Emociones y arte (segunda parte)

Antes de continuar desarrollando los puntos tratados en la primera charla, quisiera discutir algunos aspectos complementarios que han surgido en estos días.

     En primer lugar, he dicho que el rostro humano es un medio excepcional para la expresión de las emociones. No solo contamos con más de cuarenta músculos faciales para exteriorizar nuestros variados estados anímicos, sino que casi toda la superficie de nuestra cara está libre de pelos. A diferencia de los perros, los gatos y los chimpancés, el rostro humano es lampiño. La pérdida de pelos faciales puede entenderse como una adaptación en el proceso de co-evolución biológica y cultural de la humanidad. Ahora bien, ¿por qué entonces los hombres, a diferencia de las mujeres, tienen barba? ¿qué significa, en términos de la explicación evolucionista que he ofrecido, el hecho de que al ser humano varón, a partir de una cierta edad, le crezca la barba? ¿Puede interpretarse eso como una menor necesidad entre los varones de expresar sus emociones o de transparentarlas? Además, el hecho de que la gran mayoría de la población adulta masculina emplee un par de minutos todas las mañanas para afeitarse, ¿no es indicio de la necesidad o del deseo contemporáneo de “ganar más terreno” (despejar toda la cara) para poder hacer más visibles sus emociones? Claro que el afeitarse o el dejarse la barba pueden ser símbolos de otras cosas. Por ejemplo, en algunas religiones los monjes y los sacerdotes se afeitan frecuentemente para distinguirse de los legos y de los representantes de otras religiones (pensemos en los monjes budistas que se rasuran incluso la cabeza o en los sacerdotes católicos que al afeitarse diariamente se distinguen de sus pares ortodoxos, quienes, justamente para distinguirse del resto de la población, no se cortan nunca el pelo ni la barba). Otro ejemplo es el uso político que puede tener el dejarse o no la barba. En las décadas pasadas, dejarse la barba podía ser interpretado como un signo de protesta contra el sistema (capitalista) y de adhesión a la doctrina marxista. Sin embargo, es llamativo el hecho de que cientos de millones de hombres pasen todos los días de su adultez un par de minutos frente a un espejo para afeitarse y, sin proponérselo, dejen así el rostro totalmente libre para una expresión más efectiva de las emociones.

     En este sentido, imagino que podemos hablar de un proceso de feminización del hombre: la mujer, considerada tradicionalmente “el ser emotivo”, está libre de pelos en la cara, con la sola excepción de las cejas y las pestañas; el hombre, al permitirse un mayor espacio para la expresión de sus emociones, se aproxima a la mujer, se feminiza y “emocionaliza”. (Por cierto, este proceso histórico viene de la mano de otro, el de la masculinización de la mujer. En este momento no puedo discutir estos aspectos, quedarán para otra ocasión.)

     El otro punto que ha surgido es el siguiente: antes de investigar las (complejas) relaciones entre las emociones y el arte, urge aclarar qué son las emociones y qué es el arte. Hasta que no contemos con una definición de ambos términos no podremos avanzar en nuestra investigación. El supuesto aquí es que ambas esferas no siempre coinciden. De hecho, las emociones son parte de otros ámbitos humanos no artísticos; igualmente, el arte no solo consiste en la expresión de emociones, ya que hay otros aspectos no emocionales que son asimismo constitutivos del arte.

     Antes de meterme en el delicado asunto de las definiciones, quisiera notar algo. Tradicionalmente hemos considerado la obra de arte como un producto terminado, cerrado, acabado, fruto de un esfuerzo considerable por parte del artista. Tomemos como ejemplo La última cena, de Leonardo da Vinci. Nosotros hoy tenemos la tarea de conservar lo mejor posible esa obra renacentista, impidiendo que se deteriore. La conservación y, eventualmente, la restauración de la obra tienen el propósito de mantener la pieza tal cual era, impidiendo que el paso del tiempo la modifique (la perjudique). A nadie se le ocurriría alterar la obra, cambiarla, a fin de “mejorarla” o “ponerla al día”. Tan grande es nuestra creencia en la obra como algo cerrado, completo y terminado que la guardamos en lugares especiales (en nuestros costosos museos), protegidas por guardias y sistemas de alarma.

