Eutanasia y medicina paliativa en Canadá

En un artículo publicado recientemente, Lori Seller et álii analizan algunos aspectos éticos que plantea la solicitud de eutanasia voluntaria en las últimas semanas o, incluso, en los últimos días de vida del paciente.

Es importante señalar que los autores del estudio no están en contra de la práctica eutanásica, toda vez que se realice correctamente, esto es, conforme a la ley canadiense, que es donde centran su investigación. La preocupación de los autores parece ser más bien el que se evite un recurso excesivo a la eutanasia, en particular que no se descarten otras vías en la fase final de la vida del paciente, en particular, que no queden sin explorar las posibilidades que ofrece en la actualidad la medicina paliativa.

También conviene indicar que los autores no esgrimen un argumento que hasta hace unos años era bastante popular entre los críticos de la eutanasia voluntaria, argumento que se podría resumir de esta manera: “Si existiese en una sociedad dada un excelente servicio público de medicina paliativa, entonces el número de pacientes o inclusive de personas que estarían dispuestas a solicitar ayuda médica para morir se reduciría prácticamente a cero. Por lo tanto, la eutanasia no es solamente un recurso extremo, sino también innecesario: más que abogar por la legalización de la muerte voluntaria, tenemos que empeñarnos por mejorar la oferta de medicina paliativa en nuestros países.”

Este argumento ha demostrado ser incorrecto, sobre todo a partir de los estudios que se realizaron en Bélgica tras la legalización de la eutanasia voluntaria una década atrás. En efecto, en ese país no ha sido posible establecer una correlación entre (a) el mejoramiento del servicio de paliación con que cuenta (que ya de por sí es muy bueno) y (b) la disminución de solicitudes de eutanasia. Es más, las investigaciones señalan lo contrario, que un óptimo servicio de medicina paliativa además de ser compatible con la práctica eutanásica, la promueve, ya que el paciente que cuenta con una buena asistencia farmacológica, clínica, fisioterapéutica, psicológica e incluso espiritual, puede generar una forma de encarar sus últimos días que incluya la aceleración voluntaria del arribo de la muerte. Muchas veces el sostén físico y mental puede decantar en el deseo “madurado” por acortar la fase final de la vida, cuando esta está plagada de dolores físicos y de sufrimientos morales intolerables e intratables.

El punto del artículo en cuestión podría resumirse de esta manera. En Canadá, pese a todos los avances que ha habido en materia médica, sigue prevaleciendo una mentalidad centrada en la curación, en desmedro de la medicina paliativa. Esto tiene una enorme desventaja que se traduce, por ejemplo, en que los médicos que siguen al paciente gravemente enfermo (médicos clínicos, oncólogos, cardiólogos, etc., en el caso de enfermos de cáncer, cardiópatas, etc.) raramente discuten con el paciente las alternativas que ofrece la medicina paliativa. Por tanto, la única “salida” que encuentra el paciente desde hace unos años (desde la despenalización primero e, inmediatamente después, desde la legalización de la eutanasia en el territorio canadiense) es la de solicitar la eutanasia semanas o días antes del inevitable final. Si el repertorio de opciones para planificar el propio final de vida fuese mayor y, sobre todo, si el paciente conociese esas alternativas mucho antes, entonces el recurso “extremo” a la eutanasia sería menor.

Para dar una idea más cabal del asunto: de todas las muertes ocurridas en Canadá en el período 2015-2017 (en que se centra el estudio), el 0,9 por ciento han sido gracias a la ayuda médica para morir (en inglés, MAiD, esto es medical aid in dying).

Personalmente, considero que la cifra, que ronda el 1%, no es problemática, sobre todo cuando se la compara con otras sociedades que han introducido la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido. De todos modos, haciéndome eco de los autores, también pienso que la eutanasia debería ser el último recurso, cuando primero se han probado todas las otras vías, no solamente las que ofrece la medicina curativa, sino también la medicina paliativa. De todos modos, soy menos optimista que los autores en la posibilidad de cambiar la mentalidad médica. Por más que se hable de la necesidad de dar un giro y de desarrollar más la medicina paliativa, la curación sigue siendo el paradigma indiscutible de todos los sistemas de salud. Un cambio que redunde en un equilibrio entre la curación y la paliación implica un proceso de transformación que acarreará muchas décadas, en el mejor de los casos.

