Sobre el argumento de la potencialidad

En bioética es frecuente que las posiciones conservadoras –en especial, cristianas– recurran al argumento de la potencialidad para condenar el aborto. Allí se sostiene que el feto de hecho no es una persona, ya que aún no habla, no razona, no se ha fijado objetivos ni planes de vida, etc., pero que sí posee la potencialidad de ser o volverse persona.

Vayamos por parte. ¿Cuál es en términos morales la diferencia entre ser persona y tener la potencialidad de ser persona? Partamos de esta base: si un individuo es persona, en principio debemos reconocerle todo el conjunto de derechos que se nos reconoce a nosotros. ¿Debemos también asignar la entera lista de derechos a aquellos seres que, bajo determinadas circunstancias, “podrían llegar a ser personas”?

En mi opinión, el argumento de la potencialidad no puede justificar la prohibición del aborto, especialmente si el aborto se practica en los primeros meses del embarazo, esto es, cuando tenemos solo un embrión –y no un feto ya desarrollado–.

Me parece que en el detabe bioético no hay un punto intermedio: o se acepta el argumento de la potencialidad y se rechaza el aborto (como así también la experimentación con embriones, etc.), o, por el contrario, se está a favor del aborto y se descarta cualquier mención a la potencialidad del embrión o del feto. Las dos posiciones me parecen extremas. ¿No es acaso posible defender una posición más matizada y conferirle cierto peso al argumento de la potencialidad, pero sin por ello pensar que se trata de una “razón concluyente” para considerar ilícito el aborto?

Por ejemplo, se podría pensar que un embrión en el útero tiene la potencialidad de volverse persona y que ello, de por sí, le confiere un cierto estatus moral –de hecho, nadie diría que un embrión es equiparable a un pedazo de tejido–. De todos modos, una cosa es ser persona y otra muy distinta es tener simplemente la potencialidad de volverse persona. El derecho a la vida en el caso de una persona debe respetarse absolutamente; en cambio, aquel ser que sólo tiene la potencialidad de volverse una persona no puede gozar del derecho a la vida.

Tal vez, parte del problema resida en que tendemos a hablar en términos de “potencialidad” y de “actualidad” como si fuesen pares antitéticos al estilo de “blanco o negro”. Es mejor pensar la potencialidad en grados. La potencialidad de un embrión en su primera semana no es la misma que la que predicamos de un feto de seis meses. Igualmente, un niño recién nacido no es aún plenamente persona, pero está ya en camino a serlo y por eso lo respetamos como “uno de nosotros”.

Piénsese en esta comparación: uno podría decir de la mayoría de los niños que tienen la potencialidad de volverse grandes pintores. Pero ello no justificaría el que se nos imponga el deber de ayudar con nuestro tiempo y dinero a todos esos niños para que se vuelvan grandes pintores. Consideramos sólo adecuado invertir dinero y esfuerzos en el desarrollo artístico de un niño cuando vemos a las claras que tiene talento para la pintura, esto es, cuando no se trata ya de una “mera potencialidad”.

(¿Tendría sentido prohibir que se corten o se destruyan los bloques de mármol argumentando que dentro de cada uno de estos bloques se esconden “en potencia” obras de arte como La Piedad – basta que solo venga el escultor para sacar los pedazos de mármol que sobran?)

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher and freelance writer based in Athens, Greece.
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4 respuestas a Sobre el argumento de la potencialidad

  1. Marcelo dijo:

    Son casos distintos, el bloque de mármol no esta en proceso de volverse una obra de arte salvo que alguien comience a trabajar en él, solo cuando ello ocurre se puede decir que esta en camino de ser una obra de arte (y si alguien lo destruye podemos decir que destruyo una obra en proceso)

    El niño tampoco esta en proceso de volverse un gran pintor salvo que alguien comience a enseñarle o el mismo comience a pintar, antes de que haga eso no se puede decir que esta en proceso de convertirse en pintor (si alguien le quita sus pinturas y le prohíbe pintar si se puede decir que se coarto el desarrollo de su habilidad)

    El embrión no solo tiene la potencialidad sino que ademas esta en proceso de convertirse en un ser humano, el proceso YA COMENZÓ y casi con seguridad va a culminar con el nacimiento de una persona.

    En tus ejemplos solo existe la potencialidad y nada mas, en cambio en el embrión no solo existe la potencialidad sino ademas un proceso que ya se esta desarrollando.

