miedo, y el arte. Es evidente que la relevancia que tendrá un estado emocional como el miedo no será la misma en el Renacimiento que en el Barroco, en el Neoclasicismo que en el Romanticismo.

     Hecha esta aclaración, vuelvo ahora al ámbito de la reflexión “de corte filosófico” con el objetivo de repensar el papel que le hemos asignado a las emociones en nuestra autocomprensión. A lo largo de toda la tradición filosófica se ha definido al hombre como un animal dotado de razón. Para los griegos, el hombre era el zōon logon echon, para los romanos, el animal rationale, y esa concepción antropológica se mantuvo más o menos intacta hasta bien entrado el siglo XIX. Recién en el siglo XX nos hemos atrevido a poner en tela de juicio tal supuesto.

     Por un lado, hemos entendido que no somos tan racionales como nos gusta imaginarnos. Paralelamente, hemos visto que hay otros elementos no racionales o irracionales que también disputan el gobierno de nuestra personalidad. Finalmente, hemos aceptado que los animales, en especial los mamíferos más desarrollados, tienen capacidades cognoscitivas muy próximas a eso que rotulamos “racionalidad”. Hoy no nos cuesta entender que un cerdo adulto tenga más inteligencia que un niño de dos años. Sí está fuera de discusión el que, gracias al lenguaje, el hombre es capaz de desarrollar su racionalidad hasta un punto impensable en un animal, incluso en primates como los chimpancés. Pero lo cierto es –y este es el punto que aquí quiero señalar– que lo mismo puede ser dicho de la emotividad humana.

     Claro que la dimensión emotiva, a diferencia de la dimensión intelectiva, gozó de poco prestigio en la historia de la filosofía: en el imaginario filosófico, el sabio –sophós – era aquel que lograba desarrollar su racionalidad, a su vez que tenía a raya sus emociones. Emotivos eran, en todo caso, los niños, las mujeres, los viejos. Hasta el Romanticismo, la imagen de un individuo librado de las ataduras de la racionalidad y entregado al caprichoso oleaje de sus emociones no era para nada halagadora. El movimiento romántico y sus derivaciones vanguardistas, sumados al desarrollo de la psicología, han cambiado nuestra opinión al respecto: los hombres –todos, incluso los sabios– tienen (tenemos) emociones; las emociones constituyen una dimensión esencial de la mente humana. Es más: si en el pasado se exageró al afirmar que el hombre es un animal racional, hoy podemos permitirnos una afirmación igualmente extrema, aunque apuntando a la dirección contraria, que se proponga contrabalancear los excesos anteriores. Así, sostengo que el hombre es, esencialmente, un animal emocional.

     Este juicio requiere una aclaración. Así como dijimos que, en cierta medida, los animales superiores tienen asombrosas capacidades cognitivas pero que, sin caer en el antropocentrismo, hemos de admitir que estos lejos están de la racionalidad humana, del mismo modo hemos de señalar ahora que, si bien esos mismos animales superiores tienen emociones, estas no son comparables en variedad, profundidad y articulación con las emociones humanas. Para decirlo sin rodeos: es tan falso afirmar, por ejemplo, que el chimpancé es un animal racional como sostener que es un animal emocional. La racionalidad y la emotividad son privativas del ser humano. O, mejor dicho: la racionalidad y la emotividad son dos dimensiones que se han desarrollado, complejizado y ramificado a lo largo de nuestra evolución cultural. La historia de la civilización no es tan solo la historia del pensamiento humano, sino también –y muy especialmente– de nuestros afectos. La civilización –¿quién puede dudarlo?– controla y reprime nuestras emociones, pero también las produce, las refina, las diversifica. Y el arte ha jugado en todo esto un rol privilegiado. Porque el arte no consiste solamente en expresar emociones que preexisten a la creación artística; antes bien, al crear su obra el artista contribuye al proceso de evolución emocional de la humanidad.

     ¡No se me malinterprete! Cuando afirmo que el hombre es un animal emocional no quiero caer en el mismo tipo de error que había cometido la tradición filosófica cuando afirmaba que éramos animales racionales. Al fin y al cabo, ninguna concepción unidimensional del anthropos es acertada. Solo pretendía, valiéndome de una exageración, llamar la atención sobre el hecho de que la rica vida emocional que constatamos en nuestro interior es algo humano, no animal, y fruto de largos y trabajosos procesos civilizadores.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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