Emociones y arte (cuarta parte)

En la entrada anterior propuse una definición de arte que iremos analizando en las próximas charlas. Ahora el objetivo es precisar qué entendemos por emociones.

     Conviene recordar, antes de seguir adelante, que no vamos a adoptar aquí el punto de vista del biólogo. No porque no sea importante entender qué son las emociones en términos biológicos, sino porque lo que nos interesa ahora es la emoción en tanto estado mental consciente. El biólogo se concentra sobre todo en los procesos emocionales anclados en las regiones más antiguas de nuestro sistema nervioso (en el sistema límbico, en el cuerpo amigdalino); en cambio, el estudioso del arte explora la actividad emocional que se da con la participación de la corteza cerebral (cuando somos conscientes de nuestras emociones, cuando las expresamos por medio del lenguaje, cuando buscamos incidir sobre ellas, sea controlándolas, sea potenciándolas, etc.).

     Bertrand Russell decía que las palabras de nuestro vocabulario básico son como los ladrillos de un albañil: con ellas se pueden construir conceptos más complejos, pero ellas mismas no se pueden definir al consistir de un solo elemento. Uno puede desarmar un concepto complejo en sus partes constitutivas (definirlo), del mismo modo que puede desarmar un muro, aislando cada uno de sus ladrillos… pero el ladrillo, como tal, ya no puede ser descompuesto (sin romperlo).

     En cierta medida, a la hora de definir las emociones nos encontramos ante un problema similar. ¿Hace falta definir qué es el miedo o la tristeza o la alegría? En todo caso, si alguien (un niño, por ejemplo) no sabe lo que es miedo, entonces podemos intentar ofrecerle una definición ostensiva, como cuando un extranjero no sabe lo que significa rojo y, para enseñarle el significado, señalamos objetos que tengan ese color. Por ejemplo, al niño podemos indicarle que miedo es eso que ahora está sintiendo mientras reacciona ante una amenaza imprevista.

     Pero no me voy a detener acá, sino que voy a intentar dar algo que se parezca a una definición de las emociones. Para ello, voy a proceder tal como proponía Aristóteles, estableciendo por un lugar el género próximo (genus proximum) de la entidad que nos ocupa y, por otro, la diferencia específica (differentia specifica).

     De este modo, afirmo que las emociones son estados mentales de un tipo particular, esto es, son estados mentales que se diferencian de aquellos cognoscitivos, volitivos, valorativos, como así también de las sensaciones provenientes de nuestros sentidos (colores, olores, etc., incluyendo acá la sensación de placer y de dolor). En otras palabras, el conjunto de nuestros estados mentales es variado, y se compone de cogniciones, voliciones, valoraciones, sensaciones y, lo que ahora nos interesa, emociones. Para decirlo de un modo coloquial: o sabemos algo, o queremos algo, o valoramos algo, o percibimos algo o, finalmente, sentimos algo (sentimos miedo, sentimos tristeza, etc.). Otra cosa no es capaz de hacer nuestra mente.

     Es cierto que rara vez los estados mentales aparecen de modo “puro”. Por lo general, uno implica la aparición de los otros. Así, si quiero algo, si quiero por ejemplo comer una manzana, es porque también sé que en la frutera hay una manzana madura y es posible que comience a experimentar ya, mientras voy a la cocina, el deleite que me proporciona la dulzura y la consistencia de esa fruta. Pero el hecho de que los estados mentales casi siempre vengan juntos, no significa que no podamos distinguirlos, aunque esa tarea sea ardua (es como tratar de separar los pedazos de manzana de los otros trozos de fruta una vez que hemos preparado una macedonia).

     Para hacer las cosas más complejas aún, debemos recordar que bajo el término emociones o estados mentales emocionales incluimos un conjunto de sub-estados mentales que conviene distinguir. Así tenemos, por un lado, los estados de ánimo, por otro, las emociones propiamente dichas y, finalmente, los sentimientos. Estados de ánimo, emociones y sentimientos son tres cosas diferentes, aunque por lo general se los agrupa indiscriminadamente en una misma categoría.

     Lo que distingue a las emociones propiamente dichas de los dos restantes eventos psíquicos son cuatro cualidades: su aparición súbita; su intensidad; la brevedad de su duración; y su foco. El miedo es un buen ejemplo de una emoción: aparece súbitamente como reacción a un determinado estímulo (por ejemplo, un ruido inesperado en medio de una calle oscura); como tal, su intensidad es mediana o alta; dura mientras no se haya resuelto la situación que la ha desencadenado (una vez que abandonamos la calle oscura y llegamos a la avenida iluminada nos relajamos y respiramos hondo, riéndonos de nuestro propio miedo); y, en tanto tal, está enfocada o dirigida a algo concreto (un posible asalto).

     Los estados de animo, por el contrario, no comparten estas cualidades. Uno puede haberse levantado de mal humor sin entender bien por qué (tal vez por una acumulación de factores en sí mismos insignificantes); puede pasar todo el día o incluso varios días en tal estado que, si bien es negativo, por lo general es vago y difuso; finalmente, el mal humor puede desaparecer de un modo tan incomprensible como la manera en que surgió.

     Por último, los sentimientos, más que reacciones súbitas, más o menos pasajeras, intensas y focalizadas, son disposiciones anímicas. Los sentimientos pueden ser de baja, media o alta intensidad, pero por lo general nos acompañan durante años, cuando no durante toda la vida. A diferencia de las emociones, los sentimientos pueden modificarse, por ejemplo, con un propósito moral, como en el caso de la educación sentimental. Si de golpe veo una persona accidentada, puedo tener una emoción intensa y, presa de la misericordia, buscar ayudarla. Pero si en cambio me caracterizo por sentimientos altruistas tales como la misericordia, la piedad, la simpatía, intentaré ayudar a los otros incluso sin estar bajo la influencia de emociones fuertes. (El que trabaja como voluntario en una organización de beneficencia lo hace movido por nobles sentimientos, no por emociones.)

     Tal vez sea de utilidad esta comparación: los sentimientos, como las virtudes, son disposiciones, solo que en el primer caso son disposiciones afectivas, mientras que en el segundo disposiciones operativas. Los sentimientos orientan nuestros afectos; las virtudes, en cambio, regulan nuestras acciones.

     Resumo: los estados mentales emocionales son uno de los cinco estados mentales del ser humano. Aparte de emociones tenemos cogniciones, voliciones, valoraciones y sensaciones. A su vez, las emociones son un conjunto de procesos psíquicos que incluyen los estados de ánimo, los sentimientos y las emociones propiamente dichas. Espero con esto haber despejado, al menos en parte, el campo de estudio: ya contamos con una definición de arte y con una de emociones. Ahora cabe investigar qué tipo de relaciones pueden entablarse entre una y otra esfera.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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