  2. Marcelo, muchas gracias por tomarte unos minutos y escribir un comentario.
    Mira, estoy de acuerdo con tu distinción. Podríamos decir que, en el caso del bloque de mármol, este tiene la “potencialidad” de volverse una estatua si confluyen ciertas condiciones propicias además de un agente (el escultor). Las dos cosas son necesarias. En cambio, en el caso de una semilla o de un embrión, bastan solo las condiciones propicias para llegar a ser una planta o un bebé. Es decir, en la reproducción de los seres biológicos, el mismo ser en potencia se auto-crea (basta que existan las condiciones adecuadas, insisto). Acá se podría hablar de “autopoiesis”, autogeneración.
    De todos modos, esto no modifica la posición a la que arribo: tú y yo somos personas y por ello gozamos de los derechos básicos (en particular, del derecho a la vida); en cambio, el embrión no es persona, solo en potencia podrá serlo (gracias a que se produce a sí mismo cuando se dan las condiciones adecuadas). De allí que no puedan atribuírseles los mismos derechos.
    En la última parte de mi entrada intentaba razonar de este modo, fíjate: el mundo está lleno de cosas y de seres con potencialidades; millones piedras que tienen la potencialidad de volverse estatuas; millones de niños que tienen la potencialidad de volverse pintores; millones de embiones que tienen la potencialidad de volverse bebés, etc., etc. Ahora bien, ese hecho, el que el mundo esté lleno de entes con potencialidades, no nos obliga de por sí a procurar su “actualización”, no nos obliga a que hagamos lo posible por desarrollar esas posibilidades (si no, nos sobrecargaríamos de obligaciones).
    Una última cosa: yo trato de terciar entre dos posiciones extremas. Uno dicen: si es en potencia, tiene todos los derechos; otros replican: solo los que son de hecho tienen todos los derechos, los que son solo en potencia, nada. Yo creo que si algo es en potencia, eso no tiene derechos pero nos impone la obligación de la consideración moral. Por eso decía que un embrión no es una persona, pero tamboco un mero “pedazo de tejido”, y de allí que le debamos cierta consideración.

  3. Marta dijo:

    He leído ambos comentarios y me pregunto como mamá de un niño que estuvo como embrión congelado durante 2 años en el estado de 8 células y hoy es un niño bello!!!!! y nosotros una familia feliz!…. por qué atribuirnos el derecho a decidir la vida que surge en el mismo momento de la concepción y que una FUERZA o ENERGÍA o como quieras llamarla le da la oportunidad de VIVIR!! …..como mamá y docente de Biología pienso y no comparto para nada tu reflexión de la POTENCIALIDAD!!…..

    • Estimada Marta:

      ¡Gracias por compartir tu experiencia personal! Por lo pronto, no puedo sino celebrar como una excelente noticia lo que cuentas.

      Sin embargo, lo que me parece importante agregar a tu comentario es que la tarea de la ética –en este caso, de la bioética– es buscar criterios y principios para guiar nuestras decisiones, criterios y principios que deben ser en lo posible el resultado del análisis racional. Nuestros criterios y principios ético-filosóficos podrán ser imperfectos, podremos remplazarlos con el tiempo por otros nuevos, etc., pero eso es mejor que dejar las cosas al azar, al capricho de alguna autoridad o al dictamen de la tradición.

      Ahora bien, yendo concretamente al tema del estatus moral de los embriones, como ves, mi posición trata de mediar entre dos extremos, el de considerarlos ya persona y el de verlos como simple material biológico. Ni una, ni otra. El argumento de la potencialidad es lo suficientemente fuerte como para llevarnos a tratar con respeto esa entidad que comienza a formarse, pero no es lo suficientemente convincente como para asignarle la cualidad de persona, la “personalidad” (en el sentido filosófico, no psicológico del término) al embrión.

      Fíjate, asimismo, que hoy en día, con el auge de la medicina reproductiva y la investigación genética, existen en los distintos países miles y miles (el número exacto se me escapa, pero es enorme) de embriones congelados, muchos de ellos generados a partir de donaciones anónimas de espermatozoides y óvulos. Si llegáramos a la conclusión de que esas entidades son personas, ¿qué deberíamos hacer? (Si te detienes a pensar en el tema, pueden surgirte los escenarios más inverosímiles… por ejemplo, que los estados incentiven a las mujeres, solteras o casadas, a “adoptar” los embriones. Pero, si es así, ¿por qué no mejorar el sistema de adopción de los incontables niños en todo el mundo que esperan una familia que los acoja, niños que, a diferencia de los embriones, ya sí son personas y tienen el derecho a una vida digna?)

      Ya que tú nos has contado algo personal, termino ahora yo con una alusión a mi vida privada. Mi esposa y yo tenemos dos hijos, como la grandísima mayoría de las parejas de “clase media”. (Algunos de nuestros amigos y conocidos tienen un hijo, pero la mayoría, dos.) A decir verdad, dada nuestra situación económica, nuestra disponibilidad de tiempo, etc., podríamos tener tres… y, por qué no, cuatro, cinco… ¿y dónde parar, porque es siempre relativo eso de “no podemos tener más hijos”? Al fin y al cabo, como se dice, “donde comen dos, comen tres”. Ya sé que frente a este dilema, todos damos más o menos la misma respuesta: “como están las cosas, una pareja moderna, difícilmente puede tener atender bien a más de uno o dos hijos, después vienen la escuela, la universidad, uf, mejor dos y bien”. El punto es que si uno aplicara el argumento de la potencialidad, llevado a las últimas consecuencias, bien podría derivarse el deber de tener muchos hijos, tantos como uno pudiera. Fíjate: como te decía, tengo dos hijos y creo que son niños felices; si tuviésemos uno más, deberíamos hacer sacrificios, pero probablemente también tendría una niñez dichosa… entonces el razonamiento que se me plantea es este: ¿a qué “persona”, que aún no nació, que ni siquiera es aún embrión, pero que podría llegar a serlo, no le estamos dando mi esposa y yo su “oportunidad de existir”?

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