Un dato revelador del artículo es el siguiente. De todas las solicitudes de eutanasia presentada por los pacientes canadienses, sólo algo más de la mitad (54%) termina traduciéndose en muertes asistidas. En el 46 por ciento de los casos restantes el paciente muere o pierde su capacidad mental en el lapso, relativamente breve, que la ley establece para la ejecución de las solicitudes correctamente presentadas. Esto habla a las claras de que la cuestión de cómo el paciente desea pasar sus últimos días es algo que se plantea cuando prácticamente ya es “demasiado tarde”.

Es más: el número de eutanasias sería mucho menor en Canadá, si no se hiciera valer una excepción que contempla la ley. Concretamente: la ley establece que si el paciente se halla en un estado sumamente crítico, es posible reducir el número de diez días (para ello, dos médicos deben certificar que el interesado cuenta con solo horas o días de vida/conciencia por delante). De este modo, el 60 por ciento de los casos de eutanasia en Canadá ocurren seis días después de presentadas y aprobadas las solicitudes, esto es, cuatro antes de lo previsto por la normativa vigente.

Bibliografía:

Lori Seller, Marie-Eve Bouthillier y Veronique Fraser, “Situating requests for medical aid in dying within the broader context of end-of-life care: ethical considerations”, J Med Ethics, 2018

Para el caso belga puede consultarse el siguiente estudio:

L. van den Block, R. Deschepper, J. Bilsen, N. Bossuyt, V. van Casteen y L. Delieus, „Euthanasia and other end of life decisions and care provided in final three months of life: nationwide retrospective study in Belgium”, BMJ, 2009

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Vagón de tren usado como taquilla, Parnés, Ática

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Academia de Atenas, Centro de Investigación Biomédica

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Academia de Atenas, Centro de Investigación Biomédica

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En defensa de la gestación subrogada

A continuación copio íntegramente el editorial aparecido ayer, lunes 1 de octubre de 2018, en La Nación. Voy a ir intercalando mis comentarios al texto ya que creo que los argumentos que se presentan contra la gestación subrogada son incorrectos. Sigo pensando que este tipo de gestación debería ser legalizado, si no en nuestro país -que en materia de bioética está muy atrasado- al menos en otras sociedades más modernas.

El gobierno socialista español se ha mostrado en contra de los vientres en alquiler. La vicepresidenta y ministra de la Igualdad, Carmen Calvo, ha dicho al respecto: “Algunos lo llaman gestación subrogada, pero se trata de una compraventa que es particularmente grave porque se usa el cuerpo de las mujeres más pobres (…) El deseo de paternidad de hombres y mujeres es entendible, pero el deseo no es un derecho. Sin embargo, las mujeres y los niños sí tienen derechos y los derechos están por encima de los deseos y los intereses”. Palabras señeras que se complementan con el activismo de la ONG Femen, cuyas adherentes se manifestaron a pecho descubierto con la leyenda “mi vientre no se alquila”. Trescientas ONG integrantes de la Red Estatal contra el Alquiler de Vientres solicitan una prohibición legal a nivel internacional de la práctica, que consideran una violación de la dignidad de las mujeres y menores de edad.

No me interesa ahora detenerme en la posición del partido socialista español ni en las políticas que están tomando en este ámbito y en otros relacionados. Lo que sí, no creo que esas declaraciones sean “palabras señeras”. Estoy totalmente a favor de proteger la dignidad de los hombres y, sobre todo, de las mujeres y de los niños, más aún cuando estos pertenecen a los sectores sociales más vulnerables y desfavorecidos. Pero sinceramente me cuesta pensar que el “alquiler de vientres”, como peyorativamente dicen estos opositores, constituya en sí mismo una violación a la dignidad de un ser humano.

En nuestro país, la filiación materna por naturaleza se establece con la prueba del nacimiento y la identidad del nacido, y se inscribe con el certificado médico de quien atendió el parto de la mujer, a la que se atribuye la maternidad del nacido. Y en la filiación por procreación asistida el nacido es hijo de quien lo dio a luz. Esto es, la madre es quien da a luz al niño.

Bien, esto no hace más que probar lo anticuado que son muchos de los conceptos de nuestros códigos (civil y penal). Es necesario reformar la ley en este respecto. El cambio tecnológico, científico, médico y cultural nos obliga a modificar constantemente nuestro vocabulario y, sobre todo, nuestros conceptos jurídico-filosóficos. Si en el futuro se desarrollan incubadoras que podrán encargarse de la gestación del embrión y del feto, esto es, “desde la concepción hasta el nacimiento”, ¿el empleado del registro civil argentino le va a otorgar la maternidad a la máquina?

