Unas palabras sobre Juan Carlos Onetti e Ida Vitale

Lo que sigue es el texto que leí ayer en la mesa redonda organizada en la Fundación María Tsakos.

Este es un homenaje, humilde homenaje, a dos grandes autores uruguayos: Ida Vitale y Juan Carlos Onetti. Ambos ganaron el premio Cervantes de literatura, el más distinguido galardón en nuestra lengua. Onetti lo recibió allá por 1980 y Vitale, hace unas pocas semanas.

Muchas cosas tienen en común estos autores pero también hay muchas que los separan. Por lo pronto, Onetti se destacó en la narrativa (el cuento, la novela breve y la novela). En cambio, Ida Vitale nos ha legado poemas y ensayos inolvidables.

Sería muy caballero de nuestra parte comenzar por las mujeres, por Ida Vitale, pero preferimos empezar por Onetti. Y lo hacemos para que el recorrido por los arduos párrafos onettianos se vea finalmente recompensado por los suaves versos de Vitale.

Onetti no es simplemente un escritor, un “escribidor”: es un demiurgo, el creador de un mundo, un “universo Onetti”, de Santa María, esa ciudad poblada de seres, atmósferas, situaciones y acontecimientos sumamente característicos.

Nunca es fácil entrar en ese “universo Onetti”, pero una vez dentro es igualmente difícil salir de él, es difícil abandonar Santa María. Y es que la literatura de Onetti ejerce una fascinación muy especial.

Onetti ha sido acusado de malditismo, de insistir en la condición maldita de los hombres. Pero, vistos de cerca, los personajes de Santa María muestran un inusitado grado de maldad y de ternura a la vez, de escepticismo y de ingenuidad, de odio y de amor, de abyección y de pureza.

Por cierto, en el universo de Onetti no hay hombres extraordinarios, no hay héroes ni santos. Todos son “parias espirituales” y “desterrados morales”, en el decir de Fernando Aínsa, todos son, como el Bob al que se le da la bienvenida, “hombres deshechos”.

Onetti no es solamente el creador de un mundo propio, sino también de un estilo inconfundible e inimitable. Cada uno de sus párrafos es como una pieza de hierro forjado. Es escritor ha ido martillando ese duro material que es la palabra hasta darle una forma precisa. El resultado no es un objeto útil, una mesa o una puerta, sino una obra de arte, una escultura.

¿Pero cómo narra Onetti? Por lo pronto, él casi nunca nos presenta un acontecimiento directamente, sino que va avanzando hacia su objetivo en zigzag. Esto último no se debe a un capricho del escritor, sino que nace de una convicción profunda: no es posible abordar directamente las cosas. Toda aproximación es siempre necesariamente tangencial, indirecta, lateral. El que pueda haber acceso inmediato a la realidad última no es más que una de nuestras tantas fantasías, tal vez la más dañina.

Leer a Onetti es siempre una experiencia ardura y reconfortante. Es como ir subiendo a una montaña por un sendero estrecho y pedregoso. Todo es posible: extraviarse e incluso despeñarse. Pero a los perseverantes les esperan muchas recompensas. Por lo pronto, a veces el sendero por el que nos conduce Onetti nos permite una visión magnífica y sinóptica de la realidad que hemos dejado abajo.

Claro que podemos caracterizar la escritura de Onetti de cerebral. Es más, hay algo de acertijo por descifrar en cada uno de sus relatos. No son relatos policiales en sentido estricto, pero sí conservan la arquitectónica del relato detectivesco. El lector desprevenido, ingenuo o perezoso va a cerrar el libro con la desconcertante sensación de “no haber entendido nada”. Por el contrario, el otro lector, el lector prevenido y voluntarioso, sabe que después de una segunda o incluso de una tercera lectura, después de armar las complejas piezas del rompecabezas, podrá dar con la clave y contemplar la estructura profunda del relato.

Nadie lee Onetti para distraerse o para divertirse. La lectura de Onetti es, más bien, parte de una búsqueda interior. Queremos saber quiénes somos y por eso leemos a Onetti. Previsiblemente, no hay respuestas claras a esa pregunta y mucho menos respuestas tranquilizantes.

