Emociones y arte (tercera parte)

En la entrada pasada anuncié que ahora nos aguarda una tarea ardua: ofrecer una definición de arte y de emociones, antes de explorar las posibles relaciones entre una y otra esfera. Comenzaré con el arte.

     Cuando uno se pregunta “¿qué es el arte?”, choca con el mismo escollo que enfrentan todos aquellos que se interrogan por la esencia de los grandes campos de la actividad humana: “¿qué es la religión?”, “¿qué es la política?”, “¿qué es la ciencia?” Un modo de abordar esta cuestión es la del erudito, esto es, la de aquel que ha dedicado su vida a estudiar en profundidad uno de esos campos y que, teniendo presente las distintas manifestaciones históricas, busca el o los denominadores comunes y concluye: el arte (la religión, la política, la ciencia) es esto. El del erudito es un procedimiento empírico o, si se prefiere, a posteriori. El suyo es el análisis de un vasto material en vistas a hallar el o los aspectos que da unidad a la multiplicidad. Seguramente hay algo en común entre la pintura rupestre y el arte renacentista de un Leonardo da Vinci, y entre ambos y el muralismo de Diego Rivera. Muchas veces es difícil encontrar un único denominador común, que sea “claro y distinto”, como pretendía Descartes. A veces lo que logramos entrever son solo “parecidos de familia”, (Familienähnlichkeiten, como decía Ludwig Wittgenstein). Como sea, este no es el abordaje que emplearé.

     Mi modo de acercarme al problema de qué es el arte puede considerarse kantiano, esto es, inspirado en el giro filosófico que llevó a cabo Immanuel Kant. Según este movimiento, no debemos atender primeramente a las manifestaciones culturales de lo que englobamos como arte, sino a las categorías mentales del sujeto. Estas categorías son constitutivas del entendimiento humano; a manera de anteojos, las categorías nos permiten ver y ordenar el material empírico que de otro modo se nos presentaría como una nebulosa vaga e indefinida. Por lo tanto, la pregunta no es qué objetos produce el sujeto en tanto artista (para, a partir de esas manifestaciones, llegar a posteriori a la esencia del arte), antes bien: cuáles son las categorías mentales del sujeto que a priori, esto es, previo a todo contacto con el material empírico, organizan la experiencia humana.

     Reconozco que en este abordaje hay una dificultad especial, que ya aparece en la comparación de las categorías con los anteojos: ¿cómo podemos ver aquello que nos permite la visión? El lente que nos posibilita la visión permanece, el mismo, invisible. De este modo, las categorías que determinan nuestro entendimiento del mundo también determinan nuestra comprensión de las categorías mismas. La propuesta kantiana es, así, una propuesta meta-filosófica: es una reflexión acerca de la reflexión.

     Paso ahora a exponer mi posición sin más rodeos. El ser humano, gracias a sus categorías del entendimiento, puede relacionarse diversamente con el mundo. Cada categoría o, mejor, cada grupo de categorías le permite establecer un tipo determinado de relación con la naturaleza y los otros seres humanos. Un grupo de categorías son las cognitivas, y gracias a ellas el ser humano puede conocer, puede llegar a formular juicios verdaderos o falsos sobre el mundo. Otro gran grupo de categorías son las éticas, y gracias a ellas el hombre puede actuar moralmente, esto es, puede distinguir entre actos morales correctos e incorrectos, justos e injustos, nobles y viles. Y así podemos continuar la lista de los grandes grupos de categorías hasta llegar al grupo de las estéticas, grupo mediante el cual podemos formular juicios acerca de valor estético de tal o cual objeto: bello o feo, atractivo o repulsivo, interesante o aburrido, etc.

     Permítanme expresar esta idea de otro modo. Los seguidores de Kant repetimos con el maestro que, en realidad, no sabemos cómo es el mundo… es más, no sabemos si es que hay un mundo allí fuera. Lo que sí comprendemos es que nuestra experiencia está constituida por grupos de categorías mentales: eso que viene de fuera –del mundo– es procesado por nuestra mente antes incluso de que podamos ser conscientes de ello. Lo que sucede es una síntesis a priori. En virtud de esos grupos de categorías somos sujetos que conocemos, que actuamos éticamente, que creamos arte, etc. La conclusión aquí es que ni la verdad, ni la corrección moral o la bondad, ni el valor estético o la belleza, son cosas que están fuera en el mundo, sino dentro, en la cabeza del sujeto. No hay entidades verdaderas, ni buenas, ni bellas… nosotros, en tanto sujetos cognoscitivos, éticos, estéticos, constituimos los objetos con tal o cual propiedad. Para poner un ejemplo en lo que aquí nos interesa: un atardecer en las montañas no es, de por sí, ni bello, ni sublime, ni admirable; podemos decir que los celajes de la cordillera de los Andes son bellos, sublimes y admirables gracias al grupo de categorías mentales que nos hacen posible un modo de relacionarnos estéticamente con el mundo. Sin tal “bagaje” mental seríamos ciegos en lo que concierne a la estética. Son las categorías mentales las que nos abren dimensiones del mundo que de otro modo permanecerían cerradas para nosotros. Para decirlo de una manera un tanto burda: si en nuestra mente no estuviese ya cargado el programa “categorías estéticas”, si no dispusiésemos de ese “paquete”, entonces no podríamos apreciar ciertas cosas como bellas, otras como feas, sublimes, rastreras, etc. De tal forma, los diversos grupos de categorías mentales nos ofrecen diferentes modalidades para relacionarnos con el mundo.

     Vuelvo entonces a la pregunta con que empecé: ¿qué es el arte? Arte es el conjunto de objetos o, mejor, de manifestaciones que ha producido el hombre a lo largo de las épocas debido a que tiene la capacidad de relacionarse con el mundo en términos de bello/feo, sublime/rastrero, interesante/aburrido, etc.

     Con esto no quiero dar a entender que las categorías estéticas son universales e inamovibles: lo que para una cultura es bello, puede ser feo para la otra, lo que para una comunidad es sublime, para otra puede ser rastrero, etc. Hay aspectos sociales, históricos y culturales que moldean nuestras categorías estéticas (y de otro tipo, como las éticas). Sin embargo, ese modelaje socio-histórico es posible porque existen previamente modalidades mentales en los sujetos: lo cognoscitivo, lo ético, lo estético, etc.

     Me interesa indicar antes de concluir esta entrada que en eso tan vasto que llamamos arte puede haber decenas de aspectos constitutivos. Sin embargo, esa diversidad no debe distraernos; aquí también los árboles no nos dejan a veces ver el bosque. Que en el arte haya elementos cognoscitivos, que haya aspectos éticos, que tenga una función pedagógica, que despierte emociones, y un largo etcétera, no debe impedirnos reconocer el hecho que he tratado de marcar en estos párrafos: lo esencial del arte es su dimensión estética, y tal dimensión está dada por un grupo de categorías específicas que constituyen nuestra experiencia. Así, sostener por caso que el arte es una manera de procurarse emociones intensas es erróneo. El arte disparará en nosotros ciertas emociones, pero también lo podrá hacer un mitin político, un partido de fútbol o un acto de arrojo. En el arte creamos (si somos artistas) o percibimos (si somos espectadores) en virtud de una modalidad particular de enfrentarnos al mundo, una modalidad irreductible a todos aquellos elementos que puedan también estar presentes (sensaciones, ideas, emociones, etc.).

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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