Dolor físico, sufrimiento moral y cría de animales

Anoche veía un documental sobre la cría y el engorde de cerdos en Alemania (mejor sería decir a secas: sobre la producción de carne porcina en ese país). Alemania, en parte gracias a las leyes de flexibilización de todo tipo introducidas por el gobierno de centro-derecha, se ha convertido en los últimos años en el primer productor europeo de carne de cerdo. Nunca antes se había producido tanta carne de cerdo en suelo alemán, carne que cubre ampliamente el consumo interno y que, además, se exporta en grandes cantidades a los restantes países europeos; y nunca antes la carne de cerdo había estado tan barata como ahora. Paralelamente, la gente (y aquí no solo entran los europeos) consume cada año más carne, sobre todo de cerdo y de pollo. Para hacerse una idea más precisa: anualmente se faenan en Alemania 60.000.000 de cerdos (en Francia “solo” 30.000.000).

     Este nuevo “milagro alemán”, este “éxito rotundo” –como podría celebrarlo más prosaicamente la industria alimentaria teutona– tiene por cierto importantes consecuencias negativas. El documental, de hecho, era sumamente crítico al respecto. Esas consecuencias no solo afectan al medio ambiente (por las incontables toneladas de estiércol líquido que se usan para “fertilizar” los campos, contaminando las napas con nitrato) y a la salud pública (por el uso indiscriminado de medicamentos para tratar a los cerdos, uso que a la larga genera bacterias resistentes a incluso los antibióticos más potentes), sino que incide directamente en la calidad de vida de los cerdos. De los 60 millones de cerdos faenados año a año, el 90 por ciento provienen de engordaderos, esto es, de establecimientos montados exclusivamente para la producción masiva y eficiente de carne de cerdo –no de granjas en las que el animal podría llevar una vida, si no “idílica”, sí al menos artgerecht, es decir, conforme a los parámetros que le establece la pertenencia a su especie. El documental mostraba detalladamente (era un programa de una hora y media) el nivel de racionalización a que ha llegado la industria: todo está exactamente preparado y dispuesto para que el cerdo recién nacido aumente velozmente de peso, manteniendo siempre los costos lo más bajo posible. El cerdo no es visto como un animal, o sea, como un ser viviente dotado de algunas emociones y capacidades cognitivas, además de poseer un número determinado de necesidades psico- y sociobiológicas, sino lisa y llanamente como una suerte de “máquina orgánica que genera carne”.

     Mientras veía el documental, la primera reflexión que me hacía (más allá de repetirme: “es inhumano esto que hacemos con los chanchos con tal de tener todos los días nuestra deliciosa costeleta, milanesa o feta de jamón) era que lo mejor que puede pasarnos es que los biólogos encuentren la manera de reproducir tejido animal a escala industrial. Si al consumidos lo único que le interesa es tener carne (mucha y barata) sin importarle de dónde proviene, da igual que sea el resultado del crecimiento de tejidos musculares y adiposos generado en cantidades industriales en laboratorios-empresa. ¡Al menos así no condenamos a millones y millones de animales cada año a una existencia denigrante desde cualquier punto de vista, tan solo por su carne! Pero hasta que este procedimiento, hoy factible en laboratorios de investigación, llegue a las industrias alimentarias va a pasar mucho tiempo.

     El segundo aspecto sobre el que reflexionaba va aparentemente en la dirección opuesta, aunque en realidad apunta a un problema distinto. De hecho, si uno fuera a reprocharle a alguno de los propietarios de estas compañías por cómo sufren los animales, sería probable que respondiera más o menos así: “No, señor, el animal no sufre. Nosotros hacemos lo posible por que el cerdo siempre tenga agua y comida, no pase frío ni calor, no padezca enfermedades ni sufra al ser faenado.” Y en parte es cierta esta respuesta, porque el animal vive allí sin ninguno de los “inconvenientes” que tendría si habitara libremente en un bosque (períodos de escasez de agua y alimento, nieves en invierno y calores tórridos en verano, etc.). Debido a que al empresario le conviene que el animal engorde rápido, lo mantiene en un ambiente artificial y controlado en el que no hay privaciones ni amenazas.

     ¡Qué curiosa, me decía entonces, es nuestra cultura, que tolera que un cerdo lleve una vida corta y degradante pero que, al mismo tiempo, no acepta que el animal tenga dolor físico! Porque, irónicamente, el animal es faenado de la manera más aséptica e indolora posible. Nuestra sociedad es insensible al sufrimiento existencial pero hipersensible al dolor físico. En otras palabras, encerrar a un animal en un metro cuadrado y hartarlo para que aumente un quilo por día durante un año se nos antoja “aceptable”, mientras después no lo descuarticemos vivo. Lo contrario nos parecería “inmoral”.

     Me acuerdo de una discusión que presencié una vez en Berlín entre una funcionaria pública y un joven musulmán. La funcionaria insistía en que todo animal tiene el derecho de no sufrir antes de la faena, así que era necesario, decía, anestesiarlo mientras se lo mete en el matadero y, en consecuencia, prohibir prácticas que no respeten ese principio, como la matanza ritual de corderos llevada a cabo por algunas comunidades musulmanas, entre otras. Pero el joven aseguraba que en el rito de degollar al animal se procede rápidamente y con pericia, de manera que el sufrimiento no pasa de unos instantes. (La idea que para mí flotaba en el aire era: si al fin y al cabo nos interesa un comino la vida del animal, por qué luego nos hacemos tanto problema por un minuto final de pánico y dolor.)

     Yo veía ahí la contraposición de dos mundos, del mundo desarrollado alemán, en el cual evitar el sufrimiento físico es lo más importante, incluso si ello erosiona la calidad global o la intensidad de la existencia (de hombres o animales) contra el mundo tradicional musulmán –en este caso, turco–, el el cual el sufrimiento físico es considerado algo intrínseco a toda existencia, existencia que trascurre sin embargo de un modo más “natural”. (El cordero turco sufre terriblemente mientras el cuchillo ritual saja el cuello, tras haber vivido libremente en las colinas de Anatolia, mientras que el cerdo alemán muere dopado y “no siente nada”, luego de haber vivido un año en una superficie de un metro cuadrado, pisando suelo de cemento y viendo con luz artificial.)

     ¡No se me malentienda! No abogo por una vuelta al mundo tradicional. Por el contrario: pienso que lo mejor que podemos hacer es dejar de comer tanta carne y asegurarnos de que la poca que consumamos provenga de granjas en las que los animales se críen del modo más “natural” posible y sean faenados de forma indolora.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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