Nota sobre los cuentos infantiles

Anoche no tenía nada nuevo que leerles a mis hijas. Bah, en realidad, sí; tenía un libro que había sacado del Cervantes, una antología del cuento infantil colombiano, pero esos relatos no son para sus edades. Me cuesta dar con un libro bueno y bien escrito de relatos para niños de entre cuatro y seis años. Es cierto que mis hijas no tienen el mismo nivel de español que tendrán niños de esa edad criados en España o Argentina por padres hispanoparlantes. Eso lo reconozco, pero no creo que sea el problema principal. Enumero, entonces, un par de críticas que le hago a la literatura infantil.

     En primer lugar, y ya que mencioné el tema de la “competencia lingüística”, veo un gran déficit en el modo como están redactados los cuentos. A veces los autores escriben usando un vocabulario y una sintaxis que no son infantiles sino, en el mejor de los casos, juveniles. Claro que los niños tienen que aprender con la lectura, pero: que haya solo una o dos nuevas palabras por párrafo, que las oraciones complejas vengan precedidas por muchas oraciones simples, etc. Si el niño a cada frase interrumpe la lectura para preguntar: ¿Qué es eso?, ¿Qué significa aquello otro?, entonces ni aprenden ni disfrutan.

     Además, un tema que me saca de las casillas: ¡por qué diablos escribir “Y esa mañana Pedrito agració a Luisita con un presente”! ¿Por qué no poner simplemente: “Y esa mañana Pedrito le dio un regalo a Luisita, cosa que la puso muy contenta”? Usar “presente” por “regalo” es un arcaísmo que dificulta la lectura sin agregarle nada al niño; además, “agraciar” es un verbo que solo un joven empieza a entender sin problemas.

     En segundo lugar, está la cuestión de la longitud del relato. Ningún chico se duerme ni queda satisfecho con un cuentito de media página. Por otro lado, está el problema inverso: hay cuentos demasiado largos que un chico de seis años no puede seguir. Acepto el que haya cuentos más largos y más cortos, pero una narración para niños debería tener un par de páginas (5 o 6, dependiendo del formato, tamaño de letra, etc.).

     En tercer lugar, aparece el tema de los personajes y las situaciones. Una vez las chicas me dijeron que baste, que ya no querían más historias de monstruos y gigantes. ¿Por qué insistir con brujas, ogros y castillos? Claro que el mundo de los niños es un mundo fantástico y no hay cosa que les resulte más natural y entretenida que un perro hablando, una mariposa trazando un plan y una silla volando por sus propios medios. Confieso algo que me costó creer: uno de los libros que más les gustó a mis hijas el semestre pasado no fue de una escritora sino de una psicóloga. Todos los personajes eran animales antropomorfizados, pero las historias se desenvolvían en un bosque “común y corriente”, sin palacios ni princesas ni cíclopes, y los conflictos que aparecían eran de naturaleza moral: un insecto volador, por ejemplo, por curioso desobedeció a sus padres y se fue a una parte del bosque que no conocía, por lo cual luego no sabía cómo volver a casa ni cómo reaccionarían los padres a su desobediencia. De algún modo, esas historias tocaban una fibra muy íntima de las chicas, tal vez planteaban algún conflicto que ellas mismas estaban experimentando, y por eso les gustó el libro.

     Una última observación: leerle una historia a un niño es algo sumamente encomiable, pero mucho mejor es contársela. Las famosas “historias de la abuela” no eran tan notorias por lo que se contaba, sino porque eran dichas, improvisadas, recreadas cada noche. ¡Eso era palabra viva, vocabulario y sintaxis adecuados a la edad del “público”, longitud cónsona con la capacidad de atención de los pequeños oyentes, además del agregado natural de énfasis y gesticulación! Es una pena el que hayamos ampliado nuestras bibliotecas con libros infantiles pero nos hayamos quedado sin un repertorio de historias en nuestra cabeza.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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