Y es por esto mismo que los relatos de Onetti están habitados por hombres solitarios y desengañados, seres que han aprendido que no hay valores últimos y que todo a lo que podemos aspirar es a un estado de resignación que nos permita aceptar al mundo y aceptarnos a nosotros mismos tal cual somos. Dotados de una lucidez extrema que los ha llevado al desengaño, los personajes de Onetti han entendido que no es posible cambiar el mundo, pero, eso sí, es posible al menos sustraerse a sus embelecos.

Así, los protagonistas de Onetti como Larsen o el doctor Díaz Grey no llegan al final de la historia a la calma beatífica del que ha podido conocerse a sí mismo, pero tampoco desembocan en la angustia desesperante de la filosofía existencialista. En todo caso, son seres que han madurado en su fatalismo, y que por ello aparecen más resignados que angustiados. Como en esos versos de Luis de Góngora que citaba Vitale: “Dirán que es melancolía, / y no es sino desengaño.”

Quisiera decir unas palabras sobre la técnica narrativa de Onetti: el narrador de sus cuentos y novelas es siempre un ser poco confiable. Tenemos que tomar con pinzas lo que nos dice. Porque a veces nos quiere engañar a nosotros, los lectores; otras veces parece que quiere engañarse; pero lo cierto es que siempre sus conocimientos son escasos y fragmentarios. Por ejemplo, en una de sus novelas un personaje antes de revelarnos algunos secretos nos advierte: “Decir toda la verdad es imposible. Y no por el deseo de ocultar algo, sino porque los recuerdos se sumergen en la misma atmósfera de los sueños. Más profundamente, mientras pasa el tiempo.” (Cuando entonces)

Para colmo, el narrador de Onetti nunca se nos revela plenamente. Poco terminamos sabiendo de él, qué hace, cómo es su aspecto exterior, cuál es su pasado, etc.

Por otro lado, cuando escribe, Onetti divide sus relatos en varios capítulos y apartados, y así cada uno de ellos nos va dando pistas desde narradores cambiantes. No hay un punto de vista, por imperfecto que sea, que se mantenga a lo largo de todo el relato, sino que vamos presenciando una pluralidad de voces con las cuales tenemos que reconstruir la trama.

Por supuesto, estas idas y venidas por distintos narradores se va complicando a medida que la narración va y viene en el tiempo. Los saltos temporales son una constante en Onetti, ese acróbata que con una facilidad poco común puede ir saltando adelante y atrás en la línea del relato.

Para concluir esta primera parte de mi intervención, quisiera señalar otro aspecto de la narrativa de Onetti, es el de los distintos planos de realidad o, mejor dicho, de fantasía que se van trenzando. El escritor Onetti sabe que está dando lugar a una ficción, a un personaje por ejemplo llamado Brausen. Ahora bien, Brausen, desencantado del mundo e indolente de por sí, pasa sus días echado en la cama, fumando e imaginando otro mundo. De tanto empeñarse por imaginar un mundo ficticio que lo redima de su realidad mediocre, ese mundo (la ficción en la ficción), empieza a tener vida propia. De golpe Brausen deja de ser un soñador encerrado en un cuarto de mala muerte en Buenos Aires para pasar a ser el doctor Díaz Grey, el médico de Santa María.

Como en Jorge Luis Borges y en Luigi Pirandello, este proceso puede arribar a un punto vertiginoso, y es cuando los personajes parecen haberse vuelto independientes del creador, se rebelan e incluso se vuelven ellos mismos creadores… ¡hasta terminar inventando un personaje que, casualmente (o no), se llama Jorge Luis Borges, o Luigi Pirandello, o Juan Carlos Onetti. La moraleja salta a la vista: la ficción está llena de realidad y, a la vez, la realidad está hecha de ficción.

* * *

Es hora de pasar a Ida Vitale, de descansar unos minutos en la sombra de su poesía. Y no es que esa frescura se deba a que su visión resulte más ingenua que la de Onetti, o su escritura más lineal. Se debe, más bien, a que en sus versos se respira sosiego y comprensión. No habla una mujer que busca seducir y confundir, sino una amiga que quiere tranquilizar y reconfortar.

Quisiera detenerme simplemente en dos aspectos. El primero tiene que ver con los límites de nuestro conocimiento, con la fragilidad de nuestro saber. Ya vimos el modo algo crudo con que Onetti aborda este hecho. En Vitale, en cambio, la reflexión sobre la duda toma la forma de una oración, de una plegaria dirigida por cierto no al Dios de la seguridad dogmática, sino a un cambiante dios de la negación y la búsqueda.

