¿Qué significa escribir?

¿Cuál es la diferencia entre ver un acontecimiento determinado y leer algo sobre él? Pongo un ejemplo:

Ayer Juan vio un accidente. Pedro, que venía caminando a su lado, también presenció el accidente y además, por la noche, le escribió a María una carta contándole con detalles lo acontecido. Mañana, cuando reciba la carta, María sabrá qué pasó, si bien no habrá tenido una experiencia sensorial del infortunio.

Así, tenemos:

  • Juan: experiencia “bruta”, esto es, no mediada por el lenguaje (vio y calló);
  • Pedro: experiencia “neta”, es decir, tamizada, filtrada, organizada por el lenguaje (vio y verbalizó);
  • María: experiencia “provocada”, “revivida”, “reconstruida” por el lenguaje (no vio pero leyó).

La experiencia sensorial (ver, oír, etc.) sin la organización del lenguaje es como una masa no ordenada por ninguna forma; es materia informe.

La experiencia bruta es como ciertos alimentos que, cuando están crudos, son indigestos o poco nutritivos. El lenguaje “cocina” la experiencia; solo así podemos asimilar el mundo con mayor provecho.

Hablar y escribir es filtrar la experiencia, in-formarla, organizarla por medio de nuestras categorías mentales. Ser bardo, rapsoda o escritor no solo es tener un tipo de ocupación, sino principalmente asumir una manera de vivir, de relacionarse con el mundo -y, dentro de él, con uno mismo-: una Lebensform (Wittgenstein).

El “verbalizador compulsivo” (quien no puede dejar de leer, de hablar, de escribir) padece una suerte de horror vacui, de horror ante el vacío de la experiencia bruta, esto es, de la experiencia no mediada/cocinada por el lenguaje.

Sócrates no escribía y, probablemente, tampoco leía mucho, pero dialogaba; sabía escuchar y conversar. (Por eso, el título de esta entrada también podría haber sido: “¿Qué significa hablar?”)

Hay otros medios para filtrar, depurar, organizar la experiencia, aparte del lenguaje verbal: los lenguajes de la música, de la pintura, de la escultura, etc. La música, por ejemplo, no es una manera de “traducir” la experiencia del artista, sino directamente su manera de organizarla, de cocinarla. (Una traducción, en todo caso, es lo que hace por ejemplo un escritor que, tras oír la pieza, la “comenta” en un poema, en un ensayo, etc.)

Publicado en Antropología, estética, Filosofía de la cultura, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

El universo, ¿máquina o poema?

La filosofía y el arte de comprender un poema, tan repetidamente tenidos por antitéticos, están por el contrario en la más estrecha unión.

Alexander Baumgarten (1714-1762), Reflexiones acerca de la poesía

Afirmar que no existen diferencias esenciales entre una teoría filosófica y una interpretación literaria equivale a sostener que en poco difieren el quehacer del filósofo (que teoriza sobre el universo) y el del crítico (que interpreta la creación poética).

     Entonces, el filósofo no explicaría nada (explicar sería, en el mejor de los casos, tarea de los científicos), sino que solo interpretaría, esto es, buscaría sacar a la luz los sentidos ocultos de eso que estudia, el mundo.

     De esta manera, el universo podría ser visto como un poema, como un objeto estético.

     Por cierto, nadie dice que el universo deba ser visto en su conjunto como un objeto bello, porque encierra no solo la belleza, sino también su contrario, la fealdad, además de contener el mal. Pero para nosotros, los contemporáneos, todo puede encerrar un valor estético, incluso la brutalidad y la monstruosidad.

     Para la filosofía moderna, anterior a este giro “esteticista”, el universo no era como un poema, sino como un reloj: un complicado mecanismo resultado de un plan intelectual. De lo que se trataba, por tanto, era de entender su estructura y su funcionamiento, de descifrar el enigma, de resolver el misterio, de solucionar el problema.

     En este sentido, para los modernos Dios era el relojero genial, el arquitecto inigualable, el ingeniero imbatible; y su creación, por consiguiente, una máquina perfecta. Ahora bien, como toda máquina, debía servir para algo, estaba supeditada a un fin ajeno a sí misma; en otras palabras, era un medio, maravillosamente complejo, sí, pero medio al fin.