Esto no quita que existan una infinidad de planteos sobre la eventual filiación del nacido por subrogación, pues la reclaman la donante del óvulo fecundado, los locadores del vientre, los adoptantes del niño nacido del vientre subrogado y la propia madre subrogante, como algunas de las variantes posibles, a las que se suman las de paternidades varias.

Estoy de acuerdo con que estamos frente a una nueva realidad que plantea una multitud de cuestiones espinosas y, a la vez, delicadas. Pero lo que hace aquí el editorialista es enmarañar gratuitamente la cuestión. Los locadores de viente, por caso, no van a salir a reclamar la filiación del bebé. Por eso afirmo, dicho sea de paso, que es necesario legalizar la gestación subrogada, no solo permitirla y “que sea lo que Dios quiera”. Un marco legal claro, preciso y amplio debe llevar a despejar todas esas dudas respecto a la filiación desde el inicio.

Realmente resulta relevante lo destacado por la ministra española, que defiende la dignidad de la mujer, vulnerada con este comercio sobre su cuerpo que la cosifica, pues solo se alquilan las cosas, no las personas muy mal disfrazado de contrato gratuito, repleto de prestaciones que esconden la retribución y que termina por ser una forma más de explotación de mujeres necesitadas.

Aquí voy a decir sin rodeos mi opinión: no solamente estoy de acuerdo con la gestación subrogada, sino que creo que debería ser una prestación remunerada (y bien remunerada). Gestar un hijo es un trabajo y como cualquier otro trabajo debe recibir una contraprestación monetaria. Porque acaso ¿no es todo trabajo una forma de “alquiler del cuerpo”? La señora que limpia los baños de la sede de La Nación, ¿acaso no está alquilando sus manos, sus piernas, sus sentidos, para que los editorialistas y los periodistas puedan entonces escribir tranquilamente sus notas? El cajero del supermercado de la vuelta, ¿no está también alquilando su cuerpo ocho horas por día para que usted y yo podamos ir a comprar lo que necesitamos? ¿No será entonces que detrás del rechazo virulento al “alquiler de vientres” lo que se esconde es, lisa y llanamente, el puritanismo? Si una pareja necesita recurrir a una mujer para que geste su futuro hijo y le paga lo que dispone la ley (que debe ser un buen honorario) y la trata con respeto, ¿en qué sentido la está “cosificando”? ¿Qué significa acá “cosificar”? Ojo que estas palabras tienen un fuerte contenido ideológico.

A ello se suma el daño al niño y a la madre que lo alumbró, que han intercambiado información genética en el vientre materno, la que no se borra con la entrega al contratante y cuyo alcance no se ha terminado de medir. Sí se sabe que la madre gestante puede transmitir improntas genéticas de sus propios antepasados y que el microambiente materno actúa y produce efectos sobre el bebé, quien tiene memoria de su paso por la gestante. Madre gestante e hijo intrauterino tienen un diálogo químico entre sus propias células y una unidad de vida, una simbiosis. Habrá que contemplar los efectos psicológicos de esta separación de ambos antes del primer año de vida, conocida como depresión anaclítica de los niños.

No puedo leer este párrafo sin que se me paren los pelos de punta. En primer lugar, está claro que hay intercambio genético entre la mujer gestante y el embrión/feto, pero por más que aún quede por determinar cuán grande es ese intercambio, en ningún caso afecta la base genética suministrada por los padres. Cualquiera sea el porcentaje que aporte la gestante, el “núcleo duro” del futuro ser va a estar constituido por el aporte del padre y la madre biológico-genéticos. Por otro lado, ¿no se está argumentando aquí desde una concepción que supone una suerte de “pureza genética”? ¿Cuál sería el problema de admitir que la gestante dejó una cierta huella genética en el cuerpo del nuevo ser? ¿Se trata acaso de una “contaminación”? Y, sinceramente, ¿no significa el vivir en sociedad estar “contaminándose” permanentemente con los otros? Cuando llevo a mis niños por la mañana a la escuela y voy a buscarlos a la tarde, ¿no lo hago a sabiendas que los maestros y los compañeros terminarán influyendo en ellos -“contaminándolos”- tanto o más que lo que pueda hacer yo?

Coincidentemente con lo publicado por España, entendemos que, desde el punto de vista ético y moral, el alquiler de vientres implica la cosificación del niño, al afectar su dignidad; viola y produce un desmembramiento de su derecho a la identidad, pues tampoco hay una obligación que le permita conocer sus raíces biológicas; facilita el infame negocio del tráfico de niños; produce una instrumentalización de la madre gestante, y niega la importancia del vínculo intrauterino. Estamos frente a un problema humano muy profundo y difícil, un tema que deshumaniza al niño y a la mujer haciéndolos pasibles de cláusulas contractuales que atentan contra el principio básico de que el ser humano no puede ser objeto de transacciones.

¡Qué cantidad de afirmaciones dogmáticas que encierra este párrafo! En primer lugar, y como doctor en Filosofía, permítanme que le pregunte al autor de esta nota cuál es la diferencia entre “el punto de vista ético y moral”. Pero más allá de esa sutileza, quiero señalar que acá lo único que se hace es sermonear sin dar razones de las afirmaciones vertidas. Se dice “el alquiler de vientes implica la cosificación del niño” sin ofrecer ningún argumento ni ninguna aclaración. También se dice: “Facilita el infame negocio del tráfico de niños”, sin reconocer que ese tráfico se da justamente por la falta de la legalización de esta práctica. Si esta práctica médico-reproductiva estuviera permitida y correctamente legalizada, no sucedería lo que se denuncia ni en España, ni en Argentina, ni en otros lados.

Todo ello nos invita a seguir apostando por la naturaleza, por el orden natural de las cosas y por el respeto a la mujer y al niño.

Este párrafo final revela el conservadurismo chato del editorialista. “Seguir apostando por el orden natural de las cosas”… Pero ¿cuál es ese bendito orden natural? ¿El que estableció en un momento histórico dado y en una cultura determinada la Iglesia? ¿El que se desarrolló en una fase histórico-cultural específica, por ejemplo, en la Modernidad? ¡Hace cuánto que los filósofos vienen repitiendo que la “naturaleza” del ser humano es la cultura! Si debiéramos guiarnos por el “orden natural de las cosas”, tendríamos que dejar de lado toda la medicina, porque la medicina es una alteración de ese orden… ¡y tendríamos que regresar a la época de nuestros antepasados simiescos! No más fertilización asistida, no más ecografías a la embarazada, no más cesarias, no más leche en polvo, no más anticonceptivos… ¡Bravo! Volvamos al orden natural de las cosas, a ese que, si existió, se extinguió hace ya más de un millón de años con la aparición del autralopiteco.

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Cambio de estación

20180922_142628.jpgEn la verdulería de Yiorgos “To kioski” se nota que ya no estamos en verano: quedan los últimos melones al lado de dos o tres sandías. Ahora es época de calabazas, de legumbres…

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Impresiones de Ática

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Anuncio fotografiado en la verdulería “To kioski”, de Yiorgos.

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Acerca de la novela (y de la novela de las novelas)

Ayer leí Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset. Buen librito, con varias intuiciones fecundas, como siempre en Ortega, intuiciones que terminan haciéndome perdonarle la maraña de ideas, la falta absoluta de sistematicidad de sus libros. (Ortega tendría que haber dicho: “La claridad y la sistematicidad son la cortesía del filósofo”.)

Bueno, en parte por eso mismo Meditaciones… no es un tratado en que se estudie la “anatomía” del libro de Cervantes, sino una reflexión sobre el puesto de esa obra en el marco (amplio) de la historia de la literatura y sobre el puesto de la literatura en el marco (más amplio aún) del conocimiento humano. Acá Ortega parece defender un constructivismo a ultranza: conocer es indefectiblemente construir un/el objeto.

La impresión general que me llevo es más o menos esta: cuando uno escribe una novela, plasma en ella una visión del mundo a lo largo de cien, doscientas o mil páginas, mientras va contando una historia (la historia es, al fin y al cabo, algo secundario, una excusa para el desarrollo de aquella Weltanschauung).

Una buena novela es eso, ni más ni menos: un recurso por el que se crea un mundo o, para no sonar tan radical, en el que se propone una visión posible (una visión más) de ese noúmeno incognoscible que llamamos mundo, Welt, kosmos. La virtud de una novela “bien escrita” no está en darnos una mejor comprensión del mundo, ya que acá rige la igualdad absoluta: no hay intelecciones más ajustadas que otras al mundo. El ojo se abre con la novela y se cierra también con ella. No se trata de ver mejor o peor, sino de ver o no ver, that’s the question.

Por eso la historia que encierra una novela, el argumento, es -insisto- algo accesorio; lo importante es articular ahí dentro una experiencia posible del mundo. Una buena novela es, entonces, como una buena antorcha, que arroja luz intensa por un cierto período de tiempo. Nada más (ni nada menos).

El mérito del Quijote, parece querer decir Ortega, es que ofrece no solo una visión plausible del mundo, sino también una visión creíble de la esencia de la literatura y el saber humano. O sea, una visión de lo que significa ver. De allí su carácter meta-literario.

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