Así, en su poema “Escepticismo” dice

Dios de la controversia,

concédeme el olvido

de las mentiras en las que pude creer,

otórgame el perdón

por las verdades que sostengo

a las que quizás un giro de la tierra

vuelva falsas.

 

Debo disculparme por no poder ofrecerles una traducción al griego. Un par de poemas de Vitale ha aparecido en una antología titulada Γενική ανθολογία σύγχρονης Λατινοαμερικανικής ποίησης, antología que a pesar de llamarse “contemporánea” se detiene en 1975, cuando Vitale seguía explorando nuevos caminos. Seguramente, en los próximos meses contaremos con una traducción de, al menos, los poemas más representativos de la producción de esta escritora, producción que viene extendiéndose ya por más de setenta años.

El segundo y último aspecto que quisiera mencionar tiene que ver con esa mezcla de resignación y de perseverancia que caracteriza a los protagonistas de Onetti. Ese mismo espíritu resignado y, a la vez, perseverante es el que emana de poemas de Vitale como “La batalla”. El desengaño no debe llevarnos a claudicar en la lucha, sino a afirmar la vida a pesar de todo, parece decirnos. He aquí el poema:

¿Quién, resonante

baja por la noche,

sino palabra apolo

con sus flechas furiosas

que hierven al oído

como abejas?

Maligna, triste, silenciosa peste

sobre aquel que rehúye la batalla,

si dentro sintió el fuego.

Para el que acepta,

diaria, contrincante muerte.

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Escritoras argentinas e igualdad

A continuación transcribo el texto que leeré esta tarde:

El objetivo de esta charla no es proporcionarles una descripción detallada de la situación actual de las escritoras argentinas, ni ofrecerles una lista de explicaciones plausibles acerca de las causas que han llevado a algunas victorias, aún parciales y provisorias, en lo que respecta a la igualdad de género en el ámbito de la producción cultural. Tal objetivo excedería mis capacidades. Lo que me propongo es, simplemente, mostrar algunas etapas de un recorrido personal y, por tanto, necesariamente arbitrario: el recorrido que he seguido en mi intento por acercarme a este fenómeno.

(1) La última dictadura militar argentina (1976-1983) buscó implantar un modelo social retrógrado, en el cual el rol de la mujer se centraba sobre todo en el de ser el núcleo de la familia: la mujer aparece allí como madre cariñosa, como esposa fiel y como ama de casa; en este proyecto, la mujer podía aspirar a desempeñar, a lo sumo, trabajos considerados “femeninos”, como el de ser maestra de escuela o vendedora de cosméticos.

Con la vuelta a la democracia, la sociedad pudo retomar el desarrollo que, no sin dificultades, había emprendido décadas atrás. La apertura o, mejor dicho, la reapertura del país en 1983 a lo que pasaba en el resto del mundo trajo vientos de cambio. En este sentido, una de las leyes más importantes del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) fue la ley 23.515 o la ley del divorcio, aprobada en 1987. De este modo, la mujer casada no quedaba ya “de por vida” sometida jurídicamente a las decisiones del hombre.

En lo que respecta al ámbito laboral y social, podemos afirmar que durante las décadas de 1980 y 1990, las mujeres fueron ocupando espacios que antes estaban reservados casi exclusivamente a los hombres. Adicionalmente, la ley de cupo femenino (ley 24.012) estableció un incremento de la participación femenina en la composición del parlamento nacional; finalmente, la universidad, que a comienzos de siglo había estado cerrada a señoritas y señoras, vio por primera vez que el número anual de egresadas superaba al de egresados.

Los años Noventa en Argentina pueden ser caracterizados como los años de las grandes trasformaciones culturales; son los años en que la Argentina ingresó de lleno en la globalización y, así, en la posmodernidad. De algún modo, la apertura económica trajo aparejada la total apertura cultural. La popularización de la video, el acceso a la televisión por cable, la disponibilidad cada vez mayor de la internet, el abaratamiento de los viajes al exterior, la internacionalización de la economía, entre tantas otras cosas, implicaron la entrada irrestricta de modelos de pensamiento y de conducta nuevos y permanentemente cambiantes.