     En cambio, para los contemporáneos, herederos de la revolución estética, Dios es el artista supremo, el músico sin par, el poeta inspirado, y su creación, el universo, una obra de arte, una sinfonía, un poema. Como toda creación artística, el fin reside en la cosa misma: se crea porque sí, por la creación misma (no hay un objetivo más allá del objeto estético).

     Filosofar es buscar entender el universo, pero no como se entiende un aparato, explicándolo, sino como se entiende un poema, gozándolo. No hay teorías filosóficas verdaderas o falsas (como no hay interpretaciones literarias verdaderas o falsas); las hay, por cierto, fértiles o estériles, dependiendo de si facilitan o no nuestra comprensión/goce del universo/poema.

Publicado en estética, Filosofía de la cultura, Filosofía de la filosofía, Filosofía moderna, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Imagen

20170519_194413

Si no fuese una instalación, diría que es mi biblioteca…

Imagen | Publicado el por | Deja un comentario

Sobre la utilidad del estudio del pasado

En filosofía, no existe progreso. Seguimos leyendo las obras escritas en el pasado, porque la lectura nunca es la misma: cada vez que releemos un fragmento de Heráclito, un diálogo de Platón o un tratado de Aristóteles, descubrimos cosas nuevas. Ese es un aspecto que Borges señaló con insistencia y acierto: el “nunca nos metemos dos veces en el mismo río” significa aquí nunca nos metemos dos veces en el mismo texto, nunca extraemos los mismos significados de un mismo escrito. Cada lectura es, en cierto sentido, única y, por tanto, irrepetible.

     Dedicarse al estudio del pasado de la filosofía no es una ocupación ociosa. Cuando uno es joven o adulto y vuelve a su infancia (la rememora, la revive, la analiza), no solamente la ve desde otra perspectiva –y por tanto puede interpretarla de una manera diferente a como lo hacía antes–, sino que esa comprensión le ayuda a situarse mejor en el presente. Querer borrar el pasado (el pasado personal, el pasado colectivo), o restarle toda importancia, es un signo inconfundible de que algo no va bien en el presente. Saber dialogar con el pasado es una condición para poder plantarse firmemente en el presente.

     No hay que pensar la historia como una línea horizontal que va de izquierda a derecha. En todo caso, hay que pensarla como una línea que avanza de abajo a arriba: los segmentos superiores descansan sobre los inferiores. El filósofo que se desentiende del pasado actúa tan insensatamente como el arquitecto que, por ocuparse de los pisos superiores, se desentiende de los cimientos del edificio que construye.

     En el fondo, siempre nos estamos ocupando de nosotros mismos y de nuestro presente, por más que el objeto de estudio nos parezca extraño o antiguo.


Nota: es curioso el hecho de que haya temas a los que cíclicamente volvamos. De hecho, hace exactamente un año escribía unas líneas sobre la cuestión del pasado, usando casi las mismas palabras. Aquí va el enlace a la entrada: “El valor de pensar el pasado”

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Borges y la filosofía (segunda parte)

(3) Si alguien me pidiera una respuesta rápida y concisa a la pregunta: “¿Cuál es para vos la corriente filosófica en la que podríamos ubicar a Borges?”, le diría, sin pensarlo mucho, el escepticismo. Borges es, para mí, esencialmente escéptico, porque siempre está dudando de todo, permanentemente descree de cualquier sistema, sea teológico o filosófico, que tenga pretensiones de verdad. Ahora bien, el escepticismo de Borges es de tipo especial, como trataré de mostrar.

     Pero, antes que nada, ¿qué es el escepticismo? El escepticismo es una postura filosófica según la cual es imposible obtener conocimientos definitivos sobre las cuestiones filosóficamente más relevantes o interesantes: ¿existe Dios?, ¿cómo está compuesto el mundo?, ¿hay principios morales absolutos?, etc. El escéptico no necesita poner en duda todo saber, en particular, aquellos que se refieren a aspectos cotidianos; por ejemplo, él sabe que si tira un huevo a la sartén caliente va a obtener un huevo frito. No existen “escépticos absolutos”, como los que dudan de la firmeza del suelo cada vez que deben dar un nuevo paso (y, de haberlos, tales escépticos no tienen interés filosóficos, sino más bien interés médico, como casos psiquiátricos).

     Sócrates decía: “Sólo sé que nada sé”; por ello, podríamos incluirlo dentro del grupo de los escépticos. Por lo pronto, él sabía muchas cosas que no negaba: sabía que vivía en Atenas, que estaba casado y tenía hijos, que se dedicaba a la filosofía y que el ágora ateniense estaba cerca de la Acrópolis. Pero, además, Sócrates tenía otro conocimiento: sabía que no sabía nada filosóficamente relevante. Y con ello entramos en un punto espinoso del escepticismo. Dejando de lados los saberes cotidianos o prácticos, el escéptico sabe al menos una cosa: que no sabe nada. Y esta proposición corre el riesgo de ser autocontradictoria, ya que si no podemos saber nada, ¿cómo sabe el escéptico “a ciencia cierta” que no sabe nada? (Si de golpe caigo en una ciudad remota y todos me hablan en un lenguaje desconocido, puedo decir: sólo entiendo que no entiendo nada.)

     Hay dos soluciones al dilema que plantea el escepticismo. La primera consiste en afirmar que los objetos a los que se refieren las dos partes de la proposición “solo sé” + “que nada sé” están situados en niveles distintos. Así, mientras –según el escéptico– no podemos conocer el mundo exterior y los distintos objetos filosóficamente relevantes que lo poblarían: Dios, el hombre, la materia, etc., sí podemos conocer al menos una característica de nuestro intelecto: su limitación. Conocemos a ciencia cierta los límites de nuestra capacidad intelectual y, por ello, somos conscientes de que no podemos conocer nada más.

     La segunda solución al dilema que nos ocupa es afirmar que no se trata de tomar al pie de la letra la proposición: “Solo sé que nada sé”, porque en realidad es la expresión de una actitud, de la actitud escéptica, caracterizada por la prudencia. El buen observador nota que unos creen férreamente en x, que otros creen con igual convicción en y, que otros en z, y así sucesivamente, y por ello concluye que no hay creencia válida. “Sólo sé que nada sé” significa, al fin y al cabo: “Veo que hay múltiples opiniones filosóficas, muchas de ellas antagónicas, y por ello concluyo que, en el fondo, una vez que tomamos distancia de nuestra “fe animal”, no hay nada cierto”. El relativismo es una forma de escepticismo.

     Creo que la postura de Borges se inscribe en este marco. Su escepticismo es fruto nacido de la reflexión acerca de la limitación de todos nuestros sistemas de pensamiento y de la vanidad de sus pretensiones de verdad. Como escribe lapidariamente en su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”:

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo –cuando no un párrafo o un nombre– de la historia de la filosofía.

(4) Hay dos tipos de escépticos: los unos son negativos y los otros, positivos o, si se prefiere, los unos son recelosos y los otros, lúdicos. El escéptico negativo o receloso es el que dice: “Ya que no me es dable conocer nada, lo mejor que puedo hacer es abandonar el ámbito del saber (la filosofía, la teología, la ciencia) y dedicarme a otra cosa”. Algunos de ellos comenzarán entonces a vivir vidas “normales”, mientras que otros, amargados, terminarán pasando sus días como los personajes de Juan Carlos Onetti, echados en una cama sin hacer nada más que fumar y entregarse a las ensoñaciones. En cambio, los escépticos positivos o lúdicos son quienes afirman: “Es correcto que no podemos conocer nada a ciencia cierta, pero eso no quita que uno no pueda entretenerse reconstruyendo las gigantescas catedrales del saber que levantaron los hombres en todas las épocas”. El coleccionista de monedas antiguas sabe que con ese dinero no puede comprarse ni un caramelo en el quiosco de la esquina, pero valora sus objetos por la dimensión histórica o estética que encierran; del mismo modo, el escéptico positivo “colecciona” sistemas de pensamiento no porque lo acerquen a la verdad, sino por el valor cultural o literario de tales construcciones. Borges es, sin duda, un escéptico positivo o lúdico: estudia concienzudamente las doctrinas teológicas y filosóficas de todos los tiempos para indagar acerca de sus “posibilidades estéticas”, como él mismo dice. De esta forma, el escepticismo, como en el caso de Borges, puede volverse una forma de esteticismo.

(5) El escepticismo es primeramente una posición gnoseológica, pero su importancia se extiende más allá del estrecho ámbito de la teoría del conocimiento e, incluso, de la filosofía teórica. En particular, el escepticismo tiene ramificaciones en el pensamiento político, además de promover un determinado tipo de postura en lo que reguarda a “los asuntos de la polis”. A este punto es importante recordar que el escepticismo es, sobre todo, una reacción contra el dogmatismo y, especialmente, contra su hijo más temible, el fanatismo. El escepticismo puede molestar al reformista, a quien cautelosamente trata de introducir cambios graduales en el mundo social con el objetivo de mejorar nuestra convivencia, pero lo cierto es que pocos son los hombres guiados por el sentido común. En toda sociedad abundan más bien los dogmáticos, quienes creen ciegamente en proposiciones que toman como verdaderas (“artículos de fe”) y que buscan imponer a los demás, incluso por medio de la violencia. En tal contexto, el escéptico es el contrapeso necesario al iluso, al creyente ciego y, sobre todo, al fundamentalista. Sería impensable una república de escépticos, pero –¡lamentablemente!– no una de dogmáticos, y la historia está plagada de totalitarismos inspirados en dogmas incuestionables.

     El autor de El Aleph y de Otras inquisiciones es escéptico también en materia política. Incapaz de entusiasmarse por ninguna propuesta revolucionaria y profundamente desilusionado por la experiencia histórica de su país, Borges prefiere mantenerse a la distancia, usando las armas que posee, la crítica y la ironía, para buscar contrarrestar la influencia de tres de los grandes males políticos del siglo XX, el fascismo, el comunismo y el populismo. La necesidad de tomar partido frente a determinadas cuestiones insoslayables que lo tocan de cerca lo hace virar a veces al conservadurismo y a veces al anarquismo, pero siempre para retornar a su punto de partida, porque el orden conservador difícilmente se condice con sus inquietudes intelectuales y las agrupaciones anarquistas fácilmente desembocan en el uso nihilista de la violencia.

     Hay silencios de Borges que son imperdonables, incluso para un escéptico. En todo caso, su mérito, si algún mérito le cabe en el ámbito político, es el de haberse mofado tanto de los gritos autoritarios dirigidos a diestra y siniestra como de los cantos populistas de sirena.

Publicado en estética, Filosofía de la cultura, Filosofía de la filosofía, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Borges y la filosofía (primera parte)

(1) Antes que nada: ¿por qué indagar acerca de las relaciones entre Borges y la filosofía? Esta pregunta no es gratuita porque, a mi entender, siempre se puede explorar la relación de cualquier buen escritor con la filosofía, sea Homero, Virgilio, Shakespeare o García Márquez. De un modo u otro, toda buena obra de ficción se relaciona con el pensamiento filosófico. Por ejemplo, uno puede investigar el modo como una determinada novela refleja o plasma una cierta concepción filosófica. Un buen poema puede plantear de modo original una cuestión ética o metafísica, etc. Pero en el caso de Borges parece que la relación entre la filosofía y la literatura es mucho más estrecha e intensa. Borges es un escritor “filosófico”, o, al menos, lo es en un grado mucho mayor que Homero, Virgilio, etc. Es que Borges, de algún modo, ofrece un tratamiento literario de algunas de las cuestiones centrales de la ética, de la teoría del conocimiento, de la metafísica, etc. No es que allí la literatura esté puesta al servicio de la filosofía –tal como se decía en el medioevo que la filosofía estaba al servicio de la teología: philosophia ancilla theologiae–; es, más bien, que en Borges el literato y el filósofo dialogan. Borges mismo decía que a él le interesaba explorar las posibilidades estéticas de las teorías filosóficas, aunque se podría agregar que también le importaba indagar en las implicaciones filosóficas de las creaciones literarias. En este sentido se puede afirmar que la obra de Borges es conceptual: hay siempre o casi siempre un problema filosófico, una teoría metafísica o gnoseológica, una tesis ética, etc., detrás de sus cuentos, ensayos y poemas.

     Resumo, entonces, la primera idea: si bien existe una relación entre toda buena literatura y la filosofía, en el caso de Borges este vínculo es más estrecho y más intenso que en los demás casos.

(2) Pero, entonces, ¿Borges es filósofo? A mí me parece que esta pregunta tiende a llevarnos al extremo opuesto. Si, por un lado, es erróneo suponer que entre Borges y la filosofía no se da una relación especial, es por otro lado problemático afirmar que Borges es un filósofo que escribe bien y que, gracias a su imaginación inagotable, usa la ficción para hacer filosofía. Tal vez ayude esta comparación: es cierto que los Diálogos de Platón tienen una indudable calidad literaria, pero no parece adecuado sostener que en realidad estamos aquí frente a un literato con inquietudes filosóficas. Platón es el filósofo por antonomasia.

     Ahora bien, una respuesta más convincente requeriría dar un paso adicional y plantear qué hacen los filósofos. ¿A quién debemos considerar filósofo y a quién no? Y esto equivale, al fin y al cabo, a preguntarse qué es la filosofía, lo que es una de las cuestiones filosóficas más espinosas. A este punto, lo único que puedo hacer es dejar en claro en qué consiste a mi entender la filosofía. (La otra posibilidad sería afirmar que “filosofía es aquello que practican los filósofos” y por lo tanto pasar revista a toda la historia de la filosofía. Pero esta tarea no solo sería larga y ardua, sino que tal vez no nos llevaría a ninguna parte, porque basta con echar un rápido vistazo para darse cuenta que lo que hacen los filósofos es algo muy heterogéneo: unos construyen sistemas, otros los destruyen; unos dialogan, otros solo profieren largos monólogos, unos escriben largos tratados, otros solo breves sentencias, etc.)

     La filosofía consiste en el uso de la capacidad racional del ser humano para examinar cualquier tipo de problema que nos importe. Por eso para mí filosofía es igual a ‘pensamiento’, en el sentido más específico del término, a ponerse a pensar, a emplear la razón, frente a una determinada cuestión. El filósofo es esencialmente un pensador, alguien que usa su racionalidad para abordar un problema y, de ser posible, intentar darle una solución.

     Esta es, insisto, la naturaleza de la filosofía. Que después el filósofo pueda hacer otras cosas, de acuerdo, pero su tarea es la de pensar. Si alguien dice que la razón, puesta a pensar, pronto encontrará sus límites, esto es, que pronto vislumbrará dimensiones a las que no puede acceder, lo acepto como una tesis, pero agrego: sea como sea, al filósofo le compete extender el uso de la razón hasta donde pueda, no importa si poco o mucho. Si alguien incluso sugiere que la poesía o la religión pueden adentrarse en las esferas que les están vedadas a la razón, entonces reitero: el filósofo podrá dedicarse a cultivar el arte o la espiritualidad, pero primero, qua filósofo, tendrá que pensar.

     A este punto recurro otra vez a una comparación: la esencia de la carpintería es el trabajo de la madera con el fin de construir muebles, puertas, etc. Un buen carpintero sabrá ver los límites de la madera (y si tiene que construir una muralla preferirá la piedra a la madera), pero, en cuanto carpintero, su tarea es producir buenas obras de madera.

     Por eso para mí la respuesta a si Borges es filósofo debe encauzarse de esta manera: ¿es central a la obra borgiana la utilización de la razón para analizar problemas teóricos y buscar solucionarlos? Si decimos que sí, Borges es filósofo; de lo contrario, no lo es.

     Ahora bien, nunca las cosas son solo “blancas o negras”, sino que abundan los grises. Así, es cierto que Borges razona, analiza, critica, en una palabra, filosofa, pero no lo hace del modo sistemático e inconfundible con que opera normalmente el filósofo. Por eso Borges está ahí, en esa zona fronteriza: por momentos parece ser un filósofo con todas las de la ley, por otras no, sino un escritor que se acerca a la filosofía, sin abandonar no obstante su región de pertenencia.

     Pero tal vez es hora de cerrar esta cuestión y pasar a otra más interesante; ya dije que Borges será o no filósofo dependiendo del punto de vista desde el que enfocamos su labor: si resaltamos su capacidad para analizar y examinar determinadas posiciones éticas, gnoseológicas y metafísicas, lo incluiremos dentro de la historia de la filosofía; si, en cambio, restamos importancia a su labor como pensador, lo dejaremos en el parnaso.

Publicado en estética, Filosofía de la cultura, Filosofía de la filosofía, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

Responsabilidad política y bioética

SociedadCambiante

Aquí les copio el enlace a una editorial que he escrito para Diagonales sobre la responsabilidad política en una sociedad que cambia y que, con ello, plantea permanentemente nuevos retos para la bioética:

Editorial

Publicado en Antropología, Ética, Ética aplicada, Filosofía de la medicina, Filosofía del derecho, Filosofía política, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario