Las faltas morales

Un tema fascinante del estudio de las religiones es explicar cómo el cristianismo ha tenido tanto éxito. Por “éxito” me refiero al hecho de que haya podido difundirse en tantas regiones y culturas a lo largo de dos milenios. Sin duda, la misma pregunta se aplica a las demás religiones mundiales, como el budismo o el islamismo. También es cierto que, ni en el caso del cristianismo, ni en el del islamismo o budismo, la “adopción” de la nueva religión, esto es, la conversión, fue siempre voluntaria. Muchas veces se trató, lisa y llanamente, de conversiones forzadas, de imposición por la fuerza de la nueva fe.

Sin embargo, no creo que sea correcto suponer que la difusión de una nueva religión se deba sólo a una imposición violenta, y ni siquiera al embaucamiento. El desafío del teórico de las religiones está, justamente, en hallar la “clave” o el “secreto” del éxito de la nueva religión. Hay algo original que ofrece toda nueva religión y que satisface una necesidad psicológica o un deseo espiritual hasta entonces no satisfecho o no enteramente satisfecho por la religión precedente. Ludwig Feuerbach en su libro Das Wesen des Christentums (La esencia del cristianismo) ofrece un tratamiento de los principales “secretos del éxito” del cristianismo. Quisiera agregar aquí uno más.

En la filosofía griega se desarrolló la imagen del hombre como la de un ser eminentemente racional y autónomo. Mediante el uso de la razón y el ejercicio de la virtud, el hombre podía volverse un ser autárquico, lograr la plenitud y vivir en armonía con su “esencia”, con lo que le era inherente o constitutivo como hombre. La felicidad era la coronación de una vida virtuosa y racional. En otras palabras, el ser humano era capaz, gracias a su intelecto y a su voluntad, de dominar sus pasiones, de superar sus obsesiones y sus temores, y de librarse de los errores y las ideas falsas de todo tipo. Estaba al alcance de cualquier hombre, se suponía, el poder llegar a ser sabio, abandonar la mediocridad y la vileza.

Obviamente, en la filosofía griega y romana se discutió mucho el papel que desempeñaban todos aquellos factores externos que no dependían de la voluntad del sujeto sino de la (buena) fortuna. Pero incluso para aquellos pensadores que resaltaron el rol de, por ejemplo, la riqueza o la salud, lo decisivo estaba en el querer vivir racionalmente. Allí residía, en última instancia, la “clave” de la buena vida.

No obstante, no es difícil ver por qué este modelo estaba condenado, al menos, a tambalear. Todos hemos experimentado, alguna vez, el hecho de que la razón no puede dominar los aspectos irracionales de nuestra psique o de que nuestra voluntad flaquea, a pesar de los buenos propósitos y de la decisión firme. Otras veces, simplemente no nos sentimos felices, a pesar de haber dado lo mejor de nosotros, y entonces la pesadumbre o la amargura nos inundan. ¿Qué hacer, entonces, en tales casos, esto es, cuando falla lo que era considerado infalible? ¿Cómo dar cuenta, en un modelo totalmente racional, del desliz, de la falla, del error, de la desazón? El racionalismo no tiene respuesta. O insiste en que si se cometió una falta o un error es porque, en el fondo, la voluntad no fue lo suficientemente fuerte o el intelecto lo suficientemente claro, o debe aceptar que la imagen del hombre como ser racional queda hecha trizas.

Frente a ello, el cristianismo ofrece una imagen totalmente distinta del ser humano. Para la religión cristiana, el hombre es esencialmente pecador, débil, falible. Desde el mismo momento en que somos concebidos somos pecadores a causa del pecado original. Existe, sí, la posibilidad de salvación y de redención, pero en este mundo nadie, ni siquiera el más santo, está libre de la tentación y de la caída o recaída. El punto está en que el hecho de “caer”, esto es, de pecar, de no estar a la altura de la propia imagen y de los ideales, no es algo abominable en sí mismo; lo esencial, según el cristianismo, es el arrepentimiento, la confesión, la enmienda. Dios sabe que el hombre es corruptible y débil. La bajeza y la debilidad parte de la conditio humana. De manera que no debemos escandalizarnos o descorazonarnos ante la falta y la caída, nos dice el cristiano. Lo que para el sabio griego era inconcebible (que el sabio cometa una falta), para el cristiano se vuelve algo casi “natural”. “Pecar es humano, arrepentirse es divino”. En otras palabras, es malo pecar, pero es comprensible; es más, es inevitable, según la concepción cristiana. La verdadera grandeza del hombre no está en no equivocarse jamás, sino en el arrepentirse de su pecado. La mayor vileza del ser humano no está en su pecado, sino en su reticencia a arrepentirse, en la soberbia de no querer pedir perdón y hacer el propósito de enmienda. Dios prefiere al pecador arrepentido, al hijo pródigo que vuelve a casa, antes que al hijo que siempre le fue fiel y que nunca pecó y que por eso mismo se ha vuelto soberbio e intolerante.

En síntesis, cuando el modelo racionalista de la filosofía clásica fracasa, el hombre experimenta el vacío o la nada, para usar un término caro al existencialismo. Gran parte de la filosofía y de la literatura del siglo XX consistió, justamente, en reflexionar sobre cómo se puede seguir viviendo una vez que hemos perdido el encanto que nos causaba el racionalismo. ¿Cómo sobrellevar la existencia cuando se es lo suficientemente lúcido para entender que nuestra razón es limitada, que nuestra voluntad flaquea, y que todo el mundo exterior e interior nos puede jugar en contra? El cristianismo, desde sus comienzos, propuso otra imagen del hombre. El hombre no es esencialmente perfecto, ni nunca podrá llegar a serlo. Creer que uno pueda llegar a la perfección por el solo uso de la razón y la sola fuerza de la voluntad es el mayor acto de soberbia. Nadie debe desanimarse si peca, si cae en las redes de la pasión o del error, basta sólo una actitud, la del arrepentimiento sincero.

Para el cristiano, las manchas son inevitables y se borran con la goma del arrepentimiento; para el racionalista, las manchas en la vida del sabio son inexplicables; esas manchas son, además, imborrables y afearán por siempre el curso de su existencia.

 

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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