El entonces presidente Carlos Saúl Menem (1989-1999) era un político sumamente pragmático. Cuando le convenía, hablaba de la sacralidad de la vida y dejaba satisfecha a la Iglesia católica con vericuetos legales que dificultaban la legalización del aborto. Pero también podía, si le convenía, exportar armas de contrabando a países en guerra, como por esos años Ecuador y Croacia, o indultar a los militares que habían sido condenados de por vida a causa de los crímenes cometidos en la última dictadura, o reintroducir en el debate público el tema de la pena de muerte como manera supuestamente eficaz de remediar la criminalidad creciente que azotaba, sobre todo, a las grandes ciudades del país.

Más allá de las duras críticas que deben hacérsele al gobierno de Cristina Fernández (2007-2015), es justo reconocer que en esos años se aprobaron tres leyes que han redundado en una mayor igualdad de la mujer. En primer lugar, la ley 26.485 o ley de Protección Integral de las Mujeres; en segundo lugar, la ley 26.743 o ley de Identidad de Género; por último, la ley 28.844 o ley de Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares;

Por supuesto, a esta lista hay que agregar la ley 26.618 o ley de matrimonio igualitario, que entró en vigor en 2010 y que ha permitido el casamiento de personas pertenecientes al colectivo de LGTB y la eventual adopción de hijos.

Dicho sea de paso, Cristina Fernández fue la segunda mujer argentina que llegó a la presidencia; la primera había sido la tristemente famosa María Estela Martínez de Perón, quien gobernó desde fines de 1974, tras la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón, hasta comienzos de 1976. Es curioso notar que en Europa las mujeres al mando de un país son más bien conservadoras: Angela Merkel en Alemania y, hasta hace poco, Theresa May en Inglaterra, mientras que en Latinoamérica las mujeres presidentas han sido de izquierda. Al ya mencionado caso argentino hay que añadir el de Michelle Bachelet, en Chile, y el de Dilma Rousseff, en Brasil.

Considero importante mencionar dos aspectos más que atañen a la situación actual de las mujeres en Argentina. Los días pasados fue llevada al Congreso, una vez más, la propuesta de ley para legalizar el aborto. La situación es rayana en el ridículo, ya que existen sentencias firmes que hacen entender que el aborto ha quedado prácticamente despenalizado en Argentina; pero, paralelamente, la mayoría de los senadores se resiste a la legalización y la consecuente reglamentación del ejercicio de la interrupción voluntaria del embarazo. Gran parte de las intelectuales argentinas adhieren a la propuesta por la autonomía femenina y se suman así a la multitudinaria protesta de los «pañuelos verdes».

El otro aspecto a mencionar es igualmente crítico y tiene que ver con la toma de conciencia a nivel nacional de las vejaciones y los maltratos que han seguido padeciendo las mujeres, en algunos casos seguidos de la muerte, por parte de hombres (hermanos, padres y, sobre todo, novios y maridos). El asunto adquirió relevancia hace un par de años a partir de una seguidilla de casos atroces de uxoricidio o, como se prefiere decir ahora, feminicidio. La campaña “ni una menos” en Argentina moviliza regularmente a millones de mujeres que reclaman protección efectiva frente a los abusos machistas y un cambio radical de la cultura tradicional.

En este contexto también es posible destacar la falta de una ley que regule claramente el ejercicio de la prostitución en Argentina. La prostitución es un tema espinoso que pocos quieren abordar con franqueza y apertura mental, y por ello está prácticamente relegado a una zona legal gris. Libre de hipocresía, la sociedad debería permitir sin tapujos el debate entre abolicionistas y legalistas. Personalmente creo que el abolicionismo es una posición extrema e irrealizable en Argentina y por eso abogo por una forma de legalismo que, como en Alemania, Holanda y Dinamarca, termine considerando a la prostitución como un trabajo más, con lo cual la prostituta –y, dado el caso, el prostituto– quedarán amparados por todos los derechos de que gozan los trabajadores.

En síntesis, si uno compara la situación de la mujer argentina en 1919 y la de 2019, hay motivos para alegrarse; entonces la mujer no podía ni siquiera votar. Pero esa alegría no debe desfigurar los hechos: aún quedan muchas e importantes batallas por librar.