     Pero esta concepción de la obra de arte como algo cerrado, acabado, imperecedero no es la única posible. El arte primitivo y parte del arte contemporáneo privilegian la obra abierta, inacabada, que puede ser continuada y que, tarde o temprano, ha de perecer.

     Si se me permite, quisiera resaltar aún más el contraste, para que no se confunda esta idea con la teoría de la “opera aperta” de Umberto Eco. La última cena no solamente es una obra cerrada y acabada, sino –para nuestra mentalidad– única. La unicidad es una característica que tradicionalmente atribuimos a la producción artística. Jamás diríamos que podemos cambiar (reemplazar) el cuadro de Da Vinci por otra Última cena. Cada una de ellas es única y, en este sentido puntual, irreemplazable. No nos cuesta imaginarnos a un pintor como Da Vinci pasando horas y horas de meditación antes de lanzarse a la tarea, pintar la escena de La última cena. En nuestra imaginación lo vemos además trabajar durante años en el cuadro, primero haciendo un boceto en el lienzo, luego coloreándolo y, finalmente, dándole minuciosamente las pinceladas finales, corrigiendo detalles, retocando algunas partes, etc., y así hasta que un día declara satisfecho: “¡Ya está!”

     No es difícil entender que en la concepción de la obra de arte como algo cerrado, acabado, inmejorable y único no hay lugar para la espontaneidad y la improvisación. El artista piensa detenidamente antes de tomar la paleta y el pincel, luego trabaja con ahínco y parsimonia durante años, controlando en lo posible todos los aspectos, incluso los más insignificantes, hasta que llega el momento en que está lista, esto es, hasta que llega el momento en que piensa que toda nueva acción ya deja de realizar y de concretizar la idea inicial, antes bien empieza a desvirtuarla.

     Los escritores nos lamentamos constantemente porque retocar un escrito, mejorarlo, darle las últimas pinceladas, es un proceso más largo, más trabajoso y más angustiante que el de “escribir de buenas a primeras el borrador”. Para decirlo de un modo tal vez caricaturesco: “Escribir es fácil, lo difícil es rescribir” (esto es, “pulir” el escrito inicial, que puede ser un simple “mamarracho”).

     Esto lo aclaro para que resaltar el contraste entre nuestra manera de ver la obra de arte y aquella otra manera, la primitiva/contemporánea. Por ejemplo, unos conocidos ofrecieron días pasados un concierto en la inauguración de una muestra de arte contemporáneo. El concierto duró unos minutos nomás y los músicos eran dos, un guitarrista y un percusionista. Es cierto que ellos se conocían y ya habían tocado juntos, pero lo que tocaron ese día fue algo improvisado, algo irrepetible porque dependía del humor del momento, de cómo se sentían, de lo que se les ocurrió ya en el espacio que hacía las veces de escenario, etc. Nunca antes habían tocado “eso”, ni nunca más podrán tocarlo, porque improvisaron desde la primera hasta la última nota. Claro que los empleados del centro cultural los grabaron, de modo que esa pieza ha quedado “fijada” para siempre. Si no hubiese sido por la grabación, la obra se habría perdido; y gracias a la grabación, la obra ha quedado abierta, inacabada, disponible a ser complementada o continuada.

     En mi opinión, gran parte del arte primitivo consistía en improvisaciones. Hemos perdido toda la música, el teatro y la poesía de las culturas prehistóricas, pero eso no era un problema para el hombre antiguo. El arte para él era “lo que surgía en el momento y para el momento”. A él le hubiese parecido raro que alguien quisiera “fosilizar” la creación, conservarla para siempre, eternizarla, grabándola. Incluso los vestigios de pintura que conservamos, las pinturas rupestres, eran muchas veces productos del momento, improvisaciones que accidentalmente se conservaron hasta nuestros días. Si –ya en el ámbito de la ciencia ficción– pudiésemos resucitar a ese artista rupestre para mostrarle con orgullo lo que trabajosamente conservamos (sus “pinturas”), probablemente no entendería lo hacemos. Reitero: lo suyo era fruto del momento, algo que debía surgir y consumirse/consumarse en el momento mismo.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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