Colorado legaliza el suicidio asistido

No todas las noticias que últimamente nos llegan de los Estados Unidos son nefastas. Hay algunas buenas, como la del resultado del último referendo en Colorado. Allí la gente votó mayoritariamente por la legalización del suicidio médicamente asistido para el caso de los pacientes terminales que así lo deseen. Con ello, Colorado se suma al puñado de estados norteamericanos que permiten esta práctica: Oregón, Montana, Washington, Vermont y California. (Para ser precisos, en Montana el suicidio asistido no ha sido legalizado sino solo despenalizado por una resolución del poder judicial.) La buena noticia es que ahora los habitantes de Colorado poseen un derecho más, el derecho a poner fin a sus vidas del modo y en el momento que ellos consideren adecuado, recurriendo a la ayuda del médico. Porque prohibir tal práctica, prohibir que un paciente terminal pueda acabar con su sufrimiento gracias a la ayuda profesional, es algo que carece de fundamento. ¿Por qué dejar que la tradición y los prejuicios atávicos decidan qué acto es lícito y que acto no lo es? Ningún Estado moderno puede prohibir que un ciudadano ejerza una libertad, cuando ese acto (a) no daña a terceros y (b) no representa un acto injustificable de autodestrucción.

En la campaña previa al referendo se volvió a discutir largo y tendido sobre la validez de los argumentos en contra de la legalización del suicidio asistido. En una apretada síntesis diré por qué considero que esos argumentos no son convincentes.

El argumento de la sacralidad de la vida no puede aplicarse en una sociedad pluralista. Si alguien cree que la vida humana es un don divino y que, por tanto, es intocable, pues muy bien. Pero esa es su creencia y él no puede pretender que ese parecer se vuelva la base de la legislación moderna. Hay personas que no creen en el carácter sacro de la existencia. Además, yo creo que alguien bien puede suponer que su vida es sagrada y que, no obstante, estamos facultados a intervenir en su curso (final). De hecho, últimamente han surgido voces en las distintas religiones que señalan la compatibilidad de ambos puntos de vista: la vida es sagrada, nos dicen, pero, dado el caso, podemos recurrir a la muerte voluntaria para poner fin a una situación desmedidamente penosa, absurda. En tal caso, el Creador no podrá sino felicitar a quien, con coraje y tino, ha limitado su agonía.

El argumento de la misión de la medicina es también infundado. Yo no dudo de que la medicina, más allá de ser una profesión como cualquier otra, sea asimismo una vocación. Pero el deber del médico no puede ser el de prolongar a la fuerza la existencia biológica de un ser humano racional que decide que ya no tiene sentido seguir viviendo. Es cierto que el médico no debe dañar, pero ¿no daña más un médico si impide que muera un paciente en agonía, si ello es lo que el moribundo desea? Por otro lado, el médico debe hacer el bien, pero en una sociedad pluralista bien no es un concepto con una definición unívoca, válida para todos. Hacer el bien es promover el bienestar del paciente y es el paciente quien, en última instancia, define qué constituye ese “bienestar” para él.

El argumento de la medicina paliativa no es sólido. Existen ya numerosos estudios que prueban que, incluso quienes disponen de un excelente servicio de cuidados paliativos, optan en algunos casos por la muerte voluntaria. No es casual que las sociedades con un buen servicio paliativo sean justamente algunas de las sociedades que permiten (o toleran) la eutanasia voluntaria: Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Suecia, Canadá. Yo estoy a favor del desarrollo de la medicina paliativa y creo que es invalorable el esfuerzo de millares de médicos, enfermeros, terapeutas, etc., dedicados a paliar el dolor de los moribundos. Pero una cosa no quita la otra. Medicina paliativa de calidad y para todos, sí; legalización de la asistencia a la muerte voluntaria, también.

El argumento de la pendiente resbaladiza es, para mí, solo fruto del temor al cambio. En ninguna de las sociedades que se ha despenalizado o, incluso, legalizado el suicidio asistido y la eutanasia han aparecido los deslices que tanto vaticinaban los críticos. Oregón, que hace veinte años legalizó la ayuda al suicidio, no se ha desbarrancado ni allí los médicos han terminado practicando actos bárbaros de eugenesia. Y lo curioso es que quieres pregonan la caída en el precipicio moral tras la legalización de la eutanasia olvidan que en muchos países que condenan la práctica eutanásica esta se lleva a cabo en la clandestinidad y de un modo éticamente indefensible. Es hipócrita defenestrar a tal o cual país por haber introducido el derecho a la muerte voluntaria cuando en la propia sociedad el médico o los parientes de los enfermos muchas veces deciden cómo terminar la vida del moribundo sin consultarle.

Muchos se oponen a la legalización del suicidio asistido por creer que tal oposición es una manera efectiva de proteger al sector más vulnerable de los pacientes terminales. De hecho, suponen que, una vez legalizada la práctica, se manipulará y presionará a los enfermos más débiles para que opten por poner fin a sus vidas, dejando de ser una carga para todos. Pero la realidad desmiente una y otra vez esta opinión. Quienes mayoritariamente recurren al suicidio asistido son personas de clase media y alta, con buena formación escolar; son, en general, personas que han sido a lo largo de sus vidas activas, asertivas y autónomas. El perfil de quien recurre a la asistencia para morir no es el típico viejecito humilde e indefenso, sino el de quien a lo largo de su vida ha contado con recursos económicos y culturales, ha tenido cargos medios y altos en empresas, universidades, etc.

Quiero pensar que el referendo de Colorado es un pequeño rayo de luz en un momento tan oscuro de la política nacional estadounidense.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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