 

(2) Dentro de la nutrida lista de grandes escritores argentinos hay un grupo importante de mujeres. Cómo no recordar aquí la respetable producción poética de una Alfonsina Storni, de una Alejandra Pizarnik o de una María Elena Walsh; igualmente, es imposible hablar de la historia de la literatura argentina en el siglo XX sin mencionar a Victoria Ocampo, mujer que se destacó no solamente como una intelectual feminista, sino que jugó un rol decisivo en la promoción cultural.

Angélica Gorodischer es una escritora de primer nivel que ha ahondado en cuestiones que hace a la igualdad de géneros. Sus relatos nos han hecho posible entender la posición de la mujer desde un nuevo punto de vista: el de una mujer que lucha por encontrar su identidad y abrirse un espacio. Hay un cuento admirable de esta autora, «La cámara oscura», que describe la vida dura de una mujer aparentemente sumisa, Gertrudis, al servicio de su marido y sus hijos, judíos colonos en el campo de Entre Ríos, hasta que un día, sin que nadie lo sospechara, fue capaz de abandonar todo su pasado y de ignorar todos los condicionamientos sociales por un amor; o, tal vez, más que por un amor, diría, por la lealtad a sí misma.

En 2007, la cineasta argentina María Victoria Menis llevó a la pantalla una adaptación encantadora de este cuento de Gorodischer. La película de Menis, que conserva el título del relato, La cámara oscura, tiene la virtud de recrear con mayor profundidad la vida interior de la protagonista, de la abnegada y sensible Gertrudis, si bien deja de lado lo que tal vez era un aspecto esencial del cuento: el de cómo reaccionaron las generaciones posteriores a la fuga «alocada» de la mamá o, según los casos, de la abuela.

Silvina Ocampo, la hermana de Victoria, ya mencionada más arriba, también produjo un tipo de literatura audaz y feminista. En su relato «El retrato mal hecho», esta autora presenta un hecho escalofriante: el homicidio de un niño pequeño a manos de la empleada doméstica de una familia rica y tradicionalista. La fiel y sufrida empleada, tras años de entrega absoluta, un día se rebela matando al niño menor de la familia. Cuando se entera de lo ocurrido, la dueña de casa, en vez de atacar ferozmente a la asesina que acaban de descubrir en el altillo con la víctima, se le acerca y la abraza, y lo hace porque, en el fondo, se siente solidaria con esa persona doblemente oprimida: oprimida por ser mujer, como ella misma, y estar así condenada a la tiranía del hogar, y oprimida por ser pobre.

A este punto quisiera recordar la labor de una de las principales realizadoras cinematográficas de las últimas décadas, María Luisa Bemberg, que planteó el tema de la diversidad de géneros con películas que la hicieron famosa, tales como Camila (1984), la pecaminosa historia de un amor prohibido o De eso no se habla (1993), que tematiza la búsqueda de una vida auténtica por parte de una mujer enana, primero sobreprotegida por una madre incapaz de enfrentarse a la realidad (al enanismo de su hija) y luego por un marido que, si bien amoroso, nunca fue capaz de entenderla totalmente. Bemberg también es la realizadora de Yo, la peor de todas (1990), una película acerca de la vida de una de las principales mujeres intelectuales de todos los tiempos, Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695).

Ya que estamos hablando de realizadoras de cine, me parece pertinente mencionar en este espacio a Lucía Puenzo. Su película XXY de 2007 ha sido importante para introducir plenamente en Argentina el tema de la diversidad sexual. Básicamente, la historia se centra en los conflictos familiares, escolares y sociales a los que está expuesta una persona adolescente que decide seguir siendo así como es. Porque Alex no es ni mujer ni varón, sino trans, y no quiere que ni la medicina ni la cultura la encasille en alguna de las dos categorías tradicionales: la de ser hombre o mujer.

Mencioné ya un puñado de poetisas, escritoras y cineastas; quisiera cerrar el recorrido indicando, al menos, una de las grandes ensayistas contemporáneas, Beatriz Sarlo. Sarlo, en su larga labor como profesora y también como editora de la revista Punto de Vista, supo introducir la teoría sociológica como herramienta indispensable para entender la producción literaria.

Concluyendo: el campo cultural argentino, inútil negarlo, sigue estando ocupado fundamentalmente por hombres. Sin embargo, las mujeres han hecho y continúan haciendo aportes decisivos a la cultura. Ojalá esta evolución continúe su marcha y que en un futuro no muy lejano las mujeres igualen a los hombres en la cantidad y calidad de obras realizadas.

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El incierto estatus legal de la sedación terminal

No es descabellado afirmar que, en aquellos países en que la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido siguen estando prohibidos, la sedación paliativa (o sedación terminal) es el recurso con que se cuenta para acelerar el inevitable arribo de la muerte en el paciente moribundo.

La sedación profunda, sea transitoria, intermitente o, lo que aquí me interesa, continua (esto es, hasta la llegada de la muerte) es una práctica habitual en cualquier unidad de terapia intensiva moderna; es un medio sumamente eficaz con que cuenta la medicina contemporánea para abordar situaciones que de otro modo serían intratables o difícilmente manejables.

De hecho, es tan grande la aceptación de que goza la sedación profunda entre médicos, bioéticos y juristas (en todas sus modalidades, incluyendo la ininterrumpida hasta la muerte del enfermo), que no pocos la ven como la alternativa legal a la eutanasia y el suicidio asistido. Recordemos que incluso en Francia, en el último gran debate parlamentario en torno a la muerte asistida durante la presidencia de F. Hollande, se barajó la propuesta de hacer fácilmente accesible la sedación paliativa o terminal como un modo de evitar el espinoso camino de la legalización de la eutanasia voluntaria.

Sin embargo, muchos autores consideran que este “atajo” es, cuanto menos, problemático. Si es posible echar mano de la sedación profunda y continua, interrumpiendo todo sostén vital (ventilación artificial, hidratación, nutrición, tratamiento antibiótico, etc.) hasta que llega “el final”, ¿por qué no legalizar de una buena vez la eutanasia voluntaria y/o el suicidio asistido? Al fin y al cabo, el resultado es exactamente el mismo en ambos casos, solo que el primero se nos antoja una manera suave y permisible de poner fin al estado terminal de un paciente, mientras que la eutanasia parece ser un recurso atroz. Sin embargo, una vez que levantamos el velo de las apariencias y “tomamos el toro por las astas”, se ve claramente que es inconsecuente permitir una práctica médica (la de la sedación terminal), prohibiendo contemporáneamente la otra (la eutanasia voluntaria, incluyendo en esta categoría el suicidio asistido).

Así y todo, hay un artículo muy interesante de Jocelyn Downie y Richard Liu, dos defensores de la eutanasia voluntaria, que muestran que las cosas no están tan claras con respecto a la sedación paliativa, ni siquiera en Canadá, un país pionero en estos asuntos. En su estudio, Downie y Liu muestran que el estatus legal de la práctica de la sedación paliativa dista de ser definido en el territorio canadiense (el artículo es de 2018). Si bien la ley promueve el ejercicio de la medicina paliativa (y de la sedación final, como una modalidad de la paliación), esta práctica, examinada con atención, resulta ser incompatible con ciertos artículos del Código Penal canadiense.

Tras el análisis de Downie y Liu resulta evidente que además de la legalización de la práctica eutanásica (eutanasia voluntaria y suicidio asistido), las sociedades necesitan reformar sus centenarios códigos civiles, con el fin de exceptuar la práctica de la sedación paliativa (que yo insisto en llamar terminal, a pesar de la dureza del adjetivo), de los casos de homicidio y/o omisión de socorro.

En mi opinión, un paciente que se encuentra en estado terminal o que al menos está gravemente enfermo, con un pronóstico infausto y que, además, padece graves sufrimientos derivados de su condición, debe poder contar con diferentes opciones, si así lo desea: la de la eutanasia voluntaria, la del suicidio asistido y la de la sedación profunda y continua con el retiro de todo sostén vital, incluyendo la nutrición y la hidratación por medio de sondas.

Muchas personas se oponen a la legalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido alegando posibles abusos que se darían una vez cambiada la ley. Mucho se ha escrito ya acerca de la cuán ficticios son esos abusos que se vaticinan. Y mucho se ha dicho, asimismo, acerca de los abusos que efectivamente se cometen con la sedación terminal, especialmente cuando los países no reforman sus códigos penales y ni siquiera especifican precisamente las condiciones para la práctica de la sedación.

 

Bibliografía:

Jocelyn Downie y Richard Liu, “The legal status of deep and continuous palliative sedation without artificial nutrition and hydration”, Mc Gill Journal of Law and Health, 12:1